Jaime Sabines escribía como quien se quita la camisa en plena calle: sin pudor, sin metáforas de adorno, con el corazón latiendo a la intemperie. Su poesía no pedía permiso; llegaba despeinada, con olor a cigarro, a hospital y a madrugada. No buscaba ser eterna: quería ser verdadera. Y vaya que lo logró.
Sabines no creía en la poesía como altar, sino como mesa de cocina. Ahí se hablaba del amor que muerde, de Dios que duda, de la muerte que se sienta a esperar como un perro viejo. Su lenguaje era simple solo para quien confunde claridad con pobreza. En realidad, era un bisturí: cortaba justo donde duele. Cada verso suyo parecía decirnos al oído: no estás solo en esta miseria hermosa que es estar vivo.El amor, en Sabines, no es un ángel: es un animal cansado, a veces feroz, a veces ridículo. Ama con rabia, con ternura, con desesperación. Ama sabiendo que el amor se acaba, y aun así insiste. Ahí está su grandeza: no promete salvación, promete compañía. Amar, para él, es aceptar la herida y besarla.
Y Dios… ah, Dios en Sabines no reina: dialoga. Se le reclama, se le tutea, se le pone contra la pared. No es blasfemia: es intimidad. Sabines no niega a Dios; lo humaniza. Lo baja del cielo y lo sienta en la cama del enfermo, donde las respuestas no llegan y la fe se vuelve un susurro cansado.
La muerte, por su parte, no es metáfora elegante. Es real, concreta, cercana. Tiene nombre propio, tiene horario, tiene cuerpo. Sabines la mira de frente, sin dramatismos, como quien sabe que huir es inútil. Pero incluso ahí, entre hospitales y ataúdes, hay humor negro, una risa breve que dice: todavía respiro, todavía escribo.
Jaime Sabines no fue un poeta del Olimpo, sino del suelo. No habló desde la torre, sino desde el cuarto oscuro donde alguien llora a las tres de la mañana. Su poesía no decora: acompaña. No enseña: confiesa. Por eso sigue viva. Porque mientras exista alguien que ame mal, que dude de Dios, que le tenga miedo a la muerte y aun así siga adelante, Sabines seguirá escribiendo —con tinta, con sangre, con verdad— en algún rincón del pecho humano.

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