Renunciemos al optimismo y la esperanza, esas cosas engañosas que nos hacen creer que seremos felices. Es preferible una tristeza verdadera a una felicidad tramposa.
Gabriel rolón
Gabriel
Rolón lanza aquí una provocación muy freudiana: la sospecha de que
muchas veces la esperanza no es una fuerza vital, sino un narcótico
elegante.
Una especie de maquillaje emocional puesto sobre la grieta.
La
frase no está defendiendo el sufrimiento por romanticismo oscuro
—aunque tenga perfume de tango a las tres de la mañana—, sino la
autenticidad psíquica.
La idea central es brutal:
preferimos mentirnos antes que mirar de frente nuestra falta, nuestro
vacío, nuestra fragilidad.
Entonces fabricamos promesas: “cuando tenga
dinero…” “cuando alguien me ame…” “cuando llegue tal cosa…”
Y
así la vida se vuelve una sala de espera interminable.
La esperanza
funciona como crédito emocional: seguimos viviendo hoy porque imaginamos
un mañana redentor. Pero Rolón sospecha de eso. Porque muchas veces ese
“mañana” nunca llega. O llega y tampoco salva nada. El deseo humano
tiene la mala costumbre de mudarse de objeto como un gato callejero.
Hay
algo profundamente psicoanalítico en la frase: el sujeto neurótico
suele sostenerse más en la fantasía de la felicidad que en la
experiencia real de vivir. La promesa importa más que la realidad. Y
cuando la fantasía cae, aparece la tristeza verdadera. Esa tristeza que
no adorna, no vende cursos de superación, no pone frases motivacionales
sobre atardeceres.
Pero ojo: Rolón no está diciendo
“vivan deprimidos”.
Está diciendo algo más incómodo: la verdad duele,
pero libera más que la ilusión.
Porque una
“felicidad tramposa” puede convertirse en alienación: seguir en
relaciones muertas, trabajos vacíos, vidas prefabricadas, solo para
sostener la narrativa de que “todo va bien”.
La
tristeza verdadera, en cambio, tiene dignidad. Es el momento en que
alguien deja de actuar para sí mismo. Cuando uno admite: “esto me
duele”, “esto no me llena”, “esto que perseguí no era mío”.
Y
ahí empieza algo más honesto. Tal vez no felicidad en el sentido
publicitario —esa felicidad de comercial donde todos desayunan jugo de
naranja con dientes perfectos—, pero sí una forma más real de
existencia.
La frase también dialoga con Sigmund
Freud, quien desconfiaba profundamente de la idea de felicidad plena.
Para Freud, la cultura misma está construida sobre renuncias, conflictos
y malestar. El ser humano no vino al mundo equipado para una dicha
permanente; vino equipado para desear. Y desear implica carencia.
Siempre.
Hay algo valiente en abandonar ciertas esperanzas. No todas las esperanzas son luminosas; algunas son cadenas con brillantina.
A
veces madurar consiste precisamente en eso: dejar de esperar una
salvación total, y aprender a habitar la imperfección sin anestesia.
Una
verdad triste puede convertirse en suelo firme. Una mentira feliz
termina hundiéndose como escenario de cartón bajo la lluvia.
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