Gabriel Rolón, psicólogo y escritor argentino, dice que la mayoría de sus consultas no son por locura, ni por traumas del pasado. Son por algo más cotidiano, más invisible y, a la vez, devastador: el desamor.
Y dentro de ese desamor, la infidelidad ocupa un lugar central.
Y esas preguntas duelen más que el hecho en sí. Porque la infidelidad no es solo el cuerpo que se va. Es el alma que ya no estaba ahí, y tú no lo supiste ver.
Pero también hay otra cara: la del que fue infiel. No siempre es por maldad. A veces es cobardía, vacío, deseo no resuelto, miedo a enfrentarse al final. O simplemente egoísmo. Ninguna de estas razones justifica, pero ayudan a comprender que el amor no es un territorio limpio: está lleno de heridas, de fugas, de silencios.
El dolor del desamor no se cura con frases vacías. Se cura atravesándolo. Llorando lo necesario. Entendiendo que el amor que termina, aunque duela, no te define. No eres lo que otro no supo cuidar.
Y si alguna vez traicionaste, aún puedes hacerte cargo. No para que te perdonen, sino para no seguir hiriendo. Porque el amor adulto también sabe decir la verdad, aunque duela.
“La infidelidad no solo rompe un vínculo. A veces, rompe la idea que tenías de ti mismo.”
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