El otoño se apodera poco a poco del follaje;
el discreto sol de septiembre tiñe de amarillo
los álamos. Detrás, veo el olmo aún verde,
el brazo rosado del camino, la sutil curva de los prados.
A lo lejos reposa el velo azul de la niebla
que descenderá esta tarde
como una telaraña.
Una brisa ligera se levanta, revelando el rostro plateado
de las hojas que brillan por un instante
como una bandada de teros. Por un instante
la belleza pasa y es suficiente.
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