Esperar y actuar: la ética de la presencia ante la desgracia
La frase de Borís Pasternak —“Nunca, en ningún caso tiene que desesperarse. Esperar y actuar: tal es nuestro deber en la desgracia”— parece simple, casi un consejo de abuela. Pero en realidad encierra una de las tensiones más profundas de la existencia humana: cómo no quebrarse cuando todo alrededor se tambalea, cómo sostenerse cuando la realidad se vuelve árida, cómo vivir cuando parece que lo único sensato es rendirse.
1. La desesperación como fuga
Desesperarse no es simplemente sentir tristeza. La desesperación es una fuga radical: es renunciar a la posibilidad de que algo sea distinto. Es un cierre. Kierkegaard decía que la desesperación es “la enfermedad mortal”: no porque mate el cuerpo, sino porque mata la capacidad de abrir el futuro.
Pasternak apunta a eso. La desgracia es inevitable: tormentas políticas, dolores familiares, pérdidas afectivas, incertidumbres económicas, momentos de parálisis. La pregunta no es qué hacer para evitarlas, sino cómo no dejarnos desintegrar por ellas.
La desesperación nos inmoviliza; nos convierte en espectadores pasivos de nuestra propia vida. Y lo trágico es que la desgracia se alimenta de esa pasividad.
2. Esperar no es resignarse
Para Pasternak, esperar no equivale a sentarse a que el universo resuelva el problema por nosotros. Esperar significa no romperse, mantener un punto de calma desde donde aún se puede elegir. Es una forma de resistencia interna, como el momento en que un atleta respira profundamente antes de un sprint y siente que todo en su cuerpo se alinea para responder.
La espera es el tiempo de la lucidez: el minuto en el que la mente deja de girar en círculos y recupera la capacidad de pensar. Sin ese espacio interno, cualquier acción sería ciega.
3. Actuar: la contraofensiva del espíritu
Pero la espera sin acción sería solo contemplación vacía. Lo radical de la frase es la unión: esperar y actuar. No esperar para actuar, sino esperar mientras se actúa.
Actuar en desgracia es un ejercicio filosófico de primer orden: significa elegir moverse incluso cuando la emoción te pide detenerte. Significa aceptar la finitud humana: no puedo controlar todo, pero sí puedo decidir qué hago con mi metro cuadrado de libertad.
Y actuar no siempre es un gran gesto heroico. A veces es algo sencillo: salir a caminar, ordenar un cuarto, escribir un párrafo, tenderle la mano a alguien, conservar la dignidad. Pasternak —que conoció el totalitarismo, la censura y el miedo— sabía que estos actos mínimos sostienen el alma.
4. El deber en tiempos adversos
La palabra “deber” aquí es fundamental. No es un deber moral autoritario, sino un deber existencial: un compromiso íntimo con uno mismo. En la desgracia no se exige perfección; se exige presencia. Es decir: no abandonar el lugar interno desde el que uno puede seguir siendo humano.
En el fondo, Pasternak nos recuerda que la vida no se define en los momentos fáciles, sino en la intersección entre la espera paciente y la acción valiente. En esa combinación se genera un tipo especial de fuerza: no la fuerza del que domina, sino la del que persiste.
La desgracia no desaparece, pero deja de ser un muro y se vuelve un camino. Y caminar —paso a paso— es una forma de victoria.
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