Para Bécquer, la soledad no era simplemente aislamiento físico. Era un territorio mental. Un castillo en ruinas iluminado por velas temblorosas.
Ahí la conciencia gobierna sin distracciones: recuerdos, culpa, deseo, nostalgia, miedo, fantasmas del pasado… todos hacen fila para hablar.
La conciencia, en compañía, suele susurrar; en soledad, dicta sentencias.
Hay una intuición psicológica muy moderna en esa frase. El ser humano vive rodeado de ruido para no escucharse demasiado. Conversaciones, trabajo, pantallas, rituales sociales: pequeñas barricadas contra el diálogo interior. Pero la soledad derrumba esas defensas. Entonces uno descubre algo incómodo: no siempre somos transparentes para nosotros mismos. Somos un laberinto que se cree mapa.
Bécquer entendía algo que hoy seguimos esquivando con notificaciones infinitas: quien no soporta estar solo, probablemente tampoco ha aprendido a habitarse. Y la conciencia, cuando por fin obtiene el trono, cobra todos los impuestos atrasados del alma.

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