miércoles, 27 de mayo de 2026

Una ceiba en una maceta 
 Personas pasan a su lado 
Sin verse en el espejo

La imagen tiene algo muy potente.
La ceiba —árbol gigantesco, casi sagrado en muchas culturas mesoamericanas— reducida a una maceta ya contiene una tensión: grandeza contenida, naturaleza domesticada, vida monumental comprimida en un recipiente pequeño.

Y luego:

Personas pasan a su lado
Sin verse en el espejo

Ahí aparece el golpe poético.
La ceiba funciona como espejo moral o existencial. La gente pasa junto a algo vivo, antiguo, majestuoso… y no se reconoce en ello. No se pregunta qué perdió, qué mutiló o qué encierra también dentro de sí.

Hay una crítica silenciosa a la vida moderna:

  • convivimos con la naturaleza pero no la vemos;
  • vemos objetos, no símbolos;
  • pasamos junto a seres vivos enormes espiritualmente mientras vivimos distraídos;
  • incluso podemos convertir una ceiba en adorno sin percibir la contradicción.

También puede leerse como una metáfora humana:
personas enormes “plantadas” en macetas sociales, laborales o psicológicas, incapaces de notar su propio encierro.

Y el “espejo” es interesante porque no dice dónde está.
La ceiba es el espejo. La realidad es el espejo. La naturaleza es el espejo. Pero la gente pasa sin mirarse.

Tiene un aire de haiku contemporáneo, pero con resonancia latinoamericana.  Recuerda un poco esa sensibilidad donde el árbol no es paisaje sino presencia moral. El laberinto de la soledad a veces toca algo parecido: la incapacidad moderna de verse auténticamente a sí mismo frente al mundo vivo.

Además, la ceiba tiene un peso simbólico enorme en culturas mayas: árbol que une cielo, tierra e inframundo. Verla en una maceta casi parece una miniatura de nuestra época entera.


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