Pericles aparece en las Vidas Paralelas de Plutarco no solo como un político, sino como una especie de escultor de almas colectivas.
Plutarco no escribe historia fría; escribe autopsias morales. Quiere descubrir qué clase de carácter puede levantar una ciudad… o arruinarla lentamente bajo el brillo del mármol.
Y Pericles, para él, era un hombre
extraño: austero en una ciudad amante del ruido, sereno entre ciudadanos
que discutían como si cada debate fuera una pelea de gallos patrocinada
por los dioses.
El hombre de la “cabeza olímpica”
El hombre de la “cabeza olímpica”
Plutarco cuenta que Pericles tenía una cabeza tan alargada que los escultores preferían representarlo siempre con casco. Atenas inventó la propaganda política y el retoque estético dos mil años antes de Instagram.
Pero esa rareza física termina convirtiéndose en símbolo. Su mente parecía demasiado grande para la época. Los poetas cómicos lo llamaban “el Olímpico”, porque cuando hablaba parecía lanzar rayos como Zeus. No era un demagogo gritón; era peor —o mejor—: convencía sin necesidad de sudar.
Plutarco admira especialmente su dominio emocional.
Pericles podía soportar
insultos durante horas sin perder la compostura.
Hay un episodio
magnífico: un hombre lo siguió todo el día gritándole ofensas. Pericles
lo ignoró hasta la noche y luego ordenó que un esclavo acompañara al
sujeto con una lámpara para que llegara seguro a casa.
Eso es política convertida en arte marcial.
Eso es política convertida en arte marcial.
El estratega de Atenas
Para Plutarco, Pericles entendió algo fundamental: el poder de Atenas no estaba solo en las espadas, sino en el teatro, los templos, la arquitectura y la imaginación colectiva.
Bajo su liderazgo se levantó la Acrópolis, incluido el majestuoso Parthenon. Sus enemigos decían que estaba gastando el dinero de la liga ateniense como quien vacía la cartera común para redecorar la sala. Pericles respondió algo casi insolente:
“Si Atenas paga la obra, entonces pondremos nuestro nombre en ella.”
Y así convirtió el dinero militar en eternidad estética.
Un movimiento que hoy haría llorar a economistas y sonreír a artistas.
Plutarco lo presenta como un estratega que prefería la paciencia sobre la gloria inmediata. Durante la Guerra del Peloponeso evitó enfrentamientos terrestres directos contra Esparta. Sabía que Atenas dominaba el mar y el comercio; quería desgastar al enemigo lentamente.
Era una visión racional… pero cruel para el orgullo ateniense. La población quería héroes homéricos; Pericles ofrecía cálculo estadístico. Como si Aquiles hubiera sido reemplazado por un jugador de ajedrez.
La tragedia de Pericles
Y aquí Plutarco se vuelve profundamente humano.
La peste golpeó Atenas. Murieron miles. También los hijos de Pericles. La ciudad comenzó a odiarlo. El mismo hombre que había sido casi venerado terminó acusado, multado y abandonado políticamente.
Plutarco describe un instante devastador: Pericles, normalmente imperturbable, rompe en llanto cuando pierde a su último hijo legítimo. El hombre que soportaba insultos como una estatua finalmente se quiebra por algo íntimo.
Ahí Plutarco encuentra la verdad moral del personaje: incluso el político más racional sigue siendo rehén del dolor humano.
Poco después, Pericles murió también víctima de la peste.
Cómo lo juzga Plutarco
Plutarco admira a Pericles porque veía en él una rara combinación:
inteligencia sin vulgaridad,
poder sin histeria,
ambición sin teatralidad excesiva,
y disciplina en una democracia fácilmente manipulable.
Pero también deja una sombra flotando: Atenas dependía demasiado de un solo hombre. Cuando Pericles desapareció, la ciudad cayó en manos de políticos más impulsivos y demagógicos. Como si el director hubiera salido del escenario y la obra comenzara a improvisarse borracha.
Para Plutarco, Pericles representa una pregunta eterna:
¿Puede una democracia sobrevivir mucho tiempo siendo más sabia que sus propios deseos?
Y esa pregunta sigue caminando entre nosotros como un viejo ateniense envuelto en polvo y mármol.
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