miércoles, 20 de mayo de 2026

 Morir no es una injusticia.

Es una ley antigua.
La misma que dobla los árboles, apaga los imperios y enfría las estrellas.
Nosotros no fuimos expulsados de ella: nacimos dentro de ella.

Los filósofos lo supieron desde hace siglos.
Los estoicos decían que tememos a la muerte porque olvidamos que cada día ya estamos dejando algo atrás.
Heráclito miró el río y entendió que nada permanece.
Epicuro sonrió con una serenidad casi insolente: “Mientras nosotros estamos, la muerte no está; y cuando la muerte llega, nosotros ya no estamos”.

Así que descansa.
No estás siendo castigado.
Sólo estás entrando en el mismo silencio del que vinieron los mares, los animales y las generaciones olvidadas.
El dolor parece enorme ahora, pero incluso el dolor tiene límites.
El cuerpo se rinde antes que el sufrimiento.
La naturaleza, cruel a veces, también sabe ser misericordiosa.
Piensa en todo lo que ya atravesaste.
Las noches que parecían eternas y terminaron amaneciendo.

Las personas que creías imposibles de perder y aun así sobreviviste a su ausencia.
La vida te entrenó sin decirte para qué.
Tal vez era para este instante.
No te aferres desesperadamente a los recuerdos.
Son hermosos precisamente porque no pueden quedarse.

La memoria es un jardín de humo: por un momento florece y luego el viento la reclama.
Y sin embargo… qué privilegio extraño haber existido.
Haber visto una tarde caer sobre una ventana.
Haber sentido el cansancio después de un día largo.
Haber amado algo, aunque fuera por poco tiempo.

Marco Aurelio escribió que pronto todos seremos nombres olvidados.
Pero no lo decía con tristeza, sino con alivio.
Porque si todo desaparece, entonces también desaparecen el miedo, la culpa, la vergüenza y el dolor.
Tal vez la paz no sea ganar una batalla contra la muerte.
Tal vez la paz sea dejar de verla como enemiga.
Respira una vez más.

Mira cómo el mundo sigue respirando contigo.
El universo no te está arrancando de sí mismo.
Te está devolviendo lentamente a su materia:
al polvo,
a la noche,
al gran océano sin nombre donde ya no duele nada.
 

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