Conrad no está diciendo simplemente que estamos físicamente aislados. Habla de una soledad estructural, casi metafísica: nadie puede entrar del todo en la conciencia de otro ser humano. Podemos amar, hablar, tocar, escribir poemas, fundar imperios o mandar mensajes a las tres de la mañana… pero la experiencia interior sigue siendo privada. Cada mente es una isla con aduanas imposibles.
Y ahí está lo brillante: compara la vida con el sueño.
Conrad parece susurrar algo duro pero lúcido: nacemos solos en nuestra
conciencia y morimos ahí. Entre ambos extremos, intentamos tender
puentes con palabras, arte, amor, humor, sexo, religión, política.
Algunos puentes duran segundos; otros, una vida entera. Ninguno elimina
el océano. Pero a veces basta con escuchar otra voz en la niebla para
seguir navegando.

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