viernes, 28 de agosto de 2026

 “Nuestro gran error es intentar obtener de cada uno en particular las virtudes que no tiene, y desdeñar el cultivo de las que posee”.

Marguerite Yourcenar

Esta frase de Marguerite Yourcenar tiene algo incómodo: nos acusa de querer convertir a las personas en aquello que nosotros necesitamos que sean, en lugar de aprender a ver lo que realmente son.

“Nuestro gran error es intentar obtener de cada uno en particular las virtudes que no tiene, y desdeñar el cultivo de las que posee.”

1. El error de exigirle a otro que sea otro

Yourcenar señala una tendencia muy humana: juzgamos a las personas por aquello que les falta, no por aquello que tienen.

Al amigo le reclamamos que sea más afectuoso.
Al hijo, que sea más disciplinado.
A la pareja, que sea más espontánea.
Al compañero, que tenga más iniciativa.
Al político, que sea honesto.

Y, curiosamente, podemos pasar años intentando arrancarles esas virtudes sin preguntarnos si forman parte de su naturaleza.

Es como pretender que un roble dé naranjas y después concluir que el roble es un fracaso.

La frase no significa que las personas no puedan cambiar. Evidentemente pueden aprender, madurar, corregirse. El problema aparece cuando la relación se convierte en un proyecto de fabricación del otro.

2. Lo que tenemos delante y no sabemos mirar

La segunda parte es todavía más profunda:

“...y desdeñar el cultivo de las que posee.”

Aquí está la verdadera tragedia.

No solamente exigimos virtudes inexistentes: al hacerlo, descuidamos las virtudes existentes.

Quizá queremos que alguien sea brillante cuando es profundamente generoso.
Queremos que sea valiente cuando posee una extraordinaria capacidad de escuchar.
Queremos que sea ambicioso cuando tiene una enorme sensibilidad.
Queremos que sea sociable cuando es alguien capaz de establecer vínculos profundos con pocas personas.

Y terminamos diciéndole, explícita o implícitamente:

"Lo que eres no me interesa tanto como lo que no eres."

Eso puede destruir una personalidad.

3. Hay aquí una crítica a la educación

La frase puede leerse también como una pequeña teoría de la educación.

Una educación inteligente debería comenzar preguntándose:

¿Qué hay aquí que merece ser desarrollado?

Pero muchas veces educamos al revés:

¿Qué le falta a este niño para parecerse al modelo que tenemos en la cabeza?

El niño artístico tiene que ser más disciplinado.
El introvertido tiene que aprender a hablar más.
El soñador tiene que ser más práctico.
El rebelde tiene que obedecer.
El sensible tiene que endurecerse.

Y así, poco a poco, podemos terminar corrigiendo precisamente aquello que constituía su singularidad.

4. También habla de nuestras relaciones amorosas

Aquí la frase se vuelve especialmente cruel.

Muchas relaciones comienzan con una fascinación por las cualidades del otro y terminan intentando eliminarlas o sustituirlas.

Primero decimos:

"Me encanta que seas así."

Después:

"Deberías ser un poco diferente."

Y finalmente:

"¿Por qué no puedes ser como...?"

Es una paradoja: nos enamoramos de una persona concreta y después intentamos convertirla en una persona genérica que satisfaga nuestras expectativas.

Yourcenar parece recordarnos que amar también consiste en saber distinguir entre aquello que razonablemente podemos pedir y aquello que simplemente debemos aceptar como parte de la identidad del otro.

5. Pero hay una trampa interesante

No deberíamos convertir la frase en una defensa romántica de la mediocridad.

No significa:

"Aceptemos a todo el mundo exactamente como es y nadie tiene que mejorar."

Eso sería demasiado cómodo.

Hay defectos que sí debemos combatir: crueldad, irresponsabilidad, egoísmo, violencia, deshonestidad.

La cuestión es otra:

¿Estamos intentando corregir un defecto real o simplemente nos molesta que alguien no responda a nuestras expectativas?

Esa distinción es enorme.

Porque una cosa es decir:

"Esto que haces perjudica a los demás."

Y otra muy diferente:

"No me gusta que no seas la persona que yo imaginé."

6. El problema de comparar

También hay una crítica implícita a la comparación.

Vivimos rodeados de modelos: el buen padre, la buena madre, el empleado exitoso, el estudiante brillante, el deportista disciplinado, la pareja perfecta, el ciudadano ejemplar.

Entonces medimos a las personas contra una plantilla.

Pero una persona no es un currículum de virtudes.

Puede ser mediocre en diez cosas y extraordinaria en una.

Y quizá esa única virtud sea precisamente aquello que merece ser cultivado.

No todo el mundo tiene que florecer de la misma manera.

7. La frase también sirve para mirarnos a nosotros mismos

Y aquí Yourcenar nos devuelve el golpe.

Porque nosotros hacemos exactamente lo mismo con nosotros.

Nos obsesionamos con aquello que no tenemos:

"No soy suficientemente inteligente."
"No tengo disciplina."
"No tengo talento."
"No soy tan exitoso como otros."

Mientras tanto, dejamos sin cultivar aquello que sí poseemos.

La comparación permanente convierte nuestras propias virtudes en invisibles.

Por eso quizá la frase contiene una idea mucho más amplia:

Una vida razonablemente sabia consiste, en parte, en descubrir qué hay en nosotros y en los demás que merece ser cultivado, en lugar de pasarla entera lamentando aquello que no existe.

Y hay una última ironía: cultivar una virtud no significa inventarla desde cero. El jardinero no fabrica una planta; crea las condiciones para que la planta que ya existe pueda crecer.

Tal vez eso sea exactamente lo que Yourcenar está proponiendo: menos fabricación de personas y más cultivo de personas.

Y esa diferencia parece pequeña, pero cambia por completo nuestra manera de educar, amar, gobernar y relacionarnos.

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