domingo, 17 de mayo de 2026

 La vida es un lugar muy difícil y tendemos a idealizar las cosas: el amor, la amistad, la vida misma. No idealicemos también la felicidad. Si tenemos una opción de ser felices, nunca será sin un poco de tristeza, sin un poco de ausencia, sin un poco de dolor, sin algo de soledad y sin faltas. Si alguna felicidad es posible, tenemos que aceptar que será una felicidad imperfecta.

Gabriel Rolón

La frase de Gabriel Rolón desmonta una fantasía moderna: la idea de que la felicidad auténtica debería sentirse limpia, completa, permanente y sin grietas. 
Rolón entra con bisturí, no con perfume. 
Dice: cuidado con convertir la felicidad en otro producto idealizado, porque entonces terminamos odiando la vida real por no parecerse al anuncio publicitario de la vida.

Hay una idea central muy poderosa: la tristeza no es lo contrario de la felicidad; es parte de su textura.
El amor trae miedo a perder.
La amistad trae decepciones.
La vida trae duelo porque todo cambia.
Y aun así, seguimos buscando momentos luminosos.
Eso es profundamente humano.

La frase también tiene un eco muy cercano al psicoanálisis de Sigmund Freud y de Jacques Lacan: el sujeto está estructurado por la falta. Nunca estamos “completos”. Siempre hay algo ausente, algo deseado, algo que no termina de encajar. 
El problema aparece cuando creemos que la felicidad debería borrar esa falta. Ahí comienza la neurosis contemporánea: gente frustrada no porque viva mal, sino porque esperaba vivir sin vacío.

La cultura actual vende una felicidad quirúrgicamente editada:

cuerpos sin imperfecciones,
relaciones sin conflicto,
éxito sin angustia,
autoestima sin dudas.

Pero una existencia así sería más parecida a un maniquí que a un ser humano. 
La tristeza, la nostalgia y la soledad no son errores del sistema; son el precio de estar vivos. Como la lluvia en el trópico: incómoda, sí, pero también la razón de que todo florezca.

Rolón propone una madurez emocional difícil pero liberadora:
dejar de exigirle perfección a la vida para poder habitarla.
Porque quien espera felicidad absoluta vive decepcionado.
Quien acepta la imperfección descubre momentos reales de alegría.

Y ahí está la paradoja hermosa:
la felicidad más sincera no suele aparecer cuando todo está resuelto, sino cuando, aun con heridas, alguien puede decir:
“Sí… la vida pesa. Pero todavía vale la pena.”

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