domingo, 10 de mayo de 2026


 Para Bécquer, la soledad no era simplemente aislamiento físico. Era un territorio mental. Un castillo en ruinas iluminado por velas temblorosas. 
Ahí la conciencia gobierna sin distracciones: recuerdos, culpa, deseo, nostalgia, miedo, fantasmas del pasado… todos hacen fila para hablar. 
La conciencia, en compañía, suele susurrar; en soledad, dicta sentencias.

Hay una intuición psicológica muy moderna en esa frase. El ser humano vive rodeado de ruido para no escucharse demasiado. Conversaciones, trabajo, pantallas, rituales sociales: pequeñas barricadas contra el diálogo interior. Pero la soledad derrumba esas defensas. Entonces uno descubre algo incómodo: no siempre somos transparentes para nosotros mismos. Somos un laberinto que se cree mapa.

Bécquer entendía algo que hoy seguimos esquivando con notificaciones infinitas: quien no soporta estar solo, probablemente tampoco ha aprendido a habitarse. Y la conciencia, cuando por fin obtiene el trono, cobra todos los impuestos atrasados del alma. 

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Archivo del blog

Buscar este blog