Esta cita pertenece al libro de Eclesiastés, uno de los textos más melancólicos y lúcidos de la Biblia.
La versión más conocida dice:
“Todo tiene su tiempo, y todo lo que se quiere debajo del cielo tiene su hora: tiempo de nacer, y tiempo de morir; tiempo de plantar, y tiempo de arrancar lo plantado; tiempo de matar, y tiempo de curar; tiempo de destruir, y tiempo de edificar; tiempo de llorar, y tiempo de reír; tiempo de endechar, y tiempo de bailar…”— Eclesiastés 3:1-4
Y continúa enumerando opuestos: guerra y paz, silencio y palabra, amor y odio. Es casi un péndulo metafísico: la vida oscilando entre extremos inevitables.
Lo fascinante es que el texto no suena optimista en el sentido moderno. No dice “todo pasa por algo” como taza motivacional de oficina. Tiene algo mucho más antiguo y más duro: aceptación del ritmo trágico de existir.
El autor tradicionalmente asociado al libro es Salomón, aunque probablemente fue escrito siglos después.
Y el tono del
libro es extraño para un texto religioso: casi existencialista.
Como si
Albert Camus hubiera pasado una tarde en Jerusalén mirando el polvo
levantarse con el viento.
La idea central no es que “todo estará bien”, sino que nada puede forzarse fuera de su estación. Hay dolores prematuros y alegrías fuera de tiempo. El ser humano moderno quiere cosechar en martes lo que apenas sembró el lunes. Eclesiastés responde con una especie de sabiduría agrícola: incluso el alma tiene estaciones.
También hay algo profundamente humano en esa lista de contrarios. No demoniza el llanto ni idolatra la felicidad permanente.
Hoy pareciera obligatorio
“estar bien”, sonreír productivamente, optimizar emociones como si
fueran una app.
Eclesiastés rompe esa fantasía: llorar también tiene su
hora legítima. El duelo no es un error del sistema; es parte del
sistema.
Y quizá por eso el texto sigue vivo después de siglos.
Y quizá por eso el texto sigue vivo después de siglos.
Porque entiende algo incómodo: la vida no se domina del todo. Se
atraviesa.
Como un río antiguo: a veces se navega, a veces arrastra.
Como un río antiguo: a veces se navega, a veces arrastra.
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