No deja de ser una rima interesante que la palabra «hide» —con «i»— signifique «esconder». Entonces, si «hidden» es «escondido» u «oculto», poco cuesta deducir que Mr. Hyde es la metáfora que Stevenson encontró para nombrar los impulsos destructivos que, secretamente, recorren a todo ser humano: la pulsión de muerte.
También
Mark Twain se sintió perturbado por el tema.
Periodista y escritor,
conocido especialmente por Príncipe y mendigo y Las aventuras de Tom
Sawyer, Twain fue un hombre atormentado. No era para menos. Su hija Susy
falleció a los veinticuatro años de edad producto de una meningitis.
Ocho años después murió su esposa, Olivia. Al poco tiempo, durante una
nochebuena, su hija Jean sufrió un ataque de epilepsia que le produjo la
muerte.
Se entiende que, después de todo eso,
Twain haya renegado del mundo, de la vida y hasta del mismo Dios. Es
probable que ese vacío existencial lo haya llevado a la introspección
más profunda. Así lo escribió en sus diarios:
Hay
dos personas en nuestro interior: el que está despierto y el que aparece
cuando dormimos, que se separa de nosotros y puede vagar por donde
quiera, haciendo lo que no nos atrevemos a hacer despiertos. Los actos y
las palabras de una persona son sólo una ínfima parte de su vida. Su
vida verdadera se da en su cabeza y ni siquiera esa persona la conoce.
Todos los días, durante todo el día, el molino de su mente muele y
tritura esa masa que bulle sin descanso mientras duerme.
Una manera precisa de sugerir la existencia del Inconsciente. Pero hay un detalle mucho más escalofriante.
Twain había nacido en 1835, durante una de las visitas del famoso cometa Halley.
Al respecto, dijo:
Vine
al mundo con el cometa Halley, en 1835. Vuelve de nuevo el próximo año,
y espero marcharme con él. Será la mayor desilusión de mi vida si no me
voy con el cometa Halley. El todopoderoso ha dicho, sin duda: «Ahora
están aquí estos dos fenómenos inexplicables; vinieron juntos, juntos
deben partir». ¡Ah! Lo espero con impaciencia.
Mark
Twain murió cuando tenía setenta años, a las seis de la tarde del 21 de
abril de 1910, un día antes de que el cometa Halley tocara en su
recorrido el punto más cercano a la tierra.
De esa manera brutal actúa la pulsión de muerte.
Gabriel Rolon
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