miércoles, 20 de mayo de 2026

 Hace muchos años, cuando trabajaba en un geriátrico, me ocurrió algo que no pude olvidar nunca. Una mujer de noventa y cinco años agonizaba en su cama. Sentado a su lado, yo sostenía su mano entre las mías en silencio. En un momento giró la cabeza para hablar. Me acerqué.

—¿Quiere decir algo? —la interrogué.
Mirándome a los ojos murmuró:
—¿Esto fue todo?
Sus palabras me golpearon. Sentí la carga que llevaban y, aun así, respondí con la verdad.
—Sí, esto fue todo. Pero le juro que mientras le quede un segundo de vida y quiera hablar voy a estar aquí para escucharla.
A los pocos días falleció.
Ha pasado el tiempo, y todavía su pregunta me recorre como una advertencia. Desde aquel instante, hice lo que pude para evitar ese destino. Quiero que, cuando llegue el momento, quien esté conmigo guarde una imagen distinta. Quizás una sonrisa, y una frase:
—Tranquilo, valió la pena… no estuvo tan mal.

Gabriel Rolón

Ese relato de Gabriel Rolón tiene la fuerza de un golpe seco en una habitación vacía. No necesita adornos porque trabaja con la pregunta más desnuda que existe: ¿alcanzó la vida?
“¿Esto fue todo?” no es solo una frase de una mujer moribunda. Es el eco de una ansiedad humana antiquísima. No preguntaba cuántos años vivió, sino si hubo algo que justificara haber atravesado el tiempo. Amor, intensidad, sentido, siquiera una chispa. Como si al final toda biografía se redujera a una balanza invisible: dolores de un lado, instantes verdaderos del otro.

Y la respuesta de Rolón es brutal por su honestidad: —“Sí, esto fue todo.”
No hay consuelo metafísico, ni discursos de azúcar. Solo la aceptación de que la vida no tiene una segunda temporada secreta. Esto era la función. El telón ya está bajando y no había escenas eliminadas.

Pero justo ahí aparece algo profundamente humano: quedarse al lado. Escuchar. Sostener una mano. A veces creemos que el sentido de la existencia debe venir de hazañas enormes, cuando quizá lo único que derrota un poco al vacío es eso: que alguien permanezca junto a nosotros mientras la oscuridad se acerca.
La reflexión también tiene algo de confesión personal. Desde ese día, Rolón parece vivir con una especie de brújula trágica: no llegar al final sintiendo que todo fue un trámite gris.

 
Por eso esa última frase conmueve tanto:—“Tranquilo, valió la pena… no estuvo tan mal.”
No dice “fue perfecto”. No dice “fui feliz siempre”. Ni siquiera dice “entendí el sentido del universo”.
Dice algo mucho más humano y alcanzable: hubo suficiente belleza para justificar el viaje.

Y quizá ahí está la sabiduría escondida del texto.
La vida rara vez se convierte en una epopeya luminosa. Más bien es una colección extraña de cafés tibios, pérdidas inevitables, canciones escuchadas en el momento exacto, personas que nos salvaron sin saberlo, y pequeños instantes que, vistos desde lejos, impiden que todo parezca absurdo.

Al final, tal vez nadie pueda responder con certeza si “esto fue todo”. Pero hay una diferencia inmensa entre llegar al borde diciendo: “¿Eso era?” y llegar murmurando: “Bueno… tuve mis días. Vi algunas estrellas. Amé a unos cuantos locos. Reí lo suficiente. No estuvo tan mal.”
La muerte vuelve filósofo hasta al más distraído. Tiene ese pésimo hábito. 

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