La frase de Oscar Wilde plantea una idea profundamente provocadora: el progreso humano no nace principalmente de la obediencia, sino de la capacidad de cuestionar aquello que se presenta como obligatorio, natural o incuestionable.
Wilde invierte aquí una de las ideas morales más arraigadas: que obedecer es una virtud y desobedecer un defecto. Para él, la historia demuestra precisamente lo contrario. Muchas de las transformaciones que hoy consideramos conquistas comenzaron cuando alguien decidió no aceptar las reglas existentes.
La sociedad tiende a conservar sus costumbres porque lo conocido produce seguridad. Las instituciones, las religiones, las tradiciones y las jerarquías suelen presentarse como si fueran permanentes, cuando en realidad son construcciones históricas. El individuo obediente reproduce el mundo que recibe; el individuo que cuestiona puede comenzar a imaginar otro.
Por eso Wilde habla también de “rebelión”. La rebelión introduce una ruptura con el orden establecido. Antes de que exista una nueva idea, una nueva libertad o una nueva forma de organizar la sociedad, generalmente existe alguien que considera insuficiente la realidad existente.
Pero hay una sutileza importante. Wilde no está diciendo que toda desobediencia sea buena. Desobedecer una norma injusta puede ser un acto de libertad; desobedecer una norma que protege a otros puede ser simplemente irresponsabilidad. La virtud no está en desobedecer por desobedecer, sino en tener la capacidad de distinguir entre autoridad legítima e imposición absurda o injusta.
Wilde nos recuerda que muchas veces el poder necesita que confundamos obediencia con virtud. Si conseguimos que una persona piense que cuestionar es malo, ya no necesitamos obligarla constantemente: se vigilará a sí misma.
La historia está llena de personas que fueron consideradas incómodas, peligrosas o incluso inmorales precisamente porque se negaron a aceptar como normal aquello que posteriormente sería considerado injusto.
Hay, además, una paradoja muy wildeana: el progreso convierte al antiguo rebelde en la nueva autoridad.
El revolucionario de ayer puede convertirse en el conservador de mañana. La idea que alguna vez fue subversiva termina convertida en tradición. Y entonces aparece una nueva generación que debe volver a cuestionarla.
La frase también contiene una advertencia contra las sociedades que valoran demasiado el orden. Porque el orden no siempre significa justicia.
Puede existir un orden profundamente injusto y perfectamente obedecido.
La esclavitud tuvo leyes.
La segregación tuvo leyes.
Las monarquías absolutas tuvieron leyes.
Las dictaduras producen leyes.
La desigualdad puede estar legalmente organizada.
Por eso la pregunta ética no puede ser solamente:
“¿Es legal?”
También debe ser:
“¿Es justo?”
Y cuando la respuesta es no, la desobediencia puede dejar de ser un vicio para convertirse en responsabilidad moral.
Ahí Wilde se acerca, aunque desde otro registro, a la tradición de la desobediencia civil de Henry David Thoreau y, posteriormente, a figuras como Gandhi o Martin Luther King Jr.: hay circunstancias en las que obedecer una norma injusta es moralmente más problemático que infringirla.
Y quizá esa sea la parte más incómoda de su pensamiento: una sociedad necesita ciudadanos capaces de obedecer las reglas justas, pero también ciudadanos capaces de desobedecer las reglas injustas. Sin lo primero aparece el caos; sin lo segundo, aparece el estancamiento.
La pregunta verdaderamente peligrosa —y quizá la más necesaria— no es “¿por qué desobedecer?”, sino:
“¿Por qué obedecemos?”

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