Sorprendentemente, los hay que afirman no pensar nunca seriamente en su propia mortalidad.
¿Qué podemos pensar de ellos los filósofos, los existencialistas y las almas melancólicas?
¿Están mintiendo, o son increíblemente obtusos?
Si de verdad no piensan nunca seriamente en su propia muerte, desde luego tienen mucha suerte, ya que están exentos del peso de la morbosidad que recae en cualquier persona promedio.
Quizá sean sabios.
Han aprendido rápidamente a estar demasiado ocupados viviendo como para afligirse siquiera un segundo por su mortalidad. Al fin y al cabo, no pueden hacer nada con respecto a su mortalidad más que buscar formas inciertas de posponer lo inevitable. Así que, ¿por qué hablar de ello, pensar en ello y preocuparse por ello? ¿Por qué no disfrutar de un poco de saludable mala fe y descartar el tema de inmediato, por considerarlo ridículo e impropio, cuando amenace con asomar esa cabeza tan fea?
Nietzsche, un gran pensador que sin duda hizo más de lo que le correspondía en su reflexión sobre la muerte y el acto de morir, se asombra al ver cómo la mayoría de las personas no están dispuestas a pensar en la muerte. Cómo, en cambio, se lanzan a la vida como si fuesen inmortales, como si todos sus pequeños planes y proyectos significasen algo en el gran diseño de la vida.
Él ve esta sed de vida como una especie de embriaguez, una locura. Pero se trata de una locura saludable; una tontería beneficiosa que él admira y se complace en observar, aunque es incapaz de disfrutar plenamente de ella.
Como escribe en La gaya ciencia:
El pensamiento de la muerte. —Vivir en medio de este laberinto de callejuelas, de necesidades, de voces me suscita una felicidad melancólica: ¡cuánto gozo, impaciencia, deseo, cuánta vida sedienta y cuánta embriaguez de vida sale a la luz allí en cada instante! ¡Y sin embargo, para todos estos seres ruidosos, vivaces, sedientos de vida habrá pronto un silencio tal! ¡Cómo detrás de cada uno está su sombra, su oscura compañera de viaje! Se está siempre como en el instante último antes de la partida de un barco de inmigrantes: hay más cosas que decirse que nunca, la hora apremia, el océano y su desolado silencio espera impaciente detrás de todo el ruido — tan ansioso, tan seguro de su presa. Y todos, todos opinan que lo ocurrido hasta ahora es nada, o poca cosa, que el futuro próximo es todo: ¡y de ahí esa prisa, ese griterío, ese ensordecerse, ese engañarse! Todo el mundo quiere ser el primero en ese futuro, — ¡y sin embargo la muerte y el silencio mortal son en ese futuro lo único seguro y lo único común a todos! ¡Qué extraño que esta seguridad y comunidad única no tenga casi ningún poder sobre los hombres y que éstos se sientan por completo alejados de sentirse como una confraternidad de la muerte! ¡Me hace feliz ver que los hombres no quieren pensar de ningún modo el pensamiento de la muerte! (La gaya ciencia, § 278, pág. 211-212)
La postura general de los existencialistas con respecto a la muerte y, por ende, con respecto a la vida es que, para ser auténtica, una persona debe ser claramente consciente de la dura e ineludible verdad existencial de su mortalidad; debe ser consciente de que su vida es un proyecto finito.
Esta consciencia debería incitarla inexorablemente hacia una acción positiva, decisiva y valiente, en lugar de hundirla en un miedo a la muerte paralizador que se convierta en un miedo a la vida y en una incapacidad de vivirla al máximo.
Gary Cox
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