Una sociedad que no activa el pensamiento crítico, que no somete a duda las cosas que pasan a su alrededor, se convierte en una sociedad colaboracionista de la posverdad, amiga de la posverdad, aliada en defensa de la mentira creíble y sensiblera. Por eso tenemos que reivindicar la duda si queremos mejorar la sociedad en la que vivimos y recuperar algo que parece estar cada vez más en desuso: la autenticidad. Lo auténtico está perdiendo la batalla frente a lo aparente, frente a lo virtual.
Jose Carlos Ruiz
La
frase de José Carlos Ruiz es una advertencia y, al mismo tiempo, un
diagnóstico cultural. Habla de una enfermedad silenciosa: cuando una
sociedad deja de pensar críticamente, termina convirtiéndose en cómplice
de sus propias manipulaciones.
La idea central es ferozmente sencilla: la mentira no triunfa sola; necesita espectadores dóciles.
La
posverdad —ese territorio donde importa más lo que emociona que lo que
es cierto— prospera cuando las personas prefieren sentirse reafirmadas
antes que confrontadas. No importa si algo es verdadero; basta con que
sea compartible, sentimental, indignante o cómodo. La verdad se vuelve
secundaria frente al impacto emocional.
Ruiz dice algo incómodo: una sociedad que no duda colabora con la mentira.
Y
aquí “duda” no significa cinismo absoluto ni paranoia, sino una actitud
filosófica elemental: preguntar, contrastar, desconfiar de las
narrativas fáciles. La duda es el sistema inmunológico de la conciencia.
Sin ella, cualquier consigna entra como virus en sangre caliente.
Hay
también una crítica al espectáculo contemporáneo. Lo “aparente” y lo
“virtual” derrotan a “lo auténtico”. Es casi una elegía. Vivimos
rodeados de simulacros: identidades cuidadosamente editadas, opiniones
prefabricadas, indignaciones instantáneas, emociones manufacturadas por
algoritmos. La apariencia ya no intenta parecer verdad: ocupa su lugar.
Esto
conecta con pensadores como Guy Debord y su idea de la “sociedad del
espectáculo”, donde la representación sustituye a la experiencia real. O
con Hannah Arendt, quien advirtió que cuando la distinción entre verdad
y mentira se destruye, la ciudadanía pierde orientación moral y
política.
La frase también tiene un matiz ético profundo: recuperar la autenticidad.
Pero
la autenticidad es incómoda. Exige lentitud en una cultura acelerada.
Exige silencio en una civilización ruidosa. Exige pensamiento propio en
un mundo que recompensa la repetición tribal.
Y ahí
está la tragedia moderna: mucha gente ya no quiere verdad; quiere
pertenencia. Prefiere una mentira que abrace sus emociones antes que una
verdad que las fracture.
La posverdad no es sólo un problema político. Es espiritual.
Es el momento en que la emoción destrona a la realidad y el espejo termina devorando al rostro.
Como si la civilización hubiera cambiado la antigua pregunta filosófica “¿qué es verdad?” por una mucho más peligrosa:
—“¿qué versión de la realidad me hace sentir mejor?”
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