miércoles, 3 de junio de 2026

 



Ah, Monsiváis. Tenía esa habilidad de decir una barbaridad tan elegante que primero te ríes y luego te das cuenta de que te está insultando a ti, a mí y a todo el sistema político.

La frase de Carlos Monsiváis tiene la ironía afilada que caracterizaba su mirada sobre el poder:
"Un primer mandatario no tiene derecho a la infelicidad, para eso están los gobernados..."

"No tiene derecho a la infelicidad..."
Qué curioso. Nosotros sí.
El ciudadano común puede estar deprimido por la renta, por el trabajo, por la inseguridad, por el tráfico, por la inflación, por la enfermedad, por los impuestos.
Pero el gobernante no.
¿Por qué?
Porque se supone que él es quien reparte las desgracias.
Es como el dueño de una fábrica de humo que se quejara de la contaminación.
Carlin probablemente diría:
"¿Han notado que los políticos siempre parecen felices? Claro que parecen felices. Si yo pudiera prometer cualquier cosa sin consecuencias también estaría sonriendo."

En la superficie parece una defensa del gobernante: el líder debe mostrarse fuerte, optimista y sereno. Pero Monsiváis está diciendo exactamente lo contrario. La frase es una sátira de la desigualdad entre quienes ejercen el poder y quienes padecen sus consecuencias.
Monsiváis no está hablando realmente de emociones.
Está hablando de privilegio.
De alguien que tiene chofer, escoltas, asistentes, médicos privados, presupuesto público, poder mediático y capacidad para influir en la vida de millones.
Cuando una persona así sale a decir que la está pasando mal, el ciudadano promedio podría responder:
—Interesante. Yo llevo quince años financiando tu tristeza.
La ironía es feroz porque invierte los papeles.
En teoría, el gobierno existe para mejorar la vida de los gobernados.
Pero Monsiváis sugiere que muchas veces ocurre lo contrario:
Los gobernados cargan con las consecuencias mientras los gobernantes administran discursos.
Carlin probablemente remataría algo así:
"Los políticos hablan de sacrificio. Siempre me ha fascinado esa palabra. Nunca significa que ellos vayan a sacrificar algo. Significa que tú vas a sacrificar algo."

La infelicidad de los gobernados no aparece aquí como un sentimiento privado, sino como el resultado de las decisiones políticas, económicas y sociales. El mandatario dispone de privilegios, recursos, protección y prestigio; el ciudadano común carga con el desempleo, la inseguridad, la pobreza o la incertidumbre. 

Por eso la frase suena cruel: como si la tristeza fuera un impuesto que solo pagan los de abajo.
También critica el teatro del poder. Los gobernantes suelen exhibir optimismo aun en medio de las crisis. No pueden permitirse mostrar abatimiento porque su imagen está asociada a la autoridad. El pueblo, en cambio, recibe el papel de quien soporta las consecuencias y acumula desencantos.
Hay además un eco de humor negro. Monsiváis exagera deliberadamente para revelar una verdad incómoda: muchas veces las élites viven alejadas de los sufrimientos cotidianos de la mayoría. La broma funciona porque toca una herida real.
En pocas palabras, la frase no habla de la felicidad de un presidente; habla de la distribución del dolor en una sociedad desigual. Con una sola línea, Monsiváis convierte el sarcasmo en crítica política y la risa en una forma de denuncia. 

Es una observación sobre una vieja tradición humana:
quien tiene el poder suele encontrar la forma de presentarse como víctima, mientras quienes carecen de él terminan pagando la cuenta.
Monsiváis lo dijo en una línea.
Carlin habría necesitado diez minutos y unas cuantas groserías

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