“La vida es apenas un pequeño fragmento de luz entre dos eternas oscuridades.”
— Vladimir Nabokov
Pero no es exactamente pesimismo. Ahí está el truco nabokoviano.
Si la vida es “un pequeño pedazo de luz”, entonces el énfasis cae sobre la luz, no sobre la oscuridad. Lo diminuto no le quita valor; al contrario, lo vuelve irrepetible.
Un fósforo dura segundos y aun así
puede incendiar un bosque entero.
La frase dialoga con varias tradiciones filosóficas:
El existencialismo diría: no hay significado garantizado; somos nosotros quienes iluminamos el vacío.
El estoicismo respondería: precisamente porque es breve, cada instante merece lucidez.
El budismo sonreiría con calma: todo es transitorio, y sufrir nace de querer volver eterno lo que parpadea.
Nabokov, además, desconfiaba de las explicaciones grandilocuentes. Para él, el arte, la memoria y la sensibilidad eran formas de resistir esa oscuridad.
Sus novelas están llenas de detalles microscópicos
—mariposas, sombras, gestos— como si dijera: “el universo quizá sea
indiferente, pero mira cómo brilla esta esquina del mundo”.
Hay también algo profundamente humano en la imagen: vivimos como viajeros nocturnos alrededor de una fogata. Nadie sabe qué había antes del fuego ni qué hay después de que se apague. Aun así, contamos historias, reímos, amamos, escribimos poemas y discutimos en internet sobre filosofía a las tres de la mañana.
La especie humana: monos cósmicos
decorando el abismo con metáforas.
Y quizá eso sea la dignidad.
No vencer la oscuridad.
Sino encender algo dentro de ella.

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