Es maravilloso cuando la voz interior nos permite saber, mediante
imágenes como ésta, que somos hermosos y dignos de amor, y que podemos
aceptar esto en un nivel profundo de nuestro ser.
Judy Hogan me escribió esto sobre un símbolo que tenía un especial
significado para ella:
El primer signo que recibí diciéndome que iba por buen camino, y
que éste sería algo grandioso independientemente del resultado, fue una
alcachofa de mi huerta. Mi marido y yo cultivamos fresas, alcachofas,
perejil, ruibarbo, patatas y verduras para ensalada en una pequeña huerta.
Una helada nos había quemado las alcachofas y durante dos años se nos
habían malogrado las plantas nuevas. Sin embargo ese año, entre el trajín
de la familia, el trabajo y nuestras obligaciones comunitarias, habíamos
conseguido cultivar plantas fuertes, y una de ellas tenía una flor. Yo había
prometido que la dejaría madurar como había hecho con nuestras plantas
más logradas.
Un día de fines de septiembre me di cuenta de que la planta que
tenía la flor se estaba muriendo. Me sentí culpable por no haber prestado
más atención a este problema, porque estaba claro que nos quedaríamos
sin la planta. Sin embargo, el fin de semana que descubrí aquello fue justo
después de haber empezado la escuela y cuando había planeado hacer
conservas con las frutas y verduras en mi tiempo «extra». No tenía tiempo
ni siquiera para hacer eso, porque estaba agotada por el esfuerzo de
comenzar el año escolar. (Yo enseñaba en dos escuelas, con un horario
absurdamente exigente.)
Entonces, en un impulso, corté la alcachofa y fui a tirarla a la basura,
con gran tristeza, no tanto por la pérdida de la planta como por el hecho de
que mi vida estuviera tan sujeta a horarios y tan sometida a prisas que ya
no me quedara el tiempo durante el cual en años anteriores habría salvado
la alcachofa y encontrado algún lugar para ella en la casa. Me quedé
durante diez minutos o más ante el cubo de la basura, con la dolorosa
revelación de que esa parte de mí que yo consideraba la mejor, porque
abarcaba la vida y la naturaleza y reconocía la espiritualidad del amplio
diseño del mundo y de mi lugar en él, estaba casi muerta. La había
rechazado durante tanto tiempo que ese día apenas pude encontrar, muy
hondo dentro de mí, un leve estremecimiento. Me di cuenta de que si
seguía así, jamás volvería a ser yo. Aunque la postergación de mis
proyectos artísticos y de todo lo que sentía como mi segunda naturaleza a
causa de los hijos, la familia y las responsabilidades externas tocaba a su
fin, porque mi hijo menor ya estaría en la universidad al año siguiente, allí
mismo, entonces, con la alcachofa muerta en la mano, supe que nunca iba
a conseguirlo, que el daño era prácticamente irreparable.
En un acceso de furia, pánico y esperanza, cogí la alcachofa
prometiéndome solemnemente que la llevaría a la escuela para que una
amiga que enseña a pintar a la acuarela pudiera usarla para una naturaleza
muerta. Era un mínimo gesto, pero se trataba de un comienzo, un clamor
desesperado dirigido a mí misma para que salvara esa parte de mí que
había desechado, y que era mi propio ser.
El lunes llevé la alcachofa a la escuela y la dejé sobre el escritorio de
mi amiga. Me sentía feliz de que ella pudiera usarla y de que la alcachofa
tuviera un hogar. Sus pétalos estrecha mente cerrados y su forma y su
color especiales serían un desafío para los alumnos y proporcionarían tanto
un nuevo motivo de interés como una textura original a sus pinturas.
Ese miércoles, Judy y su amiga fueron a una conferencia sobre arte en
Portland, donde Judy también vio a su médico. Al día siguiente supo que tenía
cáncer de ovario y se sometió a cirugía. Después de llevarla al hospital, su amiga
se quedó con ella hasta que llegó el marido de Judy Cuando la amiga regresó a la
escuela, allí, sobre el escritorio, estaba la alcachofa, en flor, plenamente abierta.
Esa misma semana, el marido de Judy se la llevó al hospital, en una lata de atún
pintada por la maestra de arte. Cuando Judy Hogan vio la alcachofa, dijo que era
una señal de que, aunque las cosas parezcan desalentadoras, siempre hay
esperanza. «Había tiempo para que yo floreciera, aunque los acontecimientos
recientes apuntaban a la parte cercenada de mi espíritu que yacía en el fondo de
la basura. »
Esto es lo que yo siento: si puedes seguir siendo una alcachofa, no
cuestionas tus estadísticas ni tus probabilidades. Creo que esa es, en parte, la
razón de que esta señora aún siga viva. La alcachofa le mostró lo que son
capaces de hacer el espíritu y la naturaleza.
En su libro Inner Worh [Trabajo interior], Robert A. Johnson dice que
Carl Jung creía que Dios necesita agentes humanos para ayudarle en la
encarnación de su creación. Tal como observó Thomas Mann en José y sus
hermanos, «Dios necesitaba la escalera del sueño de Jacob como un
camino para ir y venir entre el cielo y la tierra». Las visiones de los seres
humanos construyen escaleras como ésta y transmiten información al
consciente colectivo de la humanidad. No se requiere ninguna clase de
«factibilidad» que vaya más allá de esto.
Sigue luchando por lograr tu objetivo personal. Quizá te parezca que está
fuera de tu alcance, pero un día puede aparecer una escalera y tú puedes trepar
por ella para alcanzarlo.
Para mí, se trata de un círculo completo. Todos formamos parte del mismo
sistema. La mente, el cuerpo y el espíritu están integrados, y en nuestras
visualizaciones podemos encontrar la presencia del amor y de la espiritualidad.
Podemos darnos permiso para potenciarnos, para inducir la autocuración por
medio de los aspectos creativos de la poesía, la música, el arte y las imágenes, y
dejar que operen dentro de nosotros para ayudar a curar nuestra enfermedad y a
sanar nuestra vida.