La frase tiene una ironía muy característica de Gogol. A primera vista, habla de un "maravilloso don", algo que normalmente consideraríamos positivo. Pero lo que ese don produce es justamente algo negativo: reducir el valor, la importancia o la grandeza de las cosas.
Puede interpretarse de varias maneras:
La banalización de la vida
Los seres humanos somos capaces de acostumbrarnos a todo. Un amanecer, una amistad, la salud, el amor, un árbol centenario o incluso el hecho de estar vivos pueden terminar pareciéndonos cosas ordinarias.
Lo extraordinario se vuelve rutina.
La crítica social
Gogol observó con agudeza la burocracia, la vanidad y la mezquindad humanas. La frase también puede significar que las personas tenemos la capacidad de reducir ideales elevados a asuntos triviales.
Una causa noble se convierte en política.
Una obra de arte se convierte en mercancía.
Una persona se convierte en un número.
3. Un mecanismo psicológico
También habla de nuestra tendencia a minimizar lo que tenemos y magnificar lo que nos falta.
Un corredor puede olvidar que hace unos años soñaba con correr 10 km sin detenerse.
Un lector puede olvidar el privilegio de tener miles de libros a su alcance.
Una persona sana puede pasar meses sin apreciar que puede caminar, respirar o ver.
Cuando corres entre árboles, es fácil que un día los mires y pienses: "son sólo árboles". Pero si te detienes un instante, vuelven a ser lo que realmente son: organismos vivos gigantescos que llevan décadas o siglos transformando la luz del sol en vida.
Quizá el verdadero desafío no sea adquirir más cosas extraordinarias, sino evitar que las extraordinarias que ya existen se vuelvan invisibles.
Gogol parece decirnos que tenemos un talento natural para empequeñecer el mundo. La tarea consciente consiste en desarrollar el talento contrario: volver a asombrarnos.

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