Si por una suerte extraña atravesamos la vida encontrándonos solamente con gente desdichada, no es accidental, no es porque pudiese ser de otro modo. Uno piensa que la gente feliz debe estar en algún lado. Pues bien, sino se quitan eso de la cabeza, es que no han entendido nada del psicoanálisis.
JACQUES LACAN
La frase de Jacques Lacan tiene algo de bofetada elegante. No consuela: desmonta. Y eso, en Lacan, ya es una forma de verdad.
Cuando
dice que si encontramos solamente gente desdichada “no es accidental”,
está atacando una ilusión muy humana: la idea de que la felicidad existe
como un territorio estable al que otros sí lograron entrar.
Como si
hubiera una ciudad secreta detrás de la montaña donde todos desayunan
plenitud y escuchan jazz interior.
Lacan sonríe con ironía ante eso y
dice: no, amigo, el problema no es que aún no llegas; el problema es
creer que ese lugar existe.
Para el psicoanálisis
lacaniano, el ser humano está estructurado por una falta. Deseamos
porque algo nos falta; y cuando obtenemos lo deseado, aparece otra
carencia. El deseo no se satisface definitivamente: se desplaza. Es una
sed que cambia de vaso.
Por eso la felicidad completa sería casi una
catástrofe psíquica: un sujeto sin falta dejaría de desear, y sin deseo,
dejaría de estar vivo simbólicamente.
Lacan
también critica la fantasía social de “los otros sí son felices”.
Esa
comparación produce mucho sufrimiento moderno. Vemos rostros, parejas,
triunfos, fotografías limpias como vitrinas de supermercado emocional.
Pero el psicoanálisis sospecha de toda imagen demasiado perfecta. Detrás
del sujeto aparentemente realizado hay también ansiedad, vacío,
repetición, miedo al abandono, angustia frente al tiempo. El
inconsciente no toma vacaciones en la playa.
La
frase tiene además un filo más oscuro: solemos relacionarnos desde
nuestras heridas. No vemos al otro “tal como es”, sino atravesado por
nuestras propias estructuras psíquicas. Quien está obsesionado con la
desdicha encontrará desdicha incluso en medio del carnaval. Como quien
entra al mar con tinta en los ojos y jura que el océano nació negro.
Y aquí aparece el núcleo lacaniano más incómodo:
la felicidad no es el destino natural del ser humano.
El conflicto sí.
Eso
no significa que todo sea miseria. Lacan no predica desesperación
barata. Más bien desmonta la fantasía infantil de una armonía final.
Hay
momentos de goce, amor, belleza, creación, humor —a veces una
conversación basta para salvar una semana—, pero nunca una plenitud
definitiva. Somos criaturas partidas, habladas por el lenguaje, siempre
un poco extranjeras de nosotros mismos.
El psicoanálisis, entonces, no promete felicidad. Promete algo más raro: lucidez.
Y la lucidez, como el café negro o ciertas canciones a las tres de la mañana, tiene un sabor ligeramente amargo… pero despierta.
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