miércoles, 12 de febrero de 2025

 La palabra humanismo puede tener muchos significados, pero para nosotros significa creencia en el progreso. Creer en el progreso es creer que si usamos los nuevos poderes que nos ha dado el creciente Conocimiento científico los seres humanos nos podremos liberar de los límites que circunscriben las vidas de otros animales. Esa es la esperanza de prácticamente todo el mundo en la actualidad; sin embargo, carece de fundamento. Y es que, si bien es muy probable que el saber humano continúe creciendo (y con él, el poder humano), el animal humano seguirá siendo el mismo: una especie con una gran inventiva que es también una de las más depredadoras y destructivas.

Darwin mostró que los seres humanos son como cualquier otro animal; los humanistas afirman que no. Los humanistas insisten en que si usamos nuestros conocimientos, podemos controlar nuestro entorno y prosperar como nunca antes.
Mediante tal aseveración, renuevan una de las promesas más dudosas del cristianismo: la de que la salvación está abierta a todos. La creencia humanista en el progreso no es más que una versión secular de ese artículo de fe cristiano.
En el mundo que nos mostró Darwin, no hay nada a lo que podamos llamar progreso. Sin embargo, para cualquier persona formada en las esperanzas humanistas eso resulta intolerable. Como consecuencia, las enseñanzas de Darwin han sido subvertidas y ha vuelto a cobrar vida el error esencial del cristianismo: considerar a los seres humanos diferentes al resto de animales.

John Gray


 

martes, 11 de febrero de 2025

  Yo era el más desvalido de la cofradía, y muchas veces me refugié en el café Roma para escribir hasta el amanecer en un rincón apartado, pues los dos empleos juntos tenían la virtud paradójica de ser importantes y mal pagados. Allí me sorprendía el amanecer, leyendo sin piedad, y cuando me acosaba el hambre me tomaba un chocolate grueso con un sanduiche de buen jamón español y paseaba con las primeras luces del alba bajo los matarratones floridos del paseo Bolívar. Las primeras semanas había escrito hasta muy tarde en la redacción del periódico, y dormido unas horas en la sala desierta de la redacción o sobre los rodillos del papel de imprenta, pero con el tiempo me vi forzado a buscar un sitio menos original.


    La solución, como tantas otras del futuro, me la dieron los alegres taxistas del paseo Bolívar, en un hotel de paso a una cuadra de la catedral, donde se dormía solo o acompañado por un peso y medio. El edificio era muy antiguo pero bien mantenido, a costa de las putitas de solemnidad que merodeaban por el paseo Bolívar desde las seis de la tarde al acecho de amores extraviados. El portero se llamaba Lácides. Tenía un ojo de vidrio con el eje torcido y tartamudeaba por timidez, y todavía lo recuerdo con una inmensa gratitud desde la primera noche en que llegué. Echó el peso con cincuenta centavos en la gaveta del mostrador, llena ya con los billetes sueltos y arrugados de la prima noche, y me dio la llave del cuarto número seis.

    Nunca había estado en un lugar tan tranquilo. Lo más que se oía eran los pasos apagados, un murmullo incomprensible y muy de vez en cuando el crujido angustioso de resortes oxidados. Pero ni un susurro, ni un suspiro: nada. Lo único difícil era el calor de horno por la ventana clausurada con crucetas de madera. Sin embargo, desde la primera noche leí muy bien a William Irish, casi hasta el amanecer.

    Había sido una mansión de antiguos navieros, con columnas enchapadas de alabastro y frisos de oropeles, alrededor de un patio interior cubierto por un vitral pagano que irradiaba un resplandor de invernadero. En la planta baja estaban las notarías de la ciudad. En cada uno de los tres pisos de la casa original había seis grandes aposentos de mármol, convertidos en cubículos de cartón -iguales al mío- donde hacían su cosecha las nocherniegas del sector. Aquel desnucadero feliz había tenido alguna vez el nombre de hotel Nueva York, y Alfonso Fuenmayor lo llamó más tarde el Rascacielos, en memoria de los suicidas que por aquellos años se tiraban desde las azoteas del Empire State.
García Márquez


 

 "Ten cuidado con tus sueños; son la sirena de las almas. Ellas cantan, nos llaman, las seguimos y jamás retornamos".

Gustave Flaubert


 

lunes, 10 de febrero de 2025



 

A finales de la década de 1850, el joven Mark Twain y su hermano Henry trabajaban juntos en los barcos que entonces surcaban el Mississippi entre San Luis y Nueva Orleáns. Una noche, estando en casa de su hermana en San Luis, Twain tuvo un sueño de una viveza desusada, en el que vio el cadáver de su hermano dentro de un ataúd de metal en el salón de su hermana. El ataúd descansaba en dos sillas, y sobre el pecho de Henry habían puesto un ramo con una flor carmesí en el centro. Twain se despertó convencido de que su hermano había muerto y estaba expuesto en aquel salón. Se vistió y pensó hacer una visita al cadáver, pero decidió dar antes un paseo. Salió de la casa y sólo cuando ya había recorrido media cuadra se dio cuenta de que había estado soñando. Entonces regresó y contó el sueño a su hermana. Pocas semanas más tarde, Twain y su hermano coincidieron en Nueva Orleáns, pero tomaron barcos diferentes para volver a San Luis. Henry viajó en el Pennsylvania, cuyas calderas estallaron no lejos de Memphis, causando muchas víctimas. Henry resultó malherido y fue llevado con grandes dolores a Memphis, donde murió pocos días más tarde. Aunque la mayoría de las víctimas del accidente fueron enterradas en ataúdes de madera, algunas mujeres de Memphis, compadecidas del joven, reunieron dinero para un ataúd de metal. Así, cuando Mark Twain fue a ver por última vez a su hermano, encontró el cadáver en un ataúd de metal, tal como lo había visto en su sueño. Faltaba el ramo, pero mientras Twain estaba junto al cadáver entró una mujer en la habitación y colocó sobre el pecho de Henry un ramo de flores blancas. En el centro tenía una rosa roja.


 


 

domingo, 9 de febrero de 2025


 

 En una época en que se daba más importancia al conocimiento del alma, a la amplia serie de virtudes y vicios para acceder a la plenitud espiritual, Spinoza, en cambio, muestra que el viaje hacia la libertad y la felicidad se inicia más bien por la exploración en profundidad de nuestros deseos y emociones. Si insiste tanto en esta cuestión –explica– es para liberarnos de una cruel ilusión: la del libre arbitrio. No es que Spinoza rechace cualquier idea de libertad, sino que esta, contrariamente a la conciencia que tenemos de ella, no reside en nuestra voluntad, permanentemente influida por una causa exterior. Sometido a una ley universal de la causalidad (aquí hallamos un concepto fundamental común al budismo y al estoicismo), el hombre no se liberará de su servidumbre interior más que con ayuda de la razón, tras una larga labor de autoconocimiento, para evitar verse impulsado inconscientemente por sus afectos y unas ideas inadecuadas. El hombre no nace libre, se hace: la Ética pretende dotarlo de un método para acceder a esa libertad jubilosa que Spinoza considera como una auténtica salvación, una liberación: «Llamo servidumbre a la impotencia del hombre en gobernar y reducir sus afectos; sometido a estos, el hombre no depende de sí mismo sino de la fortuna, cuyo poder sobre él es tal que a menudo está obligado, viendo lo mejor, a hacer lo peor»

Frederic Lenoir

 


 Para entonces yo había leído todo lo que pude encontrar de la generación perdida, en español, con un cuidado especial para Faulkner, al que rastreaba con un sigilo sangriento de cuchilla de afeitar, por mi raro temor de que a la larga no fuera más que un retórico astuto. Después de decirlo me estremeció el pudor de que pareciera una provocación, y traté de matizarlo, pero don Ramón no me dio tiempo.


    –No se preocupe, Gabito -me contestó impasible-. Si Faulkner estuviera en Barranquilla estaría en esta mesa.

    Por otra parte, le llamaba la atención que Ramón Gómez de la Serna me interesara tanto que lo citaba en ‹La Jirafa» a la par de otros novelistas indudables. Le aclaré que no lo hacía por sus novelas, pues aparte de El chalet de las rosas , que me había gustado mucho, lo que me interesaba de él era la audacia de su ingenio y su talento verbal, pero sólo como gimnasia rítmica para aprender a escribir. En ese sentido, no recuerdo un género más inteligente que sus famosas greguerías. Don Ramón me interrumpió con su sonrisa mordaz:

    –"El peligro para usted es que sin darse cuenta aprenda también a escribir mal.

    Sin embargo, antes de cerrar el tema reconoció que en medio de su desorden fosforescente, Gómez de la Serna era un buen poeta. Así eran sus réplicas, inmediatas y sabias, y apenas si me alcanzaban los nervios para asimilarlas, ofuscado por el temor de que alguien interrumpiera aquella ocasión única. Pero él sabía cómo manejarla. Su mesero habitual le llevó la Coca-Cola de las once y media, y él pareció no darse cuenta, pero se la tomó a sorbos con el pitillo de papel sin interrumpir sus explicaciones. La mayoría de los clientes lo saludaban en voz alta desde la puerta: ‹Cómo está, don Ramón».Y él les contestaba sin mirarlos con un aleteo de su mano de artista.
García Márquez

sábado, 8 de febrero de 2025



 

 La difusión de la alfabetización en Roma fue un proceso de gradual importancia. La existencia de grafitos y el hecho de que el soldado medio supiera escribir cartas a su hogar sugieren que la escritura y la lectura superaban el círculo de senadores y políticos. Con todo, debemos tener cuidado y no exagerar: no había anteojos en Roma, ni anuncios impresos, ni horarios, ni circulación masiva de la Biblia. Se calcula que no más del 5 por 100 de la población de la Atenas clásica sabía leer y escribir, y en la Roma de Augusto la cifra no superaba el 10 por 100. En cualquier caso, para empezar, la alfabetización no suponía entonces la ventaja que hoy nos resulta tan obvia. En la antigüedad mucha gente desarrollaba una memoria prodigiosa y era capaz de recordar sin error materiales de gran extensión, y otra se sentía contenta escuchando sus recitados: el respeto por la memoria estaba profundamente arraigado. verdad «saber de letras» (en el sentido de «conocer libros») de segunda mano. Entre los argumentos en contra de una difusión más amplia de la alfabetización destacan los económicos. En la Roma clásica los rollos se hacían de hojas de papiro pegadas juntas, eran difíciles de manejar y escribir en ellos con pluma y tinta era todavía más difícil, sobre todo a medida que el manuscrito se alargaba. Sin embargo, se producían copias, Cicerón es sólo uno de los que enviaba obras a su amigo Ático, que tenía esclavos permanentes para hacer duplicados. Horacio se refiere a los hermanos Sosii, e insinúa que su negocio como editores-vendedores de libros era rentable, tanto Quintiliano como Marcial mencionan a Trifón y Arecto como editores.[946] Con todo, esto parece dudoso. Según un cálculo, una hoja de papiro en el siglo I d. C. costaba entre treinta y treinta y cinco dólares (de 1989) en Egipto, donde era fabricado, lo que significa que en el extranjero costaría mucho más. El primer libro de epigramas de Marcial, de unos setecientos renglones, se vendía a veinte sestercios (cinco denarios) y su decimotercer volumen (de 276 renglones) a cuatro sestercios (un denario). Para darnos alguna idea de valor, Marcial mismo afirmaba que «es posible conseguir una cena de garbanzos y una mujer por un as cada una». Dado que un as valía un dieciochoavo de un denario, esto significa que, como señala John Barsby, «era posible conseguir cuarenta y cinco cenas de garbanzos más cuarenta y cinco noches de amor por el precio de una copia del libro de epigramas de Marcial. Milagro que vendiera una sola copia»

Peter Watson 


 

 Tenía yo un alumno que me miró un día y me dijo: “Yo tengo un problema. Yo me lo estudio todo, y cuando pienso en otra cosa, se me olvida. Y yo, por ejemplo, dice mi madre, dice mi mamá: ‘¡A cenar salchichas!’, y ya pienso en las salchichas y se me ha olvidado lo que he estudiado”. Así que le dije: “Bueno, verás, vamos a hacer una cosa. Tú te vas a coger una caja. La caja tiene que estar vacía y tiene que tener tapa. Tú, en la caja… Cuando ya te lo sepas muy bien, muy bien, tú se lo dices a la caja. Y lo tapas. Y ya verás como puedes pensar en las patatas fritas y en otra cosa, que ya no se te olvida”. “¿De verdad?”, me dice. Y digo: “De verdad”. Oye, al día siguiente, viene con una caja. Y había que preguntar. Pues yo le pregunté. Y había cosas que fallaban ahí un poco, ¿verdad? Y yo, pues no recuerdo qué era, pero supongamos que pudieran ser, ¿verdad?, las tablas, y decía: “Siete por tres”. Y dice: “¿Siete por tres? ¿Ves, si es que lo puse en la caja”. Y digo: “Espera, espera a ver qué has metido en la caja. Aquí pone 21”. Y dice: “¡Sí, eso era!”. Bueno, poco a poco, con esta ayuda, lo conseguimos. Lo conseguimos y empezó a creer en sí mismo. Porque la caja le ayudó a creer en sí mismo. Pero lo que más le ayudó a creer en sí mismo es que yo creyera en él. Que yo creyera que era verdad que se lo estudiaba y que se le olvidaba cuando pensaba en otras cosas. Cuando pasó los cursos, me miraba, coincidíamos, y me decía: “¿Tú sabes que todavía me imagino una caja en la que, cuando estudio, guardo todo eso y tapo?”.

José Antonio Fernández Bravo


 

viernes, 7 de febrero de 2025

 Los estoicos, he de ser claro al respecto, se enfrentan a un dilema. Si se asocian con otras personas, corren el riesgo de que su serenidad se vea perturbada; si preservan su tranquilidad rehuyendo a otras personas, no cumplirán con su deber social de formar y mantener relaciones. Por lo tanto, la pregunta es la siguiente: ¿ cómo preservar la serenidad a la vez que se interactúa con los demás? Los estoicos pensaron mucho en esta cuestión. En el proceso de elaboración de una respuesta, desarrollaron todo un cuerpo de consejos para relacionarnos con los demás.

 Para empezar, los estoicos recomendaban preparar nuestra interacción con los demás antes de que esta se produjera. Así, Epicteto nos aconseja formar «un cierto carácter y patrón» para nosotros cuando estamos solos. Luego, cuando nos asociemos con otras personas, hemos de ser fieles a lo que somos. [1]

 Como hemos visto, los estoicos piensan que no podemos ser selectivos al cumplir nuestro deber social: a veces tendremos que asociarnos con personas irritantes, equivocadas o maliciosas a fin de trabajar para el interés común. Sin embargo, sí podemos ser selectivos en las relaciones de amistad. Por lo tanto, los estoicos recomiendan evitar trabar amistad con personas cuyos valores han sido corrompidos, por temor a que sus valores nos contaminen. Al contrario, hemos de buscar como amigos a aquellos que comparten nuestros valores ( correctos y estoicos) y, en particular, a aquellos que realizan una mejor tarea que nosotros a la hora de vivir de acuerdo con esos valores. Y mientras disfrutamos de la compañía de estos individuos, debemos trabajar duro para aprender todo lo que podamos de ellos.

 Los vicios, advierte Séneca, son contagiosos: se extienden, rápida e inadvertidamente, desde aquellos que los poseen a aquellos con los que entran en contacto. [2] Epicteto repite este consejo: si pasas tiempo con una persona inmunda, tú también llegarás a ser inmundo. [3] En concreto, si nos asociamos con individuos con deseos malsanos, existe el peligro real de que pronto descubramos deseos similares en nosotros mismos y, en consecuencia, nuestra serenidad se verá perturbada. Por lo tanto, siempre que sea posible, deberíamos evitar asociarnos con personas cuyos valores han sido corrompidos, así como deberíamos evitar, por ejemplo, besar a quien tiene gripe.

 Además de aconsejarnos evitar a las personas con vicios, Séneca añade sortear a la gente quejumbrosa, «siempre melancólica y que se lamenta de todo, que encuentra placer en cada oportunidad para quejarse». Se justifica observando que un compañero «siempre molesto y que se lamenta por todo es un enemigo de la serenidad» [4] ( por su parte, en su famoso diccionario, Samuel Johnson incluye un maravilloso término para estos individuos: un buscapenas es, según explica, «aquel que se esfuerza por encontrar disgustos»).

William Irvine


 

 El particular carácter de los franciscanos procede de su fundador. Francisco era hijo de un rico mercader de telas. Tuvo una infancia sin problemas y era conocido por su gentileza y alegría.[1529] Con él, escribió Dante, «le nació un sol al mundo». Le encantaba la literatura francesa, en especial la poesía lírica, y de hecho «Francesco» («el francés») fue el apodo que recibió por sus gustos literarios. Su conversión (si ésta es la palabra apropiada) ocurrió en dos etapas. Tras ser capturado durante una escaramuza entre la gente de Asís y la de Perusa, Francisco contrajo una fiebre y entonces sus pensamientos se dirigieron a Dios. Más tarde, después de haber sido liberado, se encontró con un leproso en un camino. En aquella época, se temía enormemente a los leprosos, a quienes se exigía llevar campanas y hacerlas sonar cuando se acercara una persona sana. En lugar de mantenerse lejos del enfermo, Francisco lo abrazó. Sin embargo, cuando se volvió para mirarlo, éste se había esfumado y el joven quedó convencido de que había sido Cristo quien se le había presentado para convertir el asco en amor fraterno. Conmovido en extremo por esta experiencia, Francisco empleó la fortuna de su familia para reconstruir una iglesia en ruinas. Sin embargo, su padre lo llevó ante el obispo de Asís, delante del cual y de la multitud allí reunida, el joven dio la espalda a la riqueza familiar y abrazó una vida de pobreza. Una historia que en algunos aspectos nos recuerda a la de Buda.

No todas las conversiones son tan fructíferas, pero el carisma de Francisco es legendario. Aunque todos coinciden en que era un excelente predicador, Francisco pensaba que un líder religioso enseñaba más y mejor a través de su propio ejemplo moral. Gracias a su especial personalidad, incluso el hecho de que predicara a los animales no fue visto como una aberración mental sino como algo digno de ser adorado. Por influencia suya los franciscanos veneraron al Niño Jesús y fue en esta época cuando se introdujo la costumbre de los belenes. Francisco tuvo varias otras experiencias místicas, entre ellas una ocasión en que los pájaros revolotearon cantando a su alrededor y otra en la que recibió los «estigmas», las heridas del Cristo crucificado. Estos distintos episodios hicieron que Francisco fuera canonizado dos años después de su muerte, una verdadera marca mundial. El principal logro de los franciscanos a partir del ejemplo de su fundador fue establecer que el propósito de la teología era «mover a los corazones y no simplemente informar y convencer al intelecto».[1530] Ésta fue otra característica del movimiento hacia una fe interior.

Peter Watson 


 

jueves, 6 de febrero de 2025


 


Sí, es cierto, gasté mis codos en todos los mesones.

Me amaron las doncellas y preferí a las putas.

Tal vez nunca debiera haber dejado

El país de techos de zinc y cercos de madera.


En medio del camino de la vida

Vago por las afueras del pueblo

Y ni siquiera aquí se oyen las carretas

Cuya música he amado desde niño.


Desperté con ganas de hacer un testamento

-ese deseo que le viene a todo el mundo-

pero preferí mirar una pistola

la única amiga que no nos abandona.


Todo lo que se diga de mí es verdadero

Y la verdad es que no me importa mucho.

Me importa soñar con caminos de barro

Y gastar mis codos en todos los mesones.


“Es mejor morir de vino que de tedio”

Sin pensar que pueda haber nuevas cosechas.

Da lo mismo que las amadas vayan de mano en mano

Cuando se gastan los codos en los mesones.


Tal vez nunca debí salir del pueblo

Donde cualquiera puede ser mi amigo.

Donde crecen mis iniciales grabadas

En el árbol de la tumba de mi hermana.


El aire de la mañana es siempre nuevo

Y lo saludo como un viejo conocido,

Pero aunque sea un boxeador golpeado

Voy a dar mis últimas peleas.


Y con el orgullo de siempre

Digo que las amadas pueden ir de mano en mano

Pues siempre fue mío el primer vino que ofrecieron

Y yo gasto mis codos en todos los mesones.


Como de costumbre volveré a la ciudad

Escuchando un perdido rechinar de carretas

Y soñaré techos de zinc y cercos de madera

Mientras gasto mis codos en todos los mesones.


Jorge Teillier


 

Me contaron que en uno de los episodios de la serie Los intocables, Eliot Ness captura a un gángster parapléjico que está en una silla de ruedas. Ness le pregunta por qué se convirtió en un criminal, y el gángster le responde: «Siendo un disminuido, ¿cómo podía ganarme la vida? Tuve que hacerme gángster. ¿Qué otra cosa podía haber hecho?». Ness se saca del bolsillo un periódico que anuncia que Franklin Delano Roosevelt ha sido elegido presidente. Hay una foto de él en una silla de ruedas, y se la muestra al criminal, diciéndole: «Bueno, por ejemplo, podría haberse presentado como candidato a la presidencia». Hay personas que tienen tanto miedo de arriesgarse, de no ser nada, que, de hecho, se matan en vez de vivir su vida. Recientemente estuve en una conferencia que se anunciaba con el título de «Lo humano sin límites». Creo que apenas estamos empezando a tantear y a entender que para los seres humanos la cuestión que se plantea no es de límites, sino de posibilidades. Sí, uno tiene que estar dispuesto a arriesgarse. Un hombre me dijo hace poco que estaba pensando en escribir un libro titulado La segunda vida, hablando de lo que ha hecho la gente impulsada por un cáncer, una enfermedad cardíaca o un accidente. Pero yo no quiero que la gente necesite una segunda vida, sino que viva ésta, la que tiene ahora. La vida es una oportunidad para que cada cual haga, a su manera, su contribución de amor. Me gustaría que encontraras la fuerza que -estoy seguro llevas en tu interior para nutrirte de ella, y que después usaras esa fuerza y esa energía para vivir plenamente. Te darás cuenta de que eres una esfera cuyo centro está en todas partes y su circunferencia en ninguna. De la misma manera que un solo pensamiento afecta a la totalidad de tu cuerpo, también tú, cuando cambias, afectas a todo el mundo. Date, pues, a luz y empieza a vivir. Deja que el río de tu vida fluya libre y profundamente, y que los guijarros de tu amor caigan en el agua para crear ondulaciones que nos alcancen a todos.

Bernie Siegel

miércoles, 5 de febrero de 2025



 

 “Quizás muera pronto, entonces nadie se acordará de mí y nadie estará junto a mi tumba. Algunos de los que me conocieron dirán: era un buen caballero, y otros dirán: era un sinvergüenza despreciable.”


—Fiódor Dostoievski.

 



 Herta Müller

martes, 4 de febrero de 2025

 Los mayas de la península del Yucatán creían que tres dioses malignos, Ekpetz, Uzannkak y Sojakak, volaban de noche de pueblo en pueblo e infectaban a la gente con la enfermedad. Los aztecas culparon a los dioses Tezcatlipoca y Xipe, o quizá a la magia negra de las gentes blancas. Se consultó a sacerdotes y a médicos. Estos aconsejaron plegarias, baños fríos, restregar el cuerpo con bitumen y untar escarabajos negros aplastados sobre las úlceras. Nada funcionó.

Decenas de miles de cadáveres se pudrían en las calles sin que nadie se atreviera a acercarse a ellos y enterrarlos. Familias enteras perecieron en cuestión de pocos días, y las autoridades ordenaron que se derruyeran las casas sobre los cuerpos. En algunos asentamientos murió la mitad de la población.
En septiembre de 1520, la peste había llegado al valle de México, y en octubre cruzó las puertas de la capital azteca, Tenochtitlan, una magnífica metrópolis en la que habitaban 250.000 almas. En dos meses, al menos un tercio de la población pereció, incluido el emperador Cuitlahuac. Mientras que en marzo de 1520, cuando llegó la flota española, México albergaba 22 millones de personas, en diciembre del mismo año únicamente 14 millones seguían vivas. La viruela fue solo el primer golpe. Mientras los nuevos amos españoles estaban atareados en enriquecerse y explotar a los nativos, oleadas mortíferas de gripe, sarampión y otras enfermedades infecciosas azotaron sin respiro a México, hasta que en 1580 su población se había reducido a menos de dos millones.
Yuval Noah


 

 No te rindas. La ergástula es oscura, la firme trama es de incesante hierro, pero en algún recodo de tu encierro puede haber un descuido, una hendidura.

El camino es fatal como la flecha pero en las grietas está Dios, que acecha.

 JORGE LUIS BORGES


 


  Cuando esté muerta, mi amor,

No cantes tristes canciones para mí,

No plantes rosas en mi cabeza

Ni sombríos cipreses:

Sé la hierba verde sobre mí,

Con rocíos y gotas mójame;

Y si te marchitas, recuerda;

Y si te marchitas, olvida.

Ya no veré las sombras,

No sentiré la lluvia,

No escucharé al ruiseñor

Cantando su dolor:

Y soñando a través del crepúsculo

Que no crece ni desciende,

Felizmente podría recordar,

Y felizmente podría olvidar.


Christina Rossetti

lunes, 3 de febrero de 2025

 


 "Podés cambiar en un minuto. Si estás atento, te cambia la visión de una flor, te cambia la visión de una viejecita, te cambia alguien que te dice "te amo". Vos mismo cambiás viéndote al espejo y diciéndote: ¡Oye¡ ¿cuándo vas a empezar a vivir? 


Yo al principio peleaba mucho, y un día, me dijo mi madre: ¿cuándo vas a dejar de pelear para comenzar a vivir? Porque no se pueden hacer las dos cosas a la vez, no se puede. 

Y el día que yo me animé (porque hay que ser muy valiente para animarse a vivir), el día que me animé, se me abrieron todas las puertas, primero, las puertas de los que yo creía que eran mis enemigos, y empezó la fiesta"...Si Señor!!

#FacundoCabral 


 

 "Cuando éramos niños

los viejos tenían como treinta
un charco era un océano
la muerte lisa y llana
no existía.

Luego cuando muchachos
los viejos eran gente de cuarenta
un estanque era un océano
la muerte solamente
una palabra.

Ya cuando nos casamos
los ancianos estaban en cincuenta
un lago era un océano
la muerte era la muerte
de los otros.

Ahora veteranos
ya le dimos alcance a la verdad
el océano es por fin el océano
pero la muerte empieza a ser 
la nuestra".

MARIO BENEDETTI

domingo, 2 de febrero de 2025



 



 I don’t believe people are looking for the meaning of life as much as they are looking for the experience of being alive.

—JOSEPH CAMPBELL



 

 Siendo aún muy joven Luis XVI de Francia, un astrólogo le advirtió que debía andarse con cuidado el día 21 de cada mes. El aviso aterrorizó al muchacho, y en adelante se negó a emprender nada importante en ese día. Pero de nada le sirvieron sus precauciones. El 21 de junio de 1791, Luis y su esposa fueron detenidos en Varennes cuando trataban de huir de la Revolución. El 21 de septiembre del año siguiente, Francia abolió la institución de la realeza y se proclamó república. Y el 21 de enero de 1793 Luis XVI fue ejecutado.

sábado, 1 de febrero de 2025

 No-saber es auténtica sabiduría.

    Presumir que se sabe es una enfermedad.
    Primero, date cuenta de que estás enfermo;
    sólo entonces podrás recobrar la salud.
    El Maestro es su propio médico.
    Se ha curado a sí mismo de todo saber,
    por eso verdaderamente está completo.

Lao Tse


 

 Alejandro Dolina escribió que «el universo es una perversa inmensidad hecha de ausencia». El desafío es transitarlo resistiendo la tentación de quedar aferrados a un lugar sufriente, anclar el corazón sólo en aquellos sitios donde nos conmueva el deseo.

Rolón


 


“El sol brilló, no teniendo alternativa, sobre la nada nueva.”

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