Durante la mayor parte de su vida, el filósofo Immanuel Kant tuvo a su servicio a Martin Lampe, un asistente que le ayudaba en las tareas domésticas y al que despidió en 1802, tras enemistarse con él por algún motivo que se desconoce. Kant tenía entonces setenta y ocho años, empezaba a mostrar signos de demencia senil y se servía de pequeñas notas en las que apuntaba toda clase de asuntos pendientes y tareas importantes. En una de ellas escribió:
«El nombre de Lampe ha de ser completamente olvidado»[1]. La gracia del asunto, claro, es que se trata de una especie de contradicción performativa.
De la misma manera que esforzarse en conciliar el sueño es una receta infalible para cultivar el insomnio, escribir en una nota que hay que olvidar algo parece una excelente manera de grabarlo a fuego en la mente.
César Rendueles.
El pasaje que cita César Rendueles es mucho más que una anécdota curiosa sobre Kant. Encierra una paradoja profundamente humana: la imposibilidad de ordenar racionalmente el olvido.
Kant, el gran arquitecto de la razón moderna, el filósofo que dedicó su vida a investigar los límites del conocimiento y las condiciones de la experiencia, termina enfrentándose a algo que escapa al control de la voluntad. Su nota —«El nombre de Lampe ha de ser completamente olvidado»— es casi una tragedia filosófica en miniatura.
La contradicción es evidente. Para olvidar algo, primero hay que recordarlo. El acto mismo de escribir el nombre de Lampe reactiva la memoria que pretende borrar. El olvido deja de ser ausencia y se convierte en una presencia constante. Cada vez que Kant leyera la nota, Lampe regresaría a su conciencia.
Hay aquí una intuición que anticipa lo que más tarde descubriría la psicología. Intentar expulsar un pensamiento suele fortalecerlo. Es el famoso fenómeno descrito por Daniel Wegner: «No pienses en un oso blanco». Inmediatamente aparece un oso blanco en la mente. La conciencia no puede verificar que algo está siendo evitado sin mantener una vigilancia constante sobre aquello mismo que desea excluir.
Pero la anécdota tiene también una dimensión existencial. Lampe no era simplemente un criado. Había acompañado a Kant durante décadas. Borrar su nombre significaba intentar reescribir una parte de la propia vida. Y la memoria no funciona como un archivo administrativo donde pueden eliminarse carpetas a voluntad. Los recuerdos forman una red; arrancar uno implica alterar muchos otros.
Por eso la nota resulta conmovedora. No vemos al Kant monumental de las aulas universitarias, sino a un anciano de setenta y ocho años, debilitado, luchando contra una memoria que ya no domina. El filósofo que había dedicado su vida a imponer orden conceptual al mundo descubre que hay regiones de la experiencia —el resentimiento, el afecto perdido, el envejecimiento, el olvido— que no obedecen a decretos racionales.
Rendueles probablemente encuentra fascinante la historia porque revela una verdad incómoda: no somos soberanos de nuestra mente. La modernidad nos enseñó a creer que la voluntad puede gobernarlo todo, pero el recuerdo y el olvido poseen una lógica propia. Cuanto más tratamos de expulsar ciertos nombres, rostros o heridas, más profundamente se incrustan.
Quizá por eso la nota de Kant sigue siendo memorable más de dos siglos después. No porque hablara de Lampe, sino porque todos hemos escrito alguna versión de ella en nuestra cabeza: «debo olvidar a esta persona», «debo dejar de pensar en esto», «debo superar aquello». Y casi siempre descubrimos la misma ironía que Kant: la memoria escucha muy mal las órdenes. El corazón y la mente tienen una extraña costumbre de conservar precisamente aquello que más insistimos en borrar.
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