No sé quién soy, mucho gusto en no conocerte "yo"
Esa frase tiene algo de brindis existencial y de espejo roto al mismo tiempo.
“Mucho gusto en no conocerte” suena como si el narrador estrechara la mano de una sombra que lleva años usando su cara.
El
“yo” normalmente se presenta como algo sólido: nombre, recuerdos,
gustos, cicatrices, canciones favoritas para sobrevivir al lunes.
Pero
la frase dinamita esa ilusión. Dice: quizá llevo toda la vida habitando
un desconocido. Quizá la identidad no es una estatua, sino humo
intentando recordar su forma.
También hay ironía.
La educación dicta: “Mucho gusto en conocerte”. Aquí ocurre lo
contrario. El sujeto se descubre extranjero de sí mismo. Como abrir una
puerta creyendo que es tu casa y encontrar a otro viviendo ahí, usando
tus gestos, tus miedos, tus rutinas de supermercado y tus nostalgias de
madrugada.
Tiene ecos de existencialismo y de
psicoanálisis. El inconsciente diría algo incómodo: el “yo” nunca
gobierna del todo. Apenas administra el caos con traje y corbata
mientras abajo, en el sótano, los deseos hacen huelga, incendios y
poesía.
Y poéticamente la frase funciona porque no suena desesperada; suena lúcida.
No grita “estoy perdido”.
Más bien sonríe y dice:
—Ah… así que este extraño era yo. Qué curioso encontrarnos tan tarde.
Es
una línea que podría aparecer escrita en la última página de un
cuaderno mojado por lluvia y café frío.
O en la mente de alguien que
entendió que la identidad no es un destino fijo, sino una conversación
interminable entre todas nuestras versiones.
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