La historia de Berta Cáceres parece escrita con barro, río y pólvora.
Una mujer que habló demasiado claro en un continente donde a veces la verdad se paga con sangre.
Nació en 1971 en La Esperanza, en Honduras,
dentro del pueblo indígena lenca. Su madre era partera, alcaldesa y
defensora social; de ella heredó esa rara costumbre de mirar al poder
sin bajar la cabeza. Mientras otros aprendían a sobrevivir, Berta
aprendió a resistir.
En los años noventa cofundó el COPINH, una organización dedicada a defender los derechos indígenas y los territorios lencas. No era un activismo de escritorio ni de café universitario. Era caminar montañas, organizar comunidades, enfrentar militares, empresas y políticos.
El tipo de lucha donde cada reunión
puede terminar en amenaza.
Su batalla más conocida ocurrió contra el proyecto hidroeléctrico Agua Zarca, impulsado sobre el río Gualcarque, un río sagrado para el pueblo lenca. Para las empresas era energía y dinero. Para los lencas, el río era memoria, espíritu y vida. Ahí chocaron dos religiones modernas: la del capital y la de la tierra.
Berta denunció que las comunidades no habían sido consultadas y organizó una resistencia que logró detener temporalmente el proyecto y hacer que inversionistas internacionales se retiraran.
Aquello la volvió famosa… y
marcada.
En América Latina, a veces ganar una lucha ambiental es como
ganar una partida de ajedrez contra alguien que además tiene sicarios.
Recibió amenazas constantes.
La seguían.
La vigilaban.
Hubo campañas de
desprestigio.
Aun así continuó hablando.
En 2015 recibió el Goldman
Environmental Prize, considerado uno de los reconocimientos ambientales
más importantes del mundo.
En su discurso dijo algo que quedó resonando
como campana en un valle:
“Despertemos, humanidad, ya no hay tiempo.”
“Despertemos, humanidad, ya no hay tiempo.”
La madrugada del 2 de marzo de 2016, hombres armados entraron en su casa y la asesinaron. Tenía 44 años.
Su
muerte provocó indignación internacional.
Investigaciones posteriores
vincularon a empleados y exmilitares relacionados con la empresa del
proyecto hidroeléctrico.
El caso expuso la violencia contra
ambientalistas en Honduras y en toda América Latina, una región donde
defender árboles puede ser más peligroso que traficar armas.
Pero
Berta no desapareció del todo.
Su nombre empezó a convertirse en
consigna, mural, canción, fuego colectivo.
Hoy es símbolo mundial de la
defensa ambiental y de los pueblos indígenas.
En muchas marchas
latinoamericanas todavía aparece su rostro junto a una frase sencilla y
feroz:
“Berta no murió, se multiplicó.”
Y quizá ahí está lo más inquietante de su historia: quienes quisieron silenciarla terminaron convirtiéndola en eco.
“Berta no murió, se multiplicó.”
Y quizá ahí está lo más inquietante de su historia: quienes quisieron silenciarla terminaron convirtiéndola en eco.

No hay comentarios:
Publicar un comentario