viernes, 22 de mayo de 2026

 "Linda.- ¿Por qué se vuelve uno loco? Yo creo que estas cosas se cuecen en la niñez: Una se cree fea, los padres se divorcian, una se cree abandonada... ¿A ti no te pasó algo parecido? 

Allan.- No, mis padres nunca se divorciaron, aunque les rogué que lo hicieran". 

 Woody Allen y Diane Keaton en el film "Sueños de un seductor". 

Esa línea es puro bisturí neurótico.

Primero ubiquemos la escena: es de Sueños de un seductor, escrita y protagonizada por Woody Allen junto a Diane Keaton. Y en dos frases hacen algo brillante: convierten el trauma infantil en chiste… pero sin quitarle el filo.


1. La neurosis como herencia doméstica

Linda dice: “Estas cosas se cuecen en la niñez…”.
Es casi una tesis freudiana comprimida en una línea.

La idea es clara:

  • La identidad se forma en la mirada de los padres.

  • Si esa mirada falla —divorcio, abandono, crítica, indiferencia—, el yo queda astillado.

Uno se cree feo.
Uno se cree no amado.
Uno se cree reemplazable.

Y eso se convierte en estructura psíquica.


2. El remate de Allan: el infierno no siempre es la ruptura… a veces es la permanencia

Allan responde:
“Mis padres nunca se divorciaron, aunque les rogué que lo hicieran.”

Aquí está la genialidad.

No todo trauma es abandono.
A veces el trauma es la convivencia perpetua en un matrimonio miserable.

Es brutal porque rompe el cliché:

  • No es “me dañó que se separaran”.

  • Es “me dañó que no lo hicieran”.

Es el niño que percibe la tensión, el odio silencioso, la frialdad crónica.
Y aprende que el amor es una cárcel.


3. Lo que la comedia revela

La comedia de Woody Allen funciona como anestesia para decir algo incómodo:

La locura cotidiana no nace de grandes tragedias épicas.
Nace de pequeñas grietas repetidas durante años.

Un padre que no abraza.
Una madre que critica.
Una casa donde nadie se quiere pero todos siguen ahí.

No hace falta un terremoto.
Basta con humedad constante.


Hay algo profundamente existencial aquí.

El niño no puede elegir su entorno.
Pero el adulto puede reinterpretarlo.

La pregunta no es solo:

¿Qué me hicieron?

Sino:

¿Qué hago yo ahora con eso?

Porque si no, pasamos la vida rogando que el pasado se divorcie de nosotros…
y no se divorcia nunca.

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