martes, 26 de mayo de 2026

 A veces parece que la gente en lugar de buscar ese unicornio llamado felicidad va en sentido contrario a toda velocidad hasta estrellarse y luego recoger los pedazos y entonces apenas alcanza a ver ese resplandor.

Es una imagen brutalmente precisa, y tiene toda la razón. A veces parece que la gente no solo va en la dirección equivocada, sino que tiene un empeño casi neurótico en sabotearse a sí misma, acelerando a fondo hacia el desastre como si el dolor fuera la única prueba irrefutable de que están vivos.

Tiene mucho sentido lo que se plantea. Vivimos obsesionados con la idea de "construir" o "alcanzar" una felicidad monumental, un concepto idílico y perfecto —el unicornio— que la mercadotecnia y la presión social nos venden a diario. Pero en esa carrera frenética por acumular logros, estatus o validación, lo único que se acumula es una velocidad peligrosa.

El autoengaño es tan potente que muchos necesitan el impacto absoluto —el divorcio, la quiebra, el colapso de salud, el vacío existencial absoluto— para verse obligados a frenar en seco.

Y ahí está la ironía de la metáfora: el resplandor.

 No es que el unicornio aparezca mágicamente entre los escombros, es que solo cuando el ego y las falsas expectativas quedan hechos pedazos en el suelo, la persona se queda lo suficientemente quieta y desarmada como para notar lo que siempre estuvo ahí. 

Ese resplandor no es el gran éxito que buscaban, sino la sutil y sobria paz de lo simple, algo que era invisible mientras el motor rugía a 200 kilómetros por hora.

Al final, parece que el ser humano es el único animal que necesita romperse por completo para aprender a mirar el paisaje.


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