lunes, 11 de mayo de 2026

 Uno de mis estudios favoritos es aquel en el que Keltner y Piff decidieron trucar un juego de Monopoly. Los psicólogos lo amañaron de tal manera que desde el principio un jugador tuviera enormes ventajas sobre el otro. Realizaron el estudio con más de cien parejas de sujetos, y con todos ellos se lanzó una moneda al aire para decidir quién sería el «rico» y quién el «pobre». 

El jugador «rico» elegido al azar empezaba la partida con el doble de dinero que el pobre, recogía el doble cada vez que daban una vuelta al tablero y en lugar de un dado tiraba dos. A ningún jugador se le ocultaban todas estas ventajas, ambos eran conscientes de lo injusta que era la situación. Aun así, los jugadores «ganadores» mostraban los síntomas reveladores del síndrome del rico imbécil. Eran mucho más propensos a exhibir conductas dominantes, como golpear el tablero con su ficha, celebrar a voz en grito su destreza superior e incluso comer más pretzels de un cuenco que había cerca. Pasados quince minutos, los investigadores pedían a los participantes que hablaran de su experiencia con aquel juego. 

Cuando los jugadores ricos hablaban de por qué habían ganado, se centraban en sus brillantes estrategias en lugar de reconocer que toda la partida estaba amañada de modo que fuera casi imposible que ellos perdieran. «Lo que hemos ido encontrando en decenas de estudios con miles de participantes en todo el país —explicaba Piff— es que a medida que una persona aumenta su nivel de riqueza, disminuye su capacidad para la compasión y la empatía, al tiempo que se produce un aumento de los sentimientos de derecho y de merecimiento, así como de la ideología del interés propio». Como es lógico, se dan excepciones a estas tendencias.

 Algunas personas ricas saben moverse con sabiduría por las corrientes difíciles que genera su buena fortuna sin sucumbir al síndrome del rico imbécil, pero son las menos, y suelen provenir de ambientes humildes. 

 Tal vez una comprensión de los efectos debilitadores de la riqueza explique por qué alguien que ha amasado una enorme fortuna jura y perjura que no está dispuesto a ceder su riqueza a sus hijos.

 Varios multimillonarios, entre ellos Chuck Feeney, Bill Gates y Warren Buffett, se han comprometido a donar todo o la mayor parte de su dinero antes de morir. Buffett ha dicho que su intención es dejar a sus hijos lo «suficiente para hacer cualquier cosa, pero no lo suficiente para no hacer nada». Entre los que se sitúan en la parte más baja del tótem millonario encontramos el mismo deseo. Según un artículo publicado en CNBC.com, Craig Wolfe, el propietario de CelebriDucks, el mayor fabricante de patos de goma coleccionables del mundo, tiene la intención de donar sus millones a organizaciones benéficas, lo que resulta asombroso (aunque no tanto como que alguien haya ganado millones de dólares vendiendo patos de goma coleccionables).

¿Conocéis a alguien que sufra el síndrome del rico imbécil? 

Es posible que exista una cura para ellos. Robb Willer, un investigador de la Universidad de California en Berkeley, y su equipo realizaron un estudio en el que los participantes recibían dinero en efectivo y se les indicaba que jugaran a juegos de diversa complejidad que resultarían beneficiosos para «el bien público». Los participantes que demostraban mayor generosidad se beneficiaron de un mayor respeto y cooperación entre sus homólogos y gozaron de mayor influencia social.

 «Los hallazgos revelan que cualquiera que actúe exclusivamente en interés propio será rechazado, no respetado e incluso odiado —afirmaba Willer—. Pero aquellos que actúan generosamente con otros son tenidos en alta consideración por sus iguales y, por tanto, su estatus aumenta».

Christopher Ryan 

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