OMNIA SUNT COMMUNIA
La historia de un futuro que fue derrotado
Hay frases que sobreviven a quienes las pronunciaron. Frases que, arrancadas de su época, continúan caminando por la historia como fantasmas incómodos. Omnia sunt communia: todo es común.
Fue una consigna de una época convulsa, pronunciada en medio de la Reforma protestante, cuando Europa comenzaba a resquebrajar el gigantesco edificio religioso, político y social que había dominado durante siglos. Pero aquellos campesinos que levantaron la voz no querían únicamente cambiar de sacerdote, de doctrina o de Iglesia. Querían algo mucho más peligroso: cambiar las relaciones entre los seres humanos.
Y por eso fueron derrotados.
No fue solamente una guerra religiosa. Fue también una guerra acerca de quién tenía derecho a poseer la tierra, quién podía decidir sobre la vida de los demás y hasta dónde podía llegar la obediencia de quienes habían nacido abajo.
Los campesinos alemanes se levantaron entre 1524 y 1525 contra los señores feudales, las cargas económicas, los abusos de las autoridades y las estructuras que mantenían a buena parte de la población en una situación de dependencia. Algunos encontraron en el cristianismo primitivo una legitimación de sus demandas: si los primeros cristianos habían compartido sus bienes, ¿por qué la sociedad cristiana de su tiempo estaba construida sobre la desigualdad, la riqueza de unos pocos y la miseria de muchos?
La pregunta era devastadora.
Porque no atacaba únicamente a los ricos. Atacaba la justificación moral de la riqueza cuando ésta se construye sobre la necesidad ajena.
Y ahí aparece una de las grandes ironías de la Reforma.
Martín Lutero había contribuido a romper el monopolio espiritual de Roma. Había cuestionado una estructura de poder que parecía eterna. Pero cuando la protesta religiosa descendió de los púlpitos a los campos y los campesinos comenzaron a decir que también ellos tenían derechos, la alianza entre algunos reformadores y los poderes establecidos comenzó a hacerse evidente.
La libertad podía ser aceptable mientras permaneciera en el terreno de las ideas.
Cuando empezó a tocar la propiedad, se volvió peligrosa.
Cuando los campesinos dijeron que querían modificar las relaciones sociales, muchos príncipes protestantes dejaron de verlos como hermanos de reforma y comenzaron a verlos como enemigos del orden.
Y el orden respondió con la espada.
Aquí conviene detenerse ante una tentación frecuente: convertir a los campesinos del siglo XVI en una especie de marxistas avant la lettre.
Sería un error.
No eran comunistas modernos. No manejaban las categorías económicas de Marx ni imaginaban una sociedad industrial sin clases. Su mundo mental era fundamentalmente religioso. Sus argumentos procedían de la Biblia, de la tradición comunitaria cristiana y de una concepción de la justicia profundamente vinculada con la fe.
Pero precisamente por eso su historia resulta más interesante.
Porque demuestra que la crítica a la desigualdad no nació con el marxismo.
Mucho antes de que aparecieran las palabras «socialismo» o «comunismo», los seres humanos ya se habían preguntado por qué unos podían acumular enormes riquezas mientras otros carecían de lo indispensable.
La historia está llena de estas preguntas.
Y también está llena de las respuestas que recibieron quienes las formularon.
Thomas Müntzer fue una de las figuras más radicales de aquella época. Para él, la transformación religiosa no podía limitarse a modificar las doctrinas de la Iglesia. El cristianismo debía tener consecuencias concretas en la vida social.
La fe que no modificaba la injusticia era, en su visión, una fe domesticada.
Müntzer terminó convirtiéndose en uno de los símbolos de la rebelión campesina. Tras la derrota de los insurgentes en la batalla de Frankenhausen, fue capturado y ejecutado.
Miles y miles de campesinos corrieron la misma suerte.
La rebelión fue aplastada.
Pero aquí comienza otra historia.
Porque una derrota militar no necesariamente significa una derrota histórica.
Hay ideas que pierden una batalla y ganan una larga conversación con el futuro.
Omnia sunt communia pertenece a esa categoría.
Lo verdaderamente fascinante de aquellos acontecimientos no es imaginar que allí estaba escondida una versión primitiva de nuestro presente.
Es justamente lo contrario.
Es preguntarnos qué presente pudo haber existido y no existió.
La historia suele contarse como una sucesión inevitable de acontecimientos: ocurrió esto, después aquello y finalmente llegamos hasta aquí.
Pero la historia nunca fue inevitable mientras estaba ocurriendo.
En 1525 había diferentes futuros posibles.
Uno de ellos fue derrotado.
Y cuando un futuro es derrotado, desaparece de los libros de historia como posibilidad concreta, pero puede permanecer como pregunta.
Eso significa «un posible truncado».
No estamos diciendo que, si los campesinos hubieran vencido, Europa habría construido automáticamente una sociedad igualitaria y feliz. La historia no funciona como una novela donde basta con cambiar el resultado de una batalla para producir un paraíso.
Probablemente habrían aparecido nuevas contradicciones, nuevas jerarquías y nuevos conflictos.
Pero existía una posibilidad de organizar determinadas relaciones sociales de otra manera.
Y esa posibilidad fue eliminada por la fuerza.
Quizá por eso Omnia sunt communia continúa provocando cierta incomodidad.
Porque «todo es común» no es una frase inocente.
Nos obliga a formular preguntas que nuestra sociedad prefiere muchas veces mantener fuera de escena.
¿Puede una persona apropiarse de aquello que resulta indispensable para la vida de millones?
¿Puede la propiedad privada tener límites?
¿Debe la tierra ser una mercancía como cualquier otra?
¿Puede alguien acumular recursos ilimitadamente mientras otros carecen de lo necesario?
¿Hay bienes que, por su propia naturaleza, deberían pertenecer a todos?
El agua.
La tierra.
El conocimiento.
La salud.
El aire.
Los recursos naturales.
Quizá incluso determinadas tecnologías.
Estas preguntas son profundamente contemporáneas, aunque algunas hayan sido formuladas hace quinientos años.
Y ahí reside la extraordinaria persistencia de aquella consigna.
Hay algo todavía más perturbador.
Los campesinos no se levantaron únicamente contra el emperador católico.
También se enfrentaron a príncipes protestantes.
Esto nos recuerda una verdad que la historia política suele esconder detrás de las etiquetas ideológicas:
quien comparte nuestra religión, nuestra bandera o nuestro discurso no necesariamente comparte nuestros intereses.
La Reforma había comenzado cuestionando una autoridad.
Pero cuestionar una autoridad religiosa no significa necesariamente cuestionar la estructura social que sostiene a los privilegiados.
Puede cambiar el sacerdote y permanecer intacto el señor.
Puede cambiar el credo y permanecer intacta la propiedad.
Puede cambiar el discurso y permanecer intacta la jerarquía.
Los campesinos descubrieron esa diferencia de la manera más brutal posible.
Por eso quizá la expresión Omnia sunt communia debería leerse menos como una doctrina y más como una pregunta radical sobre la propiedad.
¿Qué significa poseer?
¿Poseemos realmente aquello que hemos producido individualmente o también aquello que solamente podemos producir gracias al trabajo acumulado de generaciones?
Ningún propietario de una tierra inventó la tierra.
Ningún empresario inventó el lenguaje.
Ningún científico inventó desde cero el conocimiento que utiliza.
Ninguna sociedad existe sin la infraestructura, las instituciones, los conocimientos y los esfuerzos colectivos construidos durante siglos.
En cierto sentido, detrás de cada riqueza privada existe una enorme cantidad de trabajo social acumulado.
Los campesinos del siglo XVI no podían formularlo de esta manera.
Pero intuían algo fundamental:
la riqueza no existe nunca completamente al margen de la comunidad.
Y quizá por eso su historia debería recuperarse sin romanticismo.
No eran santos.
No eran modernos.
No eran necesariamente democráticos en el sentido actual.
No tenían todas las respuestas.
Pero tuvieron el valor —o la desesperación— de formular algunas preguntas que continúan sin resolverse.
Y fueron derrotados por aquellos que tenían más soldados, más recursos y más poder.
Después llegó el silencio.
La historia oficial suele recordar a los vencedores como constructores del orden y a los derrotados como perturbadores de la paz.
Pero hay una pequeña trampa en esa manera de contar la historia.
Porque a veces la paz no es más que el nombre que los vencedores dan al orden que han conseguido imponer.
Cinco siglos después, Omnia sunt communia ya no significa exactamente lo mismo.
Pero sigue señalando una herida.
Vivimos en sociedades extraordinariamente productivas en las que, paradójicamente, millones de personas pueden experimentar inseguridad mientras una cantidad relativamente pequeña de individuos concentra cantidades enormes de riqueza.
Nunca hemos producido tanto.
Nunca hemos tenido tantos conocimientos.
Nunca hemos poseído tanta capacidad tecnológica.
Y, sin embargo, seguimos discutiendo quién tiene derecho a acceder a lo indispensable.
La pregunta de los campesinos permanece.
No porque debamos regresar al siglo XVI.
Sino porque algunas preguntas sobreviven a las respuestas que intentaron enterrarlas.
Quizá esa sea la verdadera historia de Omnia sunt communia.
No la historia de una utopía derrotada.
No la historia de unos campesinos ingenuos que soñaron con un mundo imposible.
Es la historia de una posibilidad.
Una posibilidad que apareció durante un instante en medio del caos de la Reforma y fue aplastada por los ejércitos de quienes tenían mucho que perder.
Pero las posibilidades históricas no desaparecen completamente.
A veces quedan dormidas.
Esperan.
Regresan con otros nombres.
Con otros rostros.
En otras épocas.
Y vuelven a formular la misma pregunta.
¿Qué cosas deberían pertenecer a todos porque nadie debería poder apropiárselas por completo?
Quizá por eso aquella vieja frase latina continúa teniendo una extraña capacidad de incomodarnos:
Omnia sunt communia.
Todo es común.
No porque todo tenga que ser propiedad de todos.
Sino porque quizá una sociedad verdaderamente humana comienza cuando somos capaces de reconocer que hay cosas que ningún individuo debería poder convertir completamente en propiedad privada, porque de ellas depende la vida de los demás.
Los campesinos perdieron.
Sus ejércitos fueron destruidos.
Sus dirigentes fueron ejecutados.
Su mundo no llegó a existir.
Pero dejaron algo mucho más difícil de matar que un ejército:
una pregunta.
Y las preguntas, a diferencia de los ejércitos, tienen la desagradable costumbre de volver.
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