domingo, 24 de mayo de 2026

 El animal humano es una bestia que muere, y si tiene dinero compra y compra y compra; y creo que la razón por la que compra todo lo que puede es que, en el fondo de su mente, tiene la loca esperanza de que una de sus compras sea la vida eterna. Cosa que nunca puede ser. 

 TENNESSEE WILLIAMS


La frase de Tennessee Williams es incómoda porque apunta a algo que casi nadie quiere mirar de frente: compramos no solo por necesidad o placer, sino como una forma de negociar con nuestra propia muerte.

Hay una intuición profunda ahí. 

El ser humano sabe —aunque trate de olvidarlo— que su tiempo es limitado. Y esa conciencia genera una ansiedad difícil de sostener. Entonces aparece el consumo como anestesia: compramos cosas, experiencias, símbolos… como si cada adquisición fuera un pequeño “todavía estoy aquí”, un intento de fijar algo en un mundo que se nos escapa.

Pero Williams va más lejos: sugiere que, en el fondo, hay una ilusión casi infantil. Como si acumulando suficientes objetos, suficiente confort, suficiente “vida comprada”, pudiéramos retrasar o incluso engañar a la muerte. No porque lo creamos de forma racional, sino porque emocionalmente actuamos como si fuera posible. El problema es que cada compra satisface solo por un instante… y luego vuelve el mismo vacío, quizá un poco más grande.

Aquí hay una paradoja: cuanto más intentamos llenar ese vacío con cosas, más evidente se vuelve que no pueden llenarlo. Porque el vacío no es material, es existencial. No se trata de lo que falta en nuestras manos, sino de lo que sabemos —aunque no lo digamos— sobre nuestro destino.

Y sin embargo, tampoco se trata de demonizar el consumo. Comprar también es disfrutar, crear, celebrar la vida. El punto de Williams no es moralista, es casi trágico: confundir el acto de vivir con el acto de acumular. Pensar que la permanencia puede comprarse, cuando lo único verdaderamente humano es precisamente lo contrario: lo efímero.

Tal vez la salida no sea dejar de comprar, sino dejar de esperar demasiado de lo que compramos. Entender que ninguna posesión nos va a salvar del tiempo, pero que sí podemos usar nuestro tiempo —ese que no se vende en ningún lado— para algo que se sienta más vivo: relaciones, creación, experiencias que no buscan durar para siempre, sino ser intensas mientras existen.

Dicho más directo: no compramos para vivir eternamente… compramos porque no sabemos bien cómo vivir sabiendo que no lo somos. Y ahí es donde empieza la pregunta interesante: si aceptaras de verdad que nada te va a salvar de la muerte, ¿cómo cambiaría tu manera de vivir hoy?

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Archivo del blog

Buscar este blog