Lo que hace Sergio Pitol en ese fragmento es algo muy fino: está separando dos territorios que solemos confundir —la memoria y el sueño— para mostrar que, aunque comparten una lógica “oblicua y rebelde”, en el fondo operan con intenciones distintas.
Primero, esa idea de que la memoria no es lineal ni objetiva. No funciona como archivo, sino como un narrador caprichoso. “Hurga en los pozos ocultos”: es decir, selecciona, deforma, reinterpreta. Igual que los sueños, no sigue la lógica racional, sino asociaciones, emociones, símbolos. Aquí hay un eco claro de Sigmund Freud: lo reprimido, lo latente, lo que no está a simple vista, sigue actuando.
Pero luego viene el giro clave:
la diferencia no está en el mecanismo, sino en el tono.
Los sueños muchas veces producen inquietud, absurdo, incluso terror. Son terrenos donde lo reprimido puede aparecer sin filtro. En cambio, la memoria —dice Pitol— tiende a ser placentera.
¿Por qué?
Porque la memoria está, en cierto modo, “editada por el yo”.
Tú decides (aunque no del todo conscientemente) desde dónde recordar. Y ahí entra la nostalgia: una especie de filtro emocional que suaviza, embellece, incluso falsifica.
La nostalgia no es inocente.
Es una forma de reinterpretación afectiva del pasado. Convierte lo vivido en algo soportable, incluso deseable. Por eso dice que “sólo por excepción produce monstruos”: la memoria suele protegernos más de lo que nos hiere.
Si lo piensas, es casi un mecanismo de supervivencia psicológica. Sin ese sesgo, viviríamos aplastados por el peso real de lo que fue.
Ahora, llevándolo a algo más existencial:
Pitol está insinuando que no recordamos lo que pasó, sino lo que podemos soportar recordar.
Y eso tiene implicaciones fuertes:
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Tu identidad no está hecha de hechos, sino de versiones.
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Tu pasado no es fijo: cambia contigo.
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La nostalgia puede ser una forma elegante de autoengaño… pero también de consuelo.
Hay algo bonito y peligroso ahí.
Bonito, porque nos permite reconciliarnos con la vida.
Peligroso, porque puede alejarnos de la verdad.
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