Pascal
Quignard convierte el amor en un gesto extraño y casi contrario a lo
que solemos imaginar. No habla de posesión, fusión ni conquista. Habla
de retirada. Y esa palabra pesa. Porque retirarse no es abandonar: es
dar espacio.
“Amar es retirarse” implica que el amor verdadero no
invade.
No coloniza al otro con expectativas, miedo o necesidad. Hay
personas que dicen “te amo” cuando en realidad dicen: “no soportaría
perderte”. Quignard separa ambas cosas con una delicadeza brutal. Amar
sería no devorar.
“Dejar que el otro exista” parece una frase
sencilla, pero es probablemente una de las tareas más difíciles. Casi
siempre intentamos corregir, interpretar, salvar o completar a quien
amamos. Como si el otro fuese un cuarto vacío que debemos amueblar con
nuestras obsesiones. Quignard propone lo contrario: permitirle ser
incluso en aquello que no comprendemos.
Y luego aparece la imagen más hermosa:
“abrirle un claro en la espesura del propio ser”.
Eso
es poesía pura. El “claro” recuerda esos espacios en medio del bosque
donde entra la luz. La espesura es el ego, la historia personal, los
traumas, los deseos, el ruido interno. Amar sería despejar un sitio
dentro de uno mismo para que el otro pueda existir sin quedar atrapado
entre las ramas de nuestras carencias.
También hay algo profundamente
melancólico aquí: el otro “permanece en el misterio”. Nunca conoceremos
del todo a nadie. Ni siquiera después de años. Siempre habrá una
habitación cerrada, una nostalgia secreta, un idioma interno. Y el amor
maduro acepta eso sin exigir traducción completa. El amor tóxico, en
cambio, quiere llave, mapa y vigilancia las veinticuatro horas. Como un
guardia de supermercado emocional.
Quignard entiende el amor no como
captura, sino como hospitalidad.
No como “ven y sé mío”, sino como “aquí
tienes un lugar donde puedes respirar”.
Es una visión silenciosa del
amor. Casi monástica. Como quien sostiene un pájaro con las manos
abiertas y no cerradas. Porque hay afectos que, en cuanto aprietan,
asfixian.

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