En
la revista humorística Modern Drunkard se detallaba la dieta Carson
McCullers:
se saluda el día con una cerveza antes de ponerse ante la
máquina de escribir, luego sorbitos de jerez mientras se escribe si es
un día caluroso, si no, si hace falta leña para el horno, lingotazos de
whisky. Al café le va bien un poco de brandy, y ya puestos puede que
sobre el café. Antes de cenar, para celebrar el final de la jornada y
las dos o tres páginas que han gateado hacia la realidad en una primera
versión a la que le harán falta muchas correcciones, un martini. Luego
hay que salir de fiesta o a cenar con amigos, y entonces más martinis,
coñacs y whiskis. Para despedir el día, una cerveza.
La dieta Carson
McCullers tiene tres ingredientes: ginebra, cigarrillos y desesperación.
Según Truman Capote, lo extraño no es que muriera a los 50 años, lo
verdaderamente extraño es que no hubiera muerto mucho antes.
Y Gore
Vidal, siempre al quite, la despidió con el sintagma «la **desgraciada
más talentosa que he conocido».
Hay
algo brutalmente honesto en esa “dieta” de Carson McCullers: no es una
extravagancia bohemia, sino un ritual de supervivencia convertido en
liturgia autodestructiva.
Cada trago parece cumplir una función casi
mecánica: la cerveza para despertar el cuerpo, el jerez para lubricar la
frase, el whisky para alimentar el horno —literal y metafóricamente— y
el martini como campanada de cierre después de arrancarle unas páginas
al vacío.
El alcohol no aparece como placer sino como combustible. Como
anestesia industrial para seguir escribiendo.
Y ahí
está la tragedia: algunos escritores beben porque celebran; McCullers
parece beber porque necesita soportar la conciencia de sí misma.
Sus
novelas —como The Heart Is a Lonely Hunter— están llenas de seres
mutilados por la soledad, criaturas que hablan mucho porque nadie las
escucha realmente. En sus personajes hay un hambre feroz de contacto
humano y, al mismo tiempo, una incapacidad casi física para alcanzarlo.
Esa tensión termina filtrándose en esta descripción de su vida: escribir
era una manera de acercarse al mundo; beber, una manera de soportar que
el mundo siguiera lejos.
La frase “ginebra,
cigarrillos y desesperación” funciona porque reduce toda una existencia a
tres objetos consumibles. La desesperación aparece al mismo nivel que
el alcohol y el tabaco: algo que también se ingiere.
Como si el
sufrimiento fuera otra sustancia química recorriendo la sangre.
Hay una
poesía negra ahí, una especie de glamour terminal que muchas veces rodea
a los escritores alcohólicos del siglo XX. Pero debajo del mito hay
algo menos romántico: enfermedad, dolor físico, derrames cerebrales,
parálisis, depresión. El cuerpo cobrando la deuda.
Cuando
Truman Capote dice que lo raro no es que muriera a los 50 sino que no
muriera antes, está señalando precisamente eso: McCullers vivía como una
vela ardiendo por ambos extremos y además empapada en gasolina.
Y el
comentario de Gore Vidal —“la desgraciada más talentosa que he
conocido”— tiene una crueldad elegante, casi venenosa. “Desgraciada” no
significa aquí simplemente infeliz; significa marcada por una fatalidad
íntima, como alguien condenado a convertir su herida en arte una y otra
vez.
Lo inquietante es que muchos lectores sienten
fascinación por esta clase de vidas porque parecen confirmar una vieja
superstición: que el genio necesita autodestruirse para producir
belleza.
Pero McCullers quizá demuestra algo más triste: que el talento
no salva a nadie. Puede convertir el dolor en literatura magnífica, sí,
pero no necesariamente aliviarlo. El arte ilumina la habitación; no
siempre apaga el incendio.
Y así queda la imagen
final: una mujer frágil, con un vaso en la mano y humo alrededor,
escribiendo frases de una ternura devastadora mientras su propio cuerpo
se derrumba lentamente.
Como si cada página hubiera sido pagada con
pequeños pedazos de hígado, de nervios, de alma.
Un trueque feroz:
literatura a cambio de sí misma.
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