The Lord of the Rings no es solo una historia sobre hobbits caminando hacia una montaña con pésimas condiciones inmobiliarias.
Es una elegía sobre el desgaste del mundo, sobre el poder que corrompe incluso a quienes creen poder domesticarlo, y sobre la nostalgia de algo que ya está muriendo mientras aún respira.
J. R. R. Tolkien escribió una epopeya
donde el mal no entra siempre con tambores y fuego. A veces llega como
un susurro: un anillo pequeño, hermoso, práctico. El mal en Tolkien
seduce antes de destruir. El Anillo promete eficacia absoluta: dominar,
ordenar, vencer. Y ahí está la trampa. Quien desea usarlo “para el bien”
termina devorado por él. Como si Tolkien dijera: cuidado con cualquier
poder que te haga creer que tú eres la excepción moral.
Frodo no es
un héroe clásico.
No conquista; soporta.
Su grandeza está en cargar algo
que lo rompe lentamente.
Es una visión profundamente humana del
heroísmo: hay batallas que no te dejan victorioso sino apenas vivo.
Sam,
en cambio, es el corazón secreto del libro.
No tiene ambiciones épicas;
ama la tierra, la comida, la amistad.
Y sin embargo es él quien
mantiene al mundo unido cuando los grandes flaquean.
Tolkien parece
susurrar que la civilización no se sostiene por los poderosos sino por
gente humilde que sigue cocinando sopa mientras el cielo arde.
Gollum
es quizá la criatura más trágica de toda la obra. No nació monstruo;
fue erosionado. El Anillo le limó el alma durante siglos. Y aquí Tolkien
es despiadadamente lúcido: el mal absoluto rara vez aparece de golpe;
suele ser una larga costumbre. Un hombre no cae: se acostumbra a caer.
También
está la melancolía.
Todo en la novela huele a despedida. Los elfos
parten, la magia disminuye, los viejos reinos se extinguen. La Tierra
Media está perdiendo el encanto antiguo y entrando en la era de los
hombres: más práctica, más gris. Tolkien, que vivió las heridas de la
industrialización y la guerra moderna, deja flotando una tristeza
profunda: el progreso puede salvar cuerpos mientras asesina paisajes del
alma.
Y luego está la Comarca.
Ese lugar sencillo de jardines,
cerveza y humo de pipa. No es casual que el viaje termine allí. Después
de ver horrores, Frodo descubre algo terrible: uno nunca regresa
intacto. La guerra acaba, pero queda dentro. El héroe vuelve a casa y
encuentra que ya no puede habitar plenamente el mundo que salvó. Hay
algo brutalmente verdadero en eso.
En el fondo, The Lord of the Rings
pregunta algo muy antiguo: ¿cómo seguir siendo bueno en un mundo
seducido por la dominación? Y responde con una extraña ternura: amistad,
sacrificio, humildad, misericordia. No la gloria. No la fuerza.
Como
si Tolkien hubiera enterrado en sus páginas una certeza amarga y
luminosa: el mundo quizá no sea salvado por los invencibles, sino por
los pequeños que siguen caminando, aun cuando cada paso les pesa como
una piedra mojada en el corazón.

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