La vida es un lugar muy difícil y tendemos a idealizar las cosas: el amor, la amistad, la vida misma. No idealicemos también la felicidad. Si tenemos una opción de ser felices, nunca será sin un poco de tristeza, sin un poco de ausencia, sin un poco de dolor, sin algo de soledad y sin faltas. Si alguna felicidad es posible, tenemos que aceptar que será una felicidad imperfecta.
Gabriel Rolón
La
frase de Gabriel Rolón desmonta una fantasía moderna: la idea de que la
felicidad auténtica debería sentirse limpia, completa, permanente y sin
grietas.
Rolón entra con bisturí, no con perfume.
Dice: cuidado con
convertir la felicidad en otro producto idealizado, porque entonces
terminamos odiando la vida real por no parecerse al anuncio publicitario
de la vida.
Hay una idea central muy poderosa: la tristeza no es lo contrario de la felicidad; es parte de su textura.
El amor trae miedo a perder.
La amistad trae decepciones.
La vida trae duelo porque todo cambia.
Y aun así, seguimos buscando momentos luminosos.
Eso es profundamente humano.
La
frase también tiene un eco muy cercano al psicoanálisis de Sigmund
Freud y de Jacques Lacan: el sujeto está estructurado por la falta.
Nunca estamos “completos”. Siempre hay algo ausente, algo deseado, algo
que no termina de encajar.
El problema aparece cuando creemos que la
felicidad debería borrar esa falta. Ahí comienza la neurosis
contemporánea: gente frustrada no porque viva mal, sino porque esperaba
vivir sin vacío.
La cultura actual vende una felicidad quirúrgicamente editada:
cuerpos sin imperfecciones,
relaciones sin conflicto,
éxito sin angustia,
autoestima sin dudas.
Pero
una existencia así sería más parecida a un maniquí que a un ser humano.
La tristeza, la nostalgia y la soledad no son errores del sistema; son
el precio de estar vivos. Como la lluvia en el trópico: incómoda, sí,
pero también la razón de que todo florezca.
Rolón propone una madurez emocional difícil pero liberadora:
dejar de exigirle perfección a la vida para poder habitarla.
Porque quien espera felicidad absoluta vive decepcionado.
Quien acepta la imperfección descubre momentos reales de alegría.
Y ahí está la paradoja hermosa:
la felicidad más sincera no suele aparecer cuando todo está resuelto, sino cuando, aun con heridas, alguien puede decir:
“Sí… la vida pesa. Pero todavía vale la pena.”
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