No sabes lo que me he superado, desde que comence el curso, levanté a tal punto mi autoestima que ya no me importa lo que piensen de mi los no enterados de mi existencia.
Monsiváis
La frase atribuida a Carlos Monsiváis tiene ese filo irónico tan suyo: parece una confesión de superación personal… pero en realidad es una crítica elegante al ego disfrazado de autoestima.
Si la desmenuzamos:
Primero, “no sabes lo que me he superado” suena a logro genuino. Hay una narrativa clásica de crecimiento: alguien trabaja en sí mismo, se fortalece, se eleva.
Pero enseguida viene el giro:
“levanté a tal punto mi autoestima que ya no me importa lo que piensen de mí los no enterados de mi existencia”.
Aquí está el truco.
Porque, en apariencia, dice: ya no me importa la opinión de los demás. Eso suele verse como madurez emocional. Pero Monsiváis mete una trampa lógica y moral:
¿cómo puede importarte la opinión de alguien que ni siquiera sabe que existes?
Es absurdo. Y justo ahí está la crítica.
Lo que realmente está señalando es una forma de autoestima inflada, casi narcisista, donde el sujeto se coloca en el centro del mundo y presupone que hay “otros” que deberían estar opinando sobre él… aunque en realidad no lo hagan. Es una burla a esa idea contemporánea de “superación” que en el fondo sigue siendo dependencia del reconocimiento ajeno, solo que maquillada.
En otras palabras:
no es que haya dejado de importarle la opinión de los demás… es que se inventa un público para poder ignorarlo.
Hay también una crítica social más amplia, muy en la línea de Monsiváis: vivimos en una cultura donde el yo se sobredimensiona. Cada quien se siente protagonista de una historia épica personal, cuando en realidad, para la mayoría de la gente, somos irrelevantes. Y eso no es tragedia, es simplemente la condición humana.
Si lo llevamos a algo más práctico la verdadera autoestima no necesita despreciar a nadie —ni siquiera en abstracto—. Más bien, acepta con calma algo mucho más incómodo pero más real:
la mayoría de la gente no está pensando en ti en absoluto.
Y curiosamente, eso libera más que cualquier discurso inflado.
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