La frase de Antonio Tabucchi parece sencilla, pero es una pequeña declaración de principios:
"No me dejes solo entre personas llenas de certezas. Esa gente es terrible."
Tabucchi
no teme a la ignorancia, sino a la convicción absoluta. Las personas
llenas de certezas suelen creer que ya han llegado al final del camino,
que no necesitan preguntar, escuchar ni dudar. Y cuando la duda
desaparece, también se debilitan la curiosidad, la empatía y la
capacidad de cambiar.
La palabra "terrible" no señala necesariamente
crueldad. Habla de algo más sutil: el peligro de quien está tan seguro
de poseer la verdad que deja de ver la complejidad del mundo. Muchas de
las intolerancias de la historia nacieron precisamente de certezas
inquebrantables.
Hay aquí una tradición intelectual que va de
Sócrates a Montaigne: la idea de que la sabiduría comienza cuando
reconocemos los límites de nuestro conocimiento.
La
frase tiene el tono de una oración laica. "No me dejes solo..." suena
como el ruego de un viajero que pide compañía antes de atravesar un
desierto. Pero el desierto no está vacío: está lleno de personas. Y,
paradójicamente, esa multitud resulta más inquietante que la soledad.
Las
certezas aparecen como una armadura tan rígida que impide abrazar el
misterio. Frente a ellas, Tabucchi parece elegir la compañía de quienes
dudan, preguntan y vacilan. Porque la duda no es una grieta en la
inteligencia; es una ventana.
La imagen que queda es hermosa y
perturbadora: un hombre rodeado de voces que afirman saberlo todo,
buscando desesperadamente a alguien que todavía conserve una pregunta en
los ojos.
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