lunes, 18 de mayo de 2026

 Las palomas rugen 

Los leones balan 

Los pájaros hablan 

Las personas trinan 

Lo absurdo se infiltró en la realidad

El texto funciona como una inversión del orden natural. Cada ser aparece haciendo el sonido o la acción de otro, como si el mundo hubiera perdido la coherencia simbólica que normalmente usamos para entenderlo. 

Y justo ahí aparece la última línea: “Lo absurdo se infiltró en la realidad”. No es solo una frase final; es la clave que reorganiza todo lo anterior.

Hay algo muy cercano al espíritu de Albert Camus aquí: el absurdo no como “cosas raras”, sino como la ruptura entre lo que esperamos del mundo y lo que el mundo realmente nos devuelve.

 Una paloma no debería rugir. Un león no debería balar. Las personas no deberían “trinar”, porque el trino remite a repetición mecánica, ruido breve, eco de bandada. Pero en el poema sí ocurre. El lenguaje del mundo se descuadra.

También hay una crítica social escondida en la secuencia.
Fíjate:

  • “Los pájaros hablan” → los animales adquieren humanidad.
  • “Las personas trinan” → los humanos pierden profundidad y se reducen a ruido automático.

Es como si hubiera un intercambio de naturalezas: los animales ascienden en complejidad mientras los humanos se simplifican. Esa línea tiene algo muy contemporáneo. 

En redes sociales mucha gente ya no “habla”: reacciona, replica, emite sonidos breves, consignas, impulsos instantáneos. Trinan. La palabra inevitablemente recuerda también a X, donde millones de voces terminan convertidas en impulsos rápidos y fragmentarios.

El poema además tiene un efecto inquietante porque no usa imágenes grandiosas. No hay apocalipsis, sangre ni catástrofes. Solo pequeños desplazamientos en el orden de las cosas. Y eso lo vuelve más perturbador. 

El absurdo rara vez entra derribando la puerta; entra lentamente, normalizando lo extraño.

Hay ecos de Franz Kafka también: el mundo sigue funcionando, pero algo esencial se deformó. Y todos parecen aceptarlo.

La estructura breve ayuda mucho. Parece casi una canción infantil o una adivinanza, y eso aumenta el contraste con la idea filosófica final. Tiene ese tono de lógica torcida que uno podría encontrar en Alicia en el país de las maravillas o en algunos poemas surrealistas: primero la sonrisa, luego la incomodidad.

La última línea podría incluso leerse de otra manera: no como una descripción del presente, sino como una sospecha paranoica y lúcida al mismo tiempo. 

Como si el hablante estuviera observando el mundo moderno y dijera: “algo se desacomodó profundamente… y ya todos actúan como si fuera normal”.

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