La poesía de Jorge Teillier siempre parece escrita desde un pueblo donde el tren ya pasó hace décadas, pero alguien sigue esperando en la estación.
Aquí ocurre lo mismo: las preguntas son simples, casi domésticas, pero debajo de ellas hay una soledad enorme, silenciosa como una cocina apagada.
“¿Qué canción te gustaría oír?, ¿Qué película te gustaría ver?”
No son preguntas sobre gustos. Son preguntas sobre compañía. Sobre compartir el tiempo antes de que la noche termine de tragarse el mundo. Teillier entiende algo brutal: la intimidad humana no siempre necesita grandes confesiones; a veces basta preguntar qué canción pondrías mientras afuera llueve y el reloj avanza como un animal cansado.
Y luego llega el verso más hermoso:
“¿Y con quién te gustaría que soñáramos
Después de las nueve y media de la noche?”
Esa hora exacta vuelve todo más melancólico. No dice “de noche” solamente. Dice “después de las nueve y media”. La poesía de Teillier ama esas precisiones humildes: la hora en que ya se vaciaron las calles, cuando el café se enfría y la nostalgia empieza a sentarse a la mesa sin pedir permiso.
El “soñáramos” también es clave. No pregunta “con quién te gustaría soñar”, sino “con quién te gustaría que soñáramos”. El sueño deja de ser individual; se vuelve un refugio compartido. Dos personas conspirando contra la soledad mediante recuerdos, películas, canciones y fantasmas queridos. Como si conversar hasta tarde fuera una forma pequeña de salvarse.
Teillier tenía esa capacidad extraña: convertir cosas mínimas en algo sagrado. Una canción. Una película. Una hora cualquiera de la noche. En sus versos, esas cosas brillan como fósforos en medio de un apagón.
Y quizá ahí está el golpe más hondo del poema: hay “tan pocas personas” a quienes hacerles esas preguntas. Porque la verdadera afinidad humana es rarísima. Mucha gente habla; muy pocos saben acompañar el silencio después de las nueve y media.

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