La frase de Javier Heraud —“he viajado por los pueblos de los sueños”— tiene algo de confesión íntima, pero también de declaración existencial.
Viajar por “los pueblos de los sueños” no es simplemente imaginar: es habitar lo que aún no existe, recorrer territorios que no tienen geografía pero sí deseo. Es una forma de vivir dos veces: una en la realidad concreta, y otra en esa dimensión invisible donde el ser humano proyecta lo que le falta, lo que anhela, lo que teme.
Heraud, que fue joven incluso en su muerte, parece decirnos que el sueño no es evasión, sino entrenamiento del alma. En esos pueblos oníricos uno ensaya futuros, reconstruye pasados, dialoga con versiones posibles de sí mismo. Ahí se libra una batalla silenciosa: la de lo que somos contra lo que podríamos ser.
Pero hay también una sombra en la frase. Porque quien ha viajado demasiado por esos pueblos corre el riesgo de sentirse extranjero en la realidad. Como si el mundo tangible se volviera insuficiente frente a la intensidad de lo imaginado. Y entonces surge la pregunta: ¿dónde se vive verdaderamente? ¿En lo que ocurre o en lo que soñamos?
Tal vez la respuesta esté en la tensión misma. El ser humano necesita esos viajes, pero no para quedarse ahí, sino para regresar distinto. Los sueños, si son auténticos, no son refugio: son impulso. No están hechos para reemplazar la vida, sino para empujarla.
Así, viajar por los pueblos de los sueños es, en el fondo, una forma de valentía. Porque implica mirar de frente lo que uno desea ser… y luego cargar con la responsabilidad de intentar hacerlo realidad.

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