viernes, 22 de mayo de 2026

 "El algoritmo no distingue, empuja hacia la homogeneidad y al todo es lo mismo. Creemos que somos sujetos activos, pero ya hemos advertido que somos más bien objetos de eso. No somos consumidores, ni usuarios de redes, somos los consumidos y los usados. 

 Alexandra Kohan Psicoanalista y docente.


Lo que dice Alexandra Kohan no es una crítica tecnológica superficial; es una crítica ontológica. Está señalando algo más profundo: la inversión del sujeto.

Vivimos convencidos de que elegimos. Elegimos qué ver, qué comprar, qué pensar, a quién seguir. Pero el algoritmo —esa estructura invisible que ordena lo que aparece en nuestra pantalla— no está diseñado para amplificar nuestra singularidad, sino para predecirla, moldearla y explotarla.

El algoritmo no distingue…
porque su lógica no es ética ni simbólica: es estadística.


1. La ilusión del sujeto libre

Kohan apunta a una fantasía moderna: creemos que somos sujetos activos. Pero ¿activos en qué?

El sujeto, en el sentido psicoanalítico, es alguien atravesado por deseo, por falta, por conflicto. No es una suma de preferencias medibles.

El algoritmo, en cambio, traduce el deseo en patrón.
Y cuando el deseo se convierte en patrón, deja de ser deseo: se vuelve consumo predecible.

Aquí se cumple algo que ya advertía Herbert Marcuse en El hombre unidimensional: el sistema absorbe incluso la rebeldía y la convierte en mercancía. La diferencia es integrada como estilo.

Crees que eres único.
Pero eres una categoría optimizada.


2. La homogeneidad disfrazada de diversidad

El algoritmo parece mostrarnos infinitas opciones. Pero en realidad funciona por repetición y refuerzo.

  • Si miras un video crítico → te muestra más de lo mismo.

  • Si te indignas → te muestra más indignación.

  • Si compras algo → te sugiere lo que otros similares compraron.

Se crea una burbuja donde el mundo se estrecha, aunque parezca expandirse.

Aquí resuena Theodor Adorno y su crítica a la industria cultural: productos aparentemente distintos que, en el fondo, repiten la misma estructura. Diferencias superficiales sobre una base idéntica.

El algoritmo no quiere singularidades profundas.
Quiere regularidades rentables.


3. “No somos consumidores… somos consumidos”

Esta es la frase más brutal.

El modelo económico digital no vende productos.
Vende atención.

Y la atención no es algo neutro: es tiempo de vida.

Cuando Kohan dice que somos los consumidos, está señalando que:

  • Nuestra atención es el recurso.

  • Nuestro comportamiento es el producto.

  • Nuestros datos son la mercancía.

Aquí podríamos invocar a Shoshana Zuboff y su concepto de “capitalismo de la vigilancia”: no solo se registra lo que hacemos; se modela lo que haremos.

No es solo que te muestren cosas.
Es que entrenan tu conducta.


4. ¿Qué se pierde?

Se pierde el tiempo muerto.
Se pierde el aburrimiento fértil.
Se pierde el silencio.

Leer es una resistencia al algoritmo porque:

  • exige concentración prolongada,

  • no depende del scroll,

  • no está optimizado para retenerte con microestimulación.

El algoritmo trabaja con impulsos rápidos.
La lectura trabaja con profundidad.

Y profundidad no monetiza tan bien como la compulsión.


5. ¿Hay salida?

No es cuestión de abandonar la tecnología. Eso sería ingenuo.
Es cuestión de recuperar la conciencia de que hay un dispositivo operando.

Un sujeto no es quien elige entre opciones preconfiguradas.
Un sujeto es quien puede interrumpir.

Cerrar la app.
No responder.
No opinar.
No consumir lo que te empuja.

Ahí aparece algo subversivo: el intervalo.

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