Aunque todas las posibles preguntas de la ciencia recibiesen respuesta, ni siquiera rozarían los verdaderos problemas de la vida. Por supuesto, entonces no queda ninguna pregunta, y justo eso es la respuesta.
La frase pertenece al Tractatus Logico-Philosophicus de Wittgenstein y toca uno de los nervios centrales de su filosofía: la diferencia entre resolver problemas y comprender el sentido de la existencia.
La ciencia puede responder muchísimo… pero no a todo
Wittgenstein imagina un escenario extremo: supongamos que la ciencia consigue responder todas las preguntas científicas posibles. Sabemos cómo nació el universo, de qué está hecha la materia, cómo funciona el cerebro, cómo evolucionan las especies, qué leyes gobiernan la naturaleza…
¿Y entonces?
Para Wittgenstein, todavía quedaría intacta la pregunta fundamental:
¿Y qué sentido tiene todo esto?
La ciencia explica cómo son las cosas, pero no necesariamente puede decirnos por qué vivir, qué debemos considerar valioso, qué significa amar, cómo afrontar la muerte o si nuestra existencia tiene sentido.
Ahí aparece la famosa frontera wittgensteiniana entre los hechos y el sentido.
El problema está en confundir preguntas
Aquí está lo verdaderamente interesante.
Podemos preguntar:
¿Cómo funciona el cerebro cuando una persona se enamora?
La ciencia puede investigar eso.
Pero otra pregunta es:
¿Qué significa amar?
La primera es una pregunta sobre hechos. La segunda toca una dimensión que no se agota en una descripción científica.
Lo mismo ocurre con la muerte.
La biología puede explicar extraordinariamente bien qué sucede cuando morimos. Pero saber eso no responde necesariamente a:
¿Cómo debería vivir sabiendo que voy a morir?
Y esa segunda pregunta es, para Wittgenstein, mucho más cercana a los "verdaderos problemas de la vida".
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