miércoles, 16 de febrero de 2022

 —Tráeme un fruto de la higuera.

    —Aquí está, Señor.
    —Ábrelo.
    —Ya lo he hecho, Señor.
    —¿Qué ves?
    —Unas semillas muy pequeñas, Señor.
    —Abre una.
    —Ya lo he hecho, Señor.
    —¿Qué ves ahora?
    —Nada, Señor.
    —Hijo mío —dijo el padre—, lo que no percibes es la esencia y en esa esencia existe la poderosa higuera. Créeme, hijo mío, en esa esencia se halla el ser de todo lo que es. Eso es lo verdadero, eso es el ser.

 Mientras anticipa las cosas y ayuda a las personas, percátese de que aunque los problemas causan dolor, también proveen una excelente oportunidad para el crecimiento. O como lo dice la autora Nena O’Neill: «De cada crisis viene la oportunidad para renacer». El pueblo de Enterprise, Alabama, entiende esa idea. Allí hay un monumento a un insecto mejicano, construido en el 1919. La historia tras el mismo es que en 1895, el insecto destruyó la principal cosecha del condado, el algodón. Después de ese desastre, los agricultores locales comenzaron a diversificar sus siembras, y la cosecha de maní del 1919 excedió mucho el valor de las mejores cosechas de algodón. En el monumento se registrán las siguientes palabras: «Con profundo aprecio al insecto y lo que hizo como heraldo de la prosperidad … De un momento de lucha y crisis llegó un nuevo crecimiento y el éxito. Tras la adversidad vino la bendición».

 


Según Philip B. Crosby: «Hay una teoría de la conducta humana que dice que las personas retardan subsconcientemente su propio crecimiento intelectual. Llegan a depender de clichés y hábitos. Una vez que alcanzan la edad de su adaptación al mundo, dejan de aprender y su mente queda en neutro por el resto de sus días. Podrán progresar en la organización, ser ambiciosos y dispuestos, y hasta trabajar de día y de noche. Pero ya no aprenden»

 


 El autor Harper Lee escribió: «La gente casi siempre ve lo que busca y oye lo que quiere escuchar». Si tiene una actitud positiva respecto a las personas, cree lo mejor de ellas, y actúa en base a sus creencias, entonces podrá impactar sus vidas. Pero todo comienza con la manera en que piensa de los demás. Usted no puede ser una persona que influya positivamente si piensa como sigue: Cuando el compañero se demora mucho, es un lento. Cuando yo me demoro mucho, es que soy minucioso. Cuando el compañero no hace algo, es un vago. Cuando yo no lo hago, estoy ocupado. Cuando el compañero hace algo sin que se lo pidan, viola sus límites. Cuando lo hago yo, eso es iniciativa. Cuando el compañero desconoce una regla de etiqueta, es un rudo. Cuando evado algunas reglas, soy original. Cuando el compañero complace al jefe, es un adulador. Cuando lo complazco yo, es cooperación. Cuando el compañero avanza, es mera suerte. Cuando me las arreglo para avanzar, es simplemente la recompensa justa por una ardua labor.

 El uso de drogas no tiene nada de específicamente humano. Ya sea en cautividad o en estado salvaje, se ha demostrado que muchos otros animales también buscan sustancias tóxicas. En su libro The Soul o f the Ape, Eugene Marais — que también era adicto a la morfina— mostró que los babuinos chacma salvajes recurrían a estupefacientes para sacudirse el tedio de su estado consciente habitual. En momentos de abundancia, en los que resultaba fácil acceder a otros muchos frutos, hacían lo indecible por buscar y comer un raro fruto con forma de ciruela, tras lo cual mostraban síntomas típicos de embriaguez. En el resumen de sus conclusiones, confirmadas por investigaciones posteriores, Marais escribió: «El uso habitual de venenos con el fin de inducir euforia —una sensación de bienestar mental y felicidad— es un remedio universal para el dolor de conciencia». Se trata de un resultado tan aplicable a los humanos como a los babuinos. La conciencia va unida a los intentos por evadirla. El consumo de drogas es una actividad animaí primordial. Entre los humanos, se pierde en el albor de los tiempos y es casi universal. ¿Qué explica, entonces, la «guerra a las drogas»? La prohibición de las drogas convierte su comercio en una actividad fabulosamente lucrativa. Genera delincuencia y provoca un gran aumento de la población reclusa. Y, a pesar de ello, hay una pandemia de drogas a nivel mundial. Prohibir las drogas ha sido un fracaso. Así pues, ¿por qué no las legaliza ningún gobierno contemporáneo? Hay quien dice que el crimen organizado y la ley están ligados en una simbiosis que bloquea toda reforma radical. Puede que haya algo de cierto en ello, pero la explicación real se ha de buscar en otra parte. Los guerreros más implacables contra la droga han sido siempre los progresistas militantes. En China, el ataque más salvaje al consumo de drogas ocurrió cuando el país se vio convulsionado por una doctrina occidental de emancipación universal: el maoísmo. No es, pues, accidental que la cruzada contra la droga esté liderada en la actualidad por un país ligado a la búsqueda de la felicidad: Estados Unidos. Y es que la guerra puritana contra el placer no es más que el corolario de esa improbable búsqueda. El consumo de drogas es la admisión tácita de una verdad prohibida: la felicidad está fuera del alcance de _la mayoría de personas. La realización personal no se encuentra en la \|ida diaria, sino huyendo de ella. Como la felicidad es inaccesible lo que busca la gran mayoría de la humanidad es el placer. Las culturas religiosas podían, al menos, admitir que la vida terrenal era dura, puesto que prometían otra en la que todas esas lágrimas desaparecerían. Sus sucesores humanistas afirman algo aún más inverosímil: que en el futuro, incluso en el más inmediato, todos podemos ser felices. Las sociedades fundadas sobre la fe en el progreso no pueden admitir la infelicidad de la vida humana como algo normal. De ahí que estén obligadas a declarar la guerra a quienes busquen en la droga una felicidad artificial.

martes, 15 de febrero de 2022

 


"No tengo novia porque no tengo ganas de tener novia; por pereza; por desgane; por aburrimiento. Estoy muy enamorado, pero eso no tiene que ver nada con esto. A lo mejor un día de éstos dejo de escribirte. O te escribiré solamente cuando tenga deseos, necesidad de hacerlo. No me gustan los trámites, las fórmulas en el amor; no me gustan los compromisos, los juramentos. Si tú quieres escribirme -porque quieres escribirme- cada tres días, encantado. Si yo quiero hacerlo del diario, tanto mejor. Pero siempre la cosa espontánea y natural. Quiero ser libre dentro de esta esclavitud. Te quiero, sí, te quiero: pero a medida de que te quiero se me van haciendo innecesarias las palabras; tengo que saber que no es indispensable el decírtelo.¿Comprendes? Si tú no fueras tú, no diría esto. Podrías salirme con que no te quiero, con que no te comprendo, con que no soy tuyo. Pero tú tienes que ser tú, diferente, exclusiva, única".




 Todavía me parece asombroso que cuando recorro facultades de Medicina y hospitales, casi todos los médicos me digan que no sabían que en 1933 Carl Jung, al escuchar la narración de un sueño de un paciente, le diagnosticó correctamente un tumor cerebral sin más datos que ese sueño. No tengo idea de por qué no se sabe ni se enseña que los sueños son increíblemente poderosos y constituyen una valiosa fuente de información. Al igual que los dibujos, pueden ayudar a hacer un diagnóstico físico, y pueden cambiar la vida de las personas. Para mí, como médico, es cuestión de rutina preguntar a la gente por sus sueños y sus imágenes, y hacerles dibujar símbolos que puedan servirles de guía. Si tanto los médicos como los pacientes estuvieran abiertos a esta fuente de información, veríamos más diagnósticos de esta clase. Como médico, yo no vacilo en usar los sueños y los dibujos en mi trabajo, para hacer diagnósticos físicos y para ayudarme a decidir el tipo más adecuado de terapia. Eso no significa que no haga todo lo que me enseñaron a hacer como médico, pero para mí, tanto lo uno como lo otro son una parte importante del proceso. ¿Por qué es tan difícil para la profesión médica aceptar la idea de que la mente influye en el cuerpo, o de que los dos constituyen una unidad? Quizá porque simplemente en la Facultad de Medicina no nos enseñaron que no es posible separar los pensamientos y la mente del cuerpo. Sin embargo, el hecho es que nuestros pensamientos y nuestras creencias nos afectan tanto física como psicológicamente, y que la gente puede cambiar. Estudios recientes han demostrado que incluso los genes son capaces de cambiar. A veces hay terapeutas que me escriben para hablarme de las investigaciones que han llevado a cabo para su tesis doctoral, que demuestran los efectos beneficiosos de la visualización y las técnicas de relajación tanto sobre los aspectos físicos de una enfermedad como sobre los psicológicos y mentales.

 


Steve Levitt, el coautor de Freakonomics, ha sido descrito por Wall Street Journal como «el Indiana Jones de la economía», pero si hay algún economista que merezca tan aventurera distinción es Bill Phillips. Entre 1935, cuando salió de Nueva Zelanda, y 1946, el año en que hizo sus primeros pinitos en economía, trabajó en una mina de oro, cazó cocodrilos, fue violinista callejero (autodidacta), viajó en el Transiberiano y fue detenido como supuesto espía por los japoneses. Al final recaló en Londres y se matriculó en la London School of Economics. Eso fue antes de que la guerra diera comienzo y él se uniera a la RAF, que lo mandó a la otra punta del mundo. Reconocido de inmediato como un técnico fuera de lo común, dedicó sus esfuerzos a actualizar los obsoletos aviones que debían defender Singapur (entonces en poder británico) de las fuerzas japonesas. Pocos días antes de la rendición de la ciudad se halló en el último convoy que huía de ella a bordo del Empire Star, un carguero refrigerado que, si bien tenía capacidad para veintitrés pasajeros, hubo de albergar a más de dos mil personas, entre ellas muchas mujeres y niños asustados. Cuando el convoy fue descubierto y atacado por aviones japoneses, Phillips aprovechó sus conocimientos técnicos para subir a la cubierta una ametralladora y fijarla en un soporte improvisado, que le permitió estar varias horas esquivando los ataques bajo una lluvia de bombas. Su admirable conducta le valió una medalla al valor, aunque no lo salvó de pasar más de tres años en un campo de prisioneros de guerra japonés donde las condiciones eran pésimas. Más tarde dijo que sobrevivieron los bajos y murieron los altos; él era de los bajos. (Al final de la guerra solo pesaba cuarenta y cinco kilos.) En el campo siguió con sus improvisaciones técnicas para que no decayeran los ánimos, y para recibir las últimas noticias del mundo exterior mediante la construcción de radios secretas, una de las cuales era tan pequeña que Bill podía meterla en el tacón de su zapato; si los guardias la hubieran descubierto, lo habrían torturado y matado. También diseñó y construyó pequeños calentadores de inmersión que usaban los prisioneros cada noche para levantarse la moral con tazas de té que llegaron a contarse por centenares. Los vigilantes nunca entendieron que las luces parpadeasen y se debilitasen cada noche. Phillips siempre quitó importancia a sus vivencias en el campo de prisioneros. Pasaron años antes de que se revelara el episodio más oscuro de esa etapa: en el verano de 1945 él y miles de hombres fueron trasladados a un campo de exterminio donde vieron a los japoneses montando ametralladoras en los muros, orientadas hacia el interior, y donde fueron obligados a cavar sus propias fosas comunes. Otro de los prisioneros era el escritor Laurens van der Post, que en su texto autobiográfico The Night of the New Moon describe este campo de exterminio y narra una osada incursión en compañía de «un joven oficial neozelandés» capaz de hacer «casi milagros» con sus conocimientos técnicos. Phillips, Van der Post y otro oficial, Donaldson, entraron en el despacho del comandante del campo en busca de piezas para la radio en miniatura, que Phillips arregló justo a tiempo para oír una noticia: los americanos habían lanzado una bomba en Hiroshima. Se acercaba el final de la guerra.

Terminado el conflicto, Phillips volvió a Londres, tras el año sabático más largo de la historia, y reanudó sin más los estudios que había dejado a medias en la London School of Economics. Matriculado en sociología, título que contenía algunas asignaturas de economía básica, le intrigaron las ecuaciones matemáticas de tipo casi ingenieril que comenzaban a estilarse en la nueva disciplina de la macroeconomía. A partir de entonces empezó a saltarse las clases de sociología y a desaparecer en el garaje de su casera, en Croydon, un barrio de las afueras de Londres, donde montó una representación hidráulica de las ecuaciones que sus profesores garabateaban en las pizarras de la facultad. Uno de esos profesores era James Meade, para quien lo más fácil habría sido escandalizarse de que un alumno que casi había dejado la sociología fuera a verlo con la propuesta de reformular en términos de fontanería la parte matemática de los estudios económicos, pero que por el contrario brindó a Phillips la protección necesaria para que a finales de 1949 tuviera la oportunidad de mostrar el funcionamiento de su inconcebible aparato a un foro tan severo como el seminario Robbins. Era su gran oportunidad, la última para demostrar que, lejos de haber fracasado como alumno, podía hacer una aportación de peso al nuevo mundo de la macroeconomía. Siempre con un cigarrillo en los labios, o muy cerca de ellos, empezó su intervención al otro lado de los tubos y cubetas de plexiglás. Después de una serie de ajustes puso en marcha una bomba aprovechada de un bombardero Lancaster. El agua teñida de rosa empezó a derramarse en un depósito de la parte superior, desde el que corrió por los diversos recipientes. Sobre el fondo sonoro de la bomba, que zumbaba como una licuadora, Phillips mostró las prestaciones de la máquina. Los profesores se quedaron estupefactos. Quizá no lo habrían estado tanto si hubieran sabido algo más sobre la formación de Phillips, tan insólita que combinaba el estudio por correspondencia de las ecuaciones diferenciales, las nociones de ingeniería hidráulica adquiridas en su etapa de aprendiz, el reciclaje mecánico iniciado en la granja familiar y perfeccionado durante la defensa de Singapur (no era la bomba lo único aprovechado de los restos del Lancaster, de cuyas ventanas procedían los tanques de plexiglás) y, por supuesto, su valentía. La máquina funcionó perfectamente. Al cabo de cinco minutos ya reinaba un entusiasmo generalizado por lo que Phillips había conseguido: el primer modelo computerizado de la economía de un país.

lunes, 14 de febrero de 2022

 ¿Recuerdas la historia de Tristán e Isolda? El argumento gira en torno a una transformación de las relaciones de los dos protagonistas. Isolda pide a su doncella, Brangáne, que prepare una poción mortífera pero la criada la substituye por un "elixir de amor", que beben Isolda y Tristán, ignorando sus posibles consecuencias. La misteriosa pócima desata en ellos las pasiones más hondas y se sienten atraídos con una fuerza que nada puede quebrar -ni siquiera el que ambos traicionen así al benévolo rey Marcus. En su ópera Tristán und Isolde, Wagner captura la intensidad del vínculo amoroso en el que quizá sea el pasaje más exaltado y desesperado de la historia de la música. Uno puede preguntarse qué lo atrajo en esta historia, y por qué millones de personas, por más de un siglo, han comulgado con su versión musical. La respuesta a la primera pregunta es que la composición celebra una pasión muy real y parecida en la vida del propio Wagner. Wagner y Matilde Wesendonk se habían enamorado, en abierta oposición con su buen juicio, cuando uno considera que ella era la mujer del generoso benefactor del músico y que éste era un hombre casado. Wagner conocía muy bien las fuerzas ocultas e imparables que pueden sobreponerse a nuestra voluntad y que -a falta de mejor explicación- se han atribuido a la magia o al destino. La respuesta a la segunda pregunta es más seductora: ciertamente hay, en nuestros cuerpos y cerebros, "elixires" capaces de inducir comportamientos que no siempre pueden ser suprimidos con una resolución firme.



 Nada hay terrible en la vida para quien está realmente persuadido de que tampoco se encuentra nada terrible en el no vivir. De manera que es un necio el que dice que teme la muerte, no porque haga sufrir al presentarse, sino porque hace sufrir en su espera: en efecto, lo que no inquieta cuando se presenta es absurdo que nos haga sufrir en su espera. Así pues, el más estremecedor de los males, la muerte, no es nada para nosotros, ya que mientras nosotros somos, la muerte no está presente y cuando la muerte está presente, entonces nosotros no somos. No existe, pues, ni para los vivos ni para los muertos, pues para aquéllos todavía no es, y éstos ya no son. Pero la gente huye de la muerte como del mayor de los males, y la reclama otras veces como descanso de los males de su vida. El sabio, en cambio, ni rechaza el vivir ni teme el no vivir; pues ni el vivir le parece un mal ni cree un mal el no vivir. Y así como de ninguna manera elige el alimento más abundante, sino el más agradable, así también goza del tiempo más agradable, y no del más duradero. El que exhorta al joven a vivir bien y al viejo a morir bien, es un necio, no sólo por lo grato de la vida, sino porque el arte de vivir bien y el de morir bien es el mismo. Y mucho peor el que dice que es mejor no haber nacido, pero una vez nacido, atravesar cuanto antes las puertas del Hades. Pues si lo dice convencido, ¿por qué no abandona la vida? A su alcance está el hacerlo, si es que lo ha meditado con firmeza. Y si bromea, es un necio en asuntos que no lo admiten. Hemos de recordar que el futuro no es nuestro pero tampoco es enteramente no nuestro, para que no esperemos absolutamente que sea, ni desesperemos absolutamente de que sea.

   El que busca no debe dejar de buscar hasta tanto que encuentre. Y cuando encuentre se estremecerá, y tras su estremecimiento se llenará de admiración y reinará sobre el universo» 

Evangelio perdido de Santo Tomás

Esto es un fragmento del evangelio gnóstico de Tomás, perdido durante años y reencontrado en Egipto en el siglo XX. Justamente habla sobre el poder del pensamiento y de la emoción para crear tu vida. Una verdadera lástima que se perdiera en la revisión bíblica del siglo IV. ¡EN LA BIBLIA MODERNA NO APARECE! ¿Qué casualidad no?

sábado, 12 de febrero de 2022


 

 Es maravilloso cuando la voz interior nos permite saber, mediante imágenes como ésta, que somos hermosos y dignos de amor, y que podemos aceptar esto en un nivel profundo de nuestro ser. Judy Hogan me escribió esto sobre un símbolo que tenía un especial significado para ella: El primer signo que recibí diciéndome que iba por buen camino, y que éste sería algo grandioso independientemente del resultado, fue una alcachofa de mi huerta. Mi marido y yo cultivamos fresas, alcachofas, perejil, ruibarbo, patatas y verduras para ensalada en una pequeña huerta. Una helada nos había quemado las alcachofas y durante dos años se nos habían malogrado las plantas nuevas. Sin embargo ese año, entre el trajín de la familia, el trabajo y nuestras obligaciones comunitarias, habíamos conseguido cultivar plantas fuertes, y una de ellas tenía una flor. Yo había prometido que la dejaría madurar como había hecho con nuestras plantas más logradas. Un día de fines de septiembre me di cuenta de que la planta que tenía la flor se estaba muriendo. Me sentí culpable por no haber prestado más atención a este problema, porque estaba claro que nos quedaríamos sin la planta. Sin embargo, el fin de semana que descubrí aquello fue justo después de haber empezado la escuela y cuando había planeado hacer conservas con las frutas y verduras en mi tiempo «extra». No tenía tiempo ni siquiera para hacer eso, porque estaba agotada por el esfuerzo de comenzar el año escolar. (Yo enseñaba en dos escuelas, con un horario absurdamente exigente.) Entonces, en un impulso, corté la alcachofa y fui a tirarla a la basura, con gran tristeza, no tanto por la pérdida de la planta como por el hecho de que mi vida estuviera tan sujeta a horarios y tan sometida a prisas que ya no me quedara el tiempo durante el cual en años anteriores habría salvado la alcachofa y encontrado algún lugar para ella en la casa. Me quedé durante diez minutos o más ante el cubo de la basura, con la dolorosa revelación de que esa parte de mí que yo consideraba la mejor, porque abarcaba la vida y la naturaleza y reconocía la espiritualidad del amplio diseño del mundo y de mi lugar en él, estaba casi muerta. La había rechazado durante tanto tiempo que ese día apenas pude encontrar, muy hondo dentro de mí, un leve estremecimiento. Me di cuenta de que si seguía así, jamás volvería a ser yo. Aunque la postergación de mis proyectos artísticos y de todo lo que sentía como mi segunda naturaleza a causa de los hijos, la familia y las responsabilidades externas tocaba a su fin, porque mi hijo menor ya estaría en la universidad al año siguiente, allí mismo, entonces, con la alcachofa muerta en la mano, supe que nunca iba a conseguirlo, que el daño era prácticamente irreparable. En un acceso de furia, pánico y esperanza, cogí la alcachofa prometiéndome solemnemente que la llevaría a la escuela para que una amiga que enseña a pintar a la acuarela pudiera usarla para una naturaleza muerta. Era un mínimo gesto, pero se trataba de un comienzo, un clamor desesperado dirigido a mí misma para que salvara esa parte de mí que había desechado, y que era mi propio ser. El lunes llevé la alcachofa a la escuela y la dejé sobre el escritorio de mi amiga. Me sentía feliz de que ella pudiera usarla y de que la alcachofa tuviera un hogar. Sus pétalos estrecha mente cerrados y su forma y su color especiales serían un desafío para los alumnos y proporcionarían tanto un nuevo motivo de interés como una textura original a sus pinturas. Ese miércoles, Judy y su amiga fueron a una conferencia sobre arte en Portland, donde Judy también vio a su médico. Al día siguiente supo que tenía cáncer de ovario y se sometió a cirugía. Después de llevarla al hospital, su amiga se quedó con ella hasta que llegó el marido de Judy Cuando la amiga regresó a la escuela, allí, sobre el escritorio, estaba la alcachofa, en flor, plenamente abierta. Esa misma semana, el marido de Judy se la llevó al hospital, en una lata de atún pintada por la maestra de arte. Cuando Judy Hogan vio la alcachofa, dijo que era una señal de que, aunque las cosas parezcan desalentadoras, siempre hay esperanza. «Había tiempo para que yo floreciera, aunque los acontecimientos recientes apuntaban a la parte cercenada de mi espíritu que yacía en el fondo de la basura. » Esto es lo que yo siento: si puedes seguir siendo una alcachofa, no cuestionas tus estadísticas ni tus probabilidades. Creo que esa es, en parte, la razón de que esta señora aún siga viva. La alcachofa le mostró lo que son capaces de hacer el espíritu y la naturaleza. En su libro Inner Worh [Trabajo interior], Robert A. Johnson dice que Carl Jung creía que Dios necesita agentes humanos para ayudarle en la encarnación de su creación. Tal como observó Thomas Mann en José y sus hermanos, «Dios necesitaba la escalera del sueño de Jacob como un camino para ir y venir entre el cielo y la tierra». Las visiones de los seres humanos construyen escaleras como ésta y transmiten información al consciente colectivo de la humanidad. No se requiere ninguna clase de «factibilidad» que vaya más allá de esto. Sigue luchando por lograr tu objetivo personal. Quizá te parezca que está fuera de tu alcance, pero un día puede aparecer una escalera y tú puedes trepar por ella para alcanzarlo. Para mí, se trata de un círculo completo. Todos formamos parte del mismo sistema. La mente, el cuerpo y el espíritu están integrados, y en nuestras visualizaciones podemos encontrar la presencia del amor y de la espiritualidad. Podemos darnos permiso para potenciarnos, para inducir la autocuración por medio de los aspectos creativos de la poesía, la música, el arte y las imágenes, y dejar que operen dentro de nosotros para ayudar a curar nuestra enfermedad y a sanar nuestra vida.




No estoy.
No la conozco.
No quiero conocerla.
Me repugna lo hueco,
la afición al misterio,
el culto a la ceniza,
a cuanto se disgrega.
Jamás he mantenido contacto con lo inerte.
Si de algo he renegado es de la indiferencia.
No aspiro a transmutarme,
ni me tienta el reposo.
Todavía me intrigan el absurdo, la gracia.
No estoy para lo inmóvil,
para lo inhabitado.

Cuando venga a buscarme,
díganle:
"se ha mudado".   


 


"Un día en mi vida es siempre una cosa muy hermosa, porque yo me siento muy feliz de estar vivo. No tengo ninguna intención de morir, tengo la impresión de que soy inmortal. Sé que no lo soy, pero la idea de la muerte no me molesta y tampoco le tengo miedo. Le niego existencia, entonces, eso me ayuda a vivir de una manera… ¿cómo decirlo? Bajo el sol, solar".



viernes, 11 de febrero de 2022

  


Con poco más de treinta años, Beethoven decidió enfrentarse a su mayor adversidad: la sordera. En 1801 escribió un par de cartas a su amigo Wegeler en las que, por primera vez, admitía que se estaba quedando sordo. Ya hacía unos cuantos años que había dejado de lado casi todas las relaciones sociales. Ser un compositor que perdía el oído le martirizaba y le avergonzaba. El miedo al escarnio público le había llevado a recluirse en sí mismo e incluso a plantearse el suicidio. Pero, finalmente, a pesar de la angustia que le oprimía, decidió no dejarse vencer por la desesperación y escribió: « Ich will, wenn’s anders möglich ist, meinem Schicksale trotzen » («Quiero, si hay alguna posibilidad, desafiar mi destino») y « Ich will dem Schicksal in den Rachen greifen » («Quiero coger a mi destino por el cuello»).

    Un año después, por indicación médica, fue a pasar el verano a Heiligenstadt, un pueblecito, por entonces aún separado de Viena, famoso por sus aguas sulfurosas. Allí, rodeado de los encantos de la naturaleza que tanto le gustaban, dio un paso más y escribió a sus hermanos un documento sobrecogedor: el famoso Testamento de Heiligenstadt .
    ¡Oh, hombres, vosotros que me consideráis un malévolo, un testarudo y un misántropo! ¡Qué injustos sois, pues no sabéis el origen de mi mal! Desde mi infancia, mi corazón y mi mente se han inclinado hacia los buenos sentimientos, e incluso he realizado acciones bondadosas. Pero pensad que hace seis años una afección infernal se apoderó de mí (…).
    Nacido con un temperamento ardiente y vivo, (…) me vi obligado a aislarme, a llevar una vida solitaria. Y cuando, a veces, me esforzaba por superarlo era cuando, oh, me topaba de nuevo con la cruda realidad de mi sordera. En aquel momento era impensable para mí decir a la gente: «¡Hablad más alto! ¡Gritad! ¡Que soy sordo!» ¿Cómo podía admitir la debilidad del sentido que en su día me dio un grado de perfección sobre los demás? Un sentido que, tiempo atrás, poseí en la más elevada expresión. (…) Por lo tanto, perdonadme cuando veáis que me alejo de vosotros, aunque la realidad es que querría rodearme de vuestra compañía. (…) Tengo que vivir como un exiliado (…). Qué humillación la mía cuando alguien se detenía a mi lado para escuchar una flauta en la lejanía y yo no entendía nada, o cuando oía cantar a un pastor y yo, de nuevo, no oía nada. Todo esto me llevó a los límites de la desesperación, y de buen grado hubiera dado fin a mi vida, pero el arte me contuvo. Ah, no podía dejar este mundo sin haber acabado todo lo que se me había encomendado, y fue así como soporté esta miserable existencia —realmente miserable—; la de un cuerpo hipersensible que, con un pequeño cambio inesperado, te lleva del mejor de los estados a la desventura. Paciencia. Dicen que la necesitaré para que me guíe, y es lo que he hecho. Espero mantener firme mi determinación para resistir hasta que las inflexibles parcas decidan acabar con todo. (…) Dios, tú que desde lo alto ves el interior de mi alma, sabes que allí habita el deseo de hacer el bien al prójimo. Oh, hombres, si alguna vez leéis estas palabras, pensad que habéis sido injustos conmigo y dejad que el desventurado se consuele pensando que existió alguien como él que, a pesar de los obstáculos, hizo todo lo que estuvo en su poder para ser aceptado entre los respetables artistas y hombres.
    Un par de años después, la sordera de Beethoven ya era un asunto de dominio público. ¡Un compositor sordo! Esa era la comidilla maliciosa que se extendió rápidamente de boca en boca por Viena. Cualquier otro se habría acobardado. Pero Beethoven, no. Él no era de esa clase. Lejos de dejarse vencer, emergió de la angustia que le producía la sordera con fuerza y rebeldía. Con la fuerza y la rebeldía que le eran tan características. Inició un periodo de creatividad extraordinaria que se conoce como el periodo heroico . La originalidad, la fuerza y la diversidad de la música que comenzó a componer a partir de aquel momento era una consecuencia directa de la batalla que libraba contra la adversidad física. Escribía música frenéticamente. Como si no le quedara suficiente tiempo para decir todo lo que quería decir con música. Ese periodo que había empezado, naturalmente, con la Eroica , siguió con la composición de obras tan imprescindibles como la sonata para piano Appassionata , los conciertos para piano número 4 y 5 ( Emperador ), el concierto para violín en Re Mayor, la ópera Fidelio , la obertura Egmont y la quinta y la sexta sinfonía.
    ¿Quién no conoce las cuatro primeras notas de la quinta sinfonía? Seguramente, las cuatro notas más famosas de la historia de la música. Cuatro notas que, más allá del discurso musical, se han convertido en un universo independiente por sí mismas. Tanto es así que el episodio «The seven-Beer snitch» de la decimosexta temporada de la serie televisiva The Simpsons , los personajes de la serie que asisten a una interpretación de la quinta sinfonía en el nuevo auditorio de Springfield, construido por el famoso arquitecto Frank Gehry, se levantan de sus asientos y se van totalmente convencidos después de haber escuchado solo las cuatro primeras notas. Mientras la orquesta sigue tocando, el director, alucinado, pregunta: «¿Por qué os vais? ¡La sinfonía justo acaba de empezar!» La respuesta del jefe de policía, Clancy Wiggum, es clara: «¡Ya hemos oído el ta-ta-ta-taaaaa! ¡El resto no nos interesa!»
    Bravo por los guionistas de The Simpsons . Pero, más allá de esta ocurrencia, es necesario preguntarse por el significado de estas cuatro notas que, aparentemente, forman una simple célula musical. ¿Qué significa este motivo musical inicial que recorre toda la sinfonía y que también se esconde obsesivamente en otras obras que Beethoven compuso durante este mismo periodo? Anton Felix Schindler, secretario y uno de los primeros biógrafos del compositor, llamó a estas cuatro notas el motivo del destino. Según él, fue el mismo Beethoven quien, señalando el inicio de la sinfonía, dijo: « So pocht das Schicksal an die Pforte » («Así es como el destino llama a la puerta»). Aunque esta afirmación de Schindler la han puesto en duda muchos expertos, la realidad es que la sinfonía también se conoce, especialmente en Alemania, como la Schicksalsymphonie ( Sinfonía del destino ). Y es que la visión idealizada de un hipotético destino de Beethoven llamando a su puerta es demasiado potente y se ha impuesto por encima de cualquier otra interpretación.
Con las cuatro poderosas notas iniciales, la quinta sinfonía es un verdadero ejercicio de condensación. Una sinfonía brutal y compacta. Una sinfonía sin una melodía obvia que, a diferencia de cualquier otra sinfonía que hubiera compuesto hasta ese momento, está constituida por un maravilloso declive continuo. Un declive que tiene como único objetivo llevarnos hasta la exaltación final. Toda una sinfonía, media hora larga de música, pensada y creada solo para llegar al clímax final. En el tercer movimiento, Beethoven recoge la música manteniendo toda la tensión condensada en un único tambor. En este intervalo vacío de sonido, sordo, irrumpe el cuarto movimiento para transportarnos al más alto nivel de intensidad sonora. Toda la orquesta explota en un victorioso final cuando Beethoven lleva el Do menor inicial hasta el Do Mayor final: un viaje desde la oscuridad a la luz. Un viaje desde la depresión y el suicidio hasta la victoria.

 


Creo que es importante hablar por televisión, pero en determinadas condiciones . Hoy, gracias al servicio audiovisual del Collège de France, me beneficio de unas condiciones que son absolutamente excepcionales: en primer lugar, mi tiempo no está limitado; en segundo lugar, el tema de mi disertación no me ha sido impuesto —lo he escogido libremente y todavía puedo cambiarlo—; en tercer lugar, no hay nadie, como en los programas normales y corrientes, para llamarme al orden, sea en nombre de la técnica, del «público, que no comprenderá lo que usted dice», de la moral, de las convenciones sociales, etcétera. Se trata de una situación absolutamente insólita puesto que, empleando un lenguaje pasado de moda, tengo un dominio de los medios de producción que no es habitual. Al insistir en que las condiciones que se me ofrecen son absolutamente excepcionales, ya digo algo acerca de las condiciones normales a las que hay que someterse cuando se habla por televisión.

    Pero, me objetarán, ¿por qué, a pesar de los pesares, la gente hace todo lo posible por aparecer en la televisión en condiciones normales? Se trata de una cuestión muy importante que, sin embargo, la mayor parte de los investigadores, de los científicos, de los escritores, por no mencionar a los periodistas, que aceptan participar no se plantean. Me parece necesario interrogarse sobre esta falta de preocupación al respecto. Creo, en efecto, que, al aceptar participar sin preocuparse por saber si se podrá decir alguna cosa, se pone claramente de manifiesto que no se está ahí para decir algo, sino por razones completamente distintas, particularmente para dejarse ver y ser visto. «Ser», decía Berkeley, «es ser visto». Para algunos de nuestros filósofos (y de nuestros escritores), ser es ser visto en la televisión, es decir, en definitiva, ser visto por los periodistas, estar, como se suele decir, bien visto por los periodistas (lo que implica muchos compromisos y componendas). Bien es verdad que, al no contar con una obra que les permita estar continuamente en el candelero, no tienen más remedio que aparecer con la mayor frecuencia posible en la pequeña pantalla, y por lo tanto han de escribir a intervalos regulares, cuanto más cortos mejor, unas obras cuya función principal, como observaba Gilles Deleuze, consiste en asegurarles que serán invitados a salir por televisión. De este modo, la pantalla del televisor se ha convertido hoy en día en una especie de fuente para que se mire en ella Narciso, en un lugar de exhibición narcisista.

 La lengua cherokee -cargada de poesía, metáforas y una expresividad sublime complementada con el baile, el teatro y el ritual- siempre había sido una lengua de voz y gesto. Ahora su jefe, Sequoyah, inventó un lenguaje escrito, que muchos aprendieron. El Consejo Legislativo de los Cherokees, poco después de su constitución, otorgó fondos para una imprenta que, el 21 de febrero de 1828, empezó a publicar un periódico en inglés y en el cherokee de Sequoyah -el Cherokee Phoenix. Antes de esto, los cherokees, como las tribus indias en general, se las habían arreglado sin un gobierno formal. En palabras de Van Every: El principio fundamental del gobierno indio siempre había sido el rechazo del gobierno. En opinión de prácticamente todos los indios al norte de México, la libertad del individuo era una norma mucho más valiosa que el deber del individuo a su comunidad o nación. Esta actitud anárquica afectaba todo comportamiento a partir de la unidad social más pequeña, la familia. El padre indio siempre era reacio a la hora de disciplinar a sus hijos. Todas sus muestras de voluntad propia se aceptaban como indicios favorables del desarrollo de un carácter en vías de emancipación.

jueves, 10 de febrero de 2022

   En octubre de 1998, durante una interminable semana, el Mitch aparcó en Centroamérica, azotando las costas y las montañas de Honduras, Guatemala y Nicaragua, inundando pueblos enteros y matando a más de 9.000 personas. Los ya de por sí empobrecidos países no pudieron desenterrarse sin la generosa ayuda extranjera, y ésta llegó, pero a un precio excesivo. Dos meses después de que golpeara el Mitch, con el país aún cubierto hasta las rodillas de escombros, cadáveres y lodo, el Congreso de Honduras aprobó varias leyes que permitían la privatización de aeropuertos, puertos marinos y autopistas y llevó por vía rápida diversos planes para privatizar la compañía estatal de teléfonos, la compañía nacional eléctrica y parte del sector del agua. Asimismo anuló leyes progresistas de reforma de la tierra, haciendo más fácil a los extranjeros comprar y vender propiedades y presionó firmemente a favor de una radical ley minera (esbozada por la industria) que rebajó los estándares medioambientales e hizo más fácil desahuciar de sus hogares a la gente que se encontraba en el paso de las nuevas minas. [16]

    En los países vecinos fue más de lo mismo: en esos dos mismos meses después del Mitch, Guatemala dio a conocer planes para liquidar su sistema telefónico, y Nicaragua hizo lo mismo junto con su compañía eléctrica y el sector petrolero. Según el
Wall Street Journal
, «el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional han echado todo su peso detrás de la venta [de telecomunicaciones], creando una condición para conceder aproximadamente 47 millones de dólares anualmente en ayuda durante tres años y vinculando ésta a alrededor de 4.400 millones de dólares en deuda extranjera de auxilio para Nicaragua». [17] La privatización de la telefónica no tenía nada que ver con la reconstrucción por el huracán, por supuesto, excepto en el interior de la lógica de los capitalistas del desastre en las instituciones financieras de Washington.
    En los años siguientes, las ventas se aprobaron, a menudo a precios muy por debajo del valor de mercado. Los compradores, en su mayor parte, eran antiguos propietarios de compañías estatales de otros países que habían sido privatizadas y ahora estaban rastreando el globo para realizar nuevas compras que incrementasen la cotización de sus acciones. Telmex, la privatizada compañía telefónica de México, no dejó escapar la compañía de telecomunicaciones de Guatemala; la compañía eléctrica española Unión Fenosa acaparó todas las compañías eléctricas de Nicaragua; el aeropuerto internacional de San Francisco, ahora privatizado, compró los cuatro aeropuertos de Honduras. Y Nicaragua liquidó el 40% de su compañía telefónica por sólo 33 millones de dólares, cuando Pricewaterhouse Coopers había estimado su valor en 80 millones de dólares. [18] «La destrucción lleva consigo una oportunidad para la inversión extranjera», declaró el ministro de Asuntos Exteriores de Guatemala en un viaje al Foro Económico Mundial celebrado en Davos en 1999. 

 ... tiene el miedo muchos ojos

y ve las cosas debajo de tierra.


Don Quijote


Esta es una de las frases más perspicaces de Miguel de Cervantes en Don Quijote de la Mancha (Parte II, Capítulo XIV). Pronunciada originalmente por Sancho Panza —aunque erróneamente atribuida a veces al caballero—, condensa una verdad psicológica profunda sobre la naturaleza humana.


1. El Significado Literal y Psicológico

La metáfora es brillante en su sencillez:

  • "Tiene el miedo muchos ojos": Cuando estamos asustados, nuestros sentidos se alteran y se hiperactivan. No miramos solo hacia adelante; miramos a todas partes. El miedo nos vuelve paranoicos, multiplicando los peligros imaginarios a nuestro alrededor.

  • "Y ve las cosas debajo de tierra": El miedo no solo ve lo que está a la vista, sino que "escarba". Imagina peligros ocultos, intenciones secretas, fantasmas y complots donde no hay nada. Es la capacidad de la mente asustada para crear monstruos en la oscuridad o predecir catástrofes que aún no existen.

2. El Contexto en la Obra: Sancho vs. Don Quijote

En el contexto de la novela, esta frase resalta el violento contraste entre los dos protagonistas:

  • Sancho Panza y el realismo del miedo: Sancho es el hombre de la tierra, el sentido común y, por ende, de la autopreservación. Su miedo es pragmático. Él ve la realidad, pero cuando el peligro es desconocido, su imaginación campesina desborda y "ve" más allá de lo real (por ejemplo, en el famoso episodio de los batanes).

  • Don Quijote y la ceguera del valor: Por el contrario, Don Quijote rara vez tiene miedo porque su mente está ocupada por la ilusión de la caballería. Mientras el miedo de Sancho "ve debajo de tierra", la locura de Don Quijote "ve en el cielo" (o en los libros de caballerías), transformando molinos en gigantes. Don Quijote no tiene esos "muchos ojos" del miedo; tiene los ojos fijos en su ideal.

3. La Ironía Cervantina

Hay una ironía deliciosa en el hecho de que sea Sancho quien lo diga. Don Quijote suele acusar a Sancho de que el miedo le impide ver las cosas con claridad (le dice que el miedo le hace alterar los sentidos para que los gigantes le parezcan molinos). Sin embargo, con esta frase, Sancho defiende que el miedo no te ciega, sino todo lo contrario: te hace ver demasiado.

Nota: Cervantes utiliza a Sancho no solo como un alivio cómico, sino como un filósofo popular. A través de los refranes y sentencias de Sancho, la novela equilibra el idealismo destructivo de Quijote con la cruda, y a veces paranoica, realidad humana.

En resumen, Cervantes nos recuerda que el miedo es el peor de los videntes: nos hace creer que somos capaces de ver lo oculto, cuando en realidad solo estamos proyectando nuestros propios temores en la oscuridad.

 Los campos crujen

con pájaros rojos;
son las 4:30 de
la mañana;
siempre son las
4:30 de la mañana,
y escucho a
mis amigos:
los basureros y
los ladrones,
y gatos soñando
pájaros rojos
y pájaros rojos soñando
gusanos,
y gusanos soñando
acompañado de los huesos de
mi amor,
y no puedo dormir,
y pronto llegará la mañana,
los trabajadores se despertarán,
y me buscarán en los muelles,
y dirán
“está borracho de nuevo,”
pero estaré dormido,
finalmente,
entre las botellas y
la luz del sol,
toda oscuridad detrás,
mis brazos extendidos como
una cruz,
los pájaros rojos
volando,
volando,
rosas que se abren en el humo,
y como algo
apuñalado
y cicatrizante
como 40 páginas a través
de una mala novela,
una sonrisa sobre
mi cara de idiota

 ¿Y mi padre? pregunté a mi madre que lavaba en el arroyo su único vestido; se fue, dijo... o no, no era tan inteligente como para irse; más bien se perdió. Eso era lo único que podía hacer por nosotros, el mejor regalo para vos, que desde un principio sabes que la familia no sirve, que es un vía crucis de parientes, una miseria en cooperativa, la responsable de la secta que, multiplicada, es el nacionalismo que dividió y apestó al mundo.


 

 Aunque el grado de autoconciencia varía, su existencia le plantea al hombre un problema que es esencialmente humano: al tener conciencia de sí mismo como de algo distinto a la naturaleza y a los demás individuos, al tener conciencia —aun oscuramente— de la muerte, la enfermedad y la vejez, el individuo debe sentir necesariamente su insignificancia y pequenez en comparación con el universo y con todos los demás que no sean "él". A menos que pertenezca a algo, a menos que su vida posea algún significado y dirección, se sentirá como una partícula de polvo y se verá aplastado por la insignificancia de su individualidad. No será capaz de relacionarse con algún sistema que proporcione significado y dirección a su vida, estará henchido de duda, y ésta, con el tiempo, llegará a paralizar su capacidad de obrar, es decir, su vida.

miércoles, 9 de febrero de 2022

 


 "En 1926 se dio una fiesta en honor de Ricardo Güiraldes, en los lagos de Palermo. Norah Lange, que era conocida como la protegida de Borges, llegó con él. Pero se sentó cerca de Girondo, en ese entonces, un extrovertido poeta vanguardista que acababa de llegar de París. Mientras comían, Norah, sin querer, tiró una botella de vino y Girondo se acercó y le dijo: "Parece que va a correr sangre entre nosotros". En ese momento la señorita Lange se enamoró perdidamente de Girondo y fue quién la llevó después a su casa. Escribe Williamson: "Norah había llegado a la fiesta con Borges, pero se fue con Girondo, y ese simple hecho traería una desdicha singular a la vida de Borges. Perder a Norah con otro hombre ya habría sido un desastre considerable, pero perderla con Girondo justamente era una humillación desesperante".

 "Si para recobrar lo recobrado

Debí perder primero lo perdido
Si para conseguir lo conseguido
Tuve que soportar lo soportado

Si para estar ahora enamorado
Fue menester haber estado herido
Tengo por bien sufrido lo sufrido
Tengo por bien llorado lo llorado

Porque después de todo he comprobado
Que no se goza bien de lo gozado
Sino después de haberlo padecido

Porque después de todo he comprobado
Que lo que el árbol tiene de florido
Vive de lo que tiene sepultado".

Francisco Luis Bernárdez

 “Desgraciadamente, un demonio celoso, mi mala salud, se ha cruzado en mi camino. Desde hace tres años mi oído es cada vez más más débil”, escribía Ludwig en una carta a su amigo y médico Wegeler a principios de 1800. Se presume que su sordera estaba ligada a sus males intestinales, e incluso se especula que ambos padecimientos tenían su origen en la sífilis que azotaba a la época, sin embargo, no hay pruebas que aseguren esa hipótesis.


La anécdota del estreno de la Novena sinfonía, el 7 de mayo de 1824, en el Kärntnertortheater de Viena, es bien conocida: si Beethoven no renunció a la composición mucho menos lo haría a dirigir su última obra después de más de 10 años de ausencia de los escenarios debido a sus múltiples padecimientos. Así que aquella noche, con ayuda de un asistente (Michael Umiauf), Beethoven dirigió de principio a fin aquella partitura que cambiaría la forma de hacer música clásica para siempre por su innovación, contrastes y la libertad creativa de la que gozó. Al final de la presentación, el genio, aún de espaldas, extasiado y sin percibir que el último acto había terminado (pues no escuchaba absolutamente nada), recibió una seña para volverse hacía el público, que lo ovacionaba de pie y sin cesar.

Durante su vida y posterior muerte, existieron varios mitos sobre su persona, como el hecho de que se le asociara con las logias masónicas y que algunas teorías osen dotar de secretos ocultos masónicos a las estrofas elegidas para el acto coral del cuarto movimiento de la Novena.

“Puedo decir que llevo una vida miserable. Hace casi dos años que evito toda clase de sociedad, pues no puedo decir a la gente: soy sordo. Si tuviera cualquier otro oficio, esto sería quizá posible, pero en el mío es una situación terrible. Y con esto mis amigos, que no son pocos, ¿qué dirían? Para darte una idea de esta extraña sordera, te diré que es el teatro debo colocarme cerca de la orquesta para poder oír a los actores. No oigo los tonos elevados de los instrumentos y de las voces cuando me pongo un poco lejos”.

Egoísta, huraño, antisocial, narcisista y víctima del mal de amores, son parte de la fama del genio de Bonn. Verdaderos o falsos estos mitos en torno a su figura, lo cierto es que quién podría mantenerse impasible y regocijante si su mayor talento (y verdadera pasión) fuera coartada por la pérdida de una herramienta (anatómica) indispensable para la creatividad. El estado trágico de su vida es en sí misma una historia propia del Romanticismo, periodo del que fue musicalmente su pionero precisamente con la Novena sinfonía, dejando atrás el período clásico.

En el aspecto más amplio, el proceso de creación de esta pieza sin rastro alguno de su sentido del oído fue toda una proeza: Beethoven compuso hasta el final utilizando un piano. Sin poder escuchar, él se valió de herramientas fabricadas especialmente para que pudiera percibir las vibraciones que emitía el instrumento. Su falta de sentido auditivo no le impediría a un hombre que comenzó a componer desde niño, vislumbrar la música dentro de su mente (a lo Beth Harmon de Gambito de dama orquestando sus movimientos de ajedrez). Así pues, poética y literalmente, Beethoven sentía la música, ¿no son los principios de apegarse a la sensibilidad y los sentimientos las bases del movimiento Romántico? La sordera podrá haber obstaculizado su destreza como intérprete o como director de orquesta, pero nunca como compositor. A pesar de la falsa creencia de que su pérdida de oído (uno de los más finos de la historia de la música, antes de perderlo) mermó su creación, es de hecho esta última etapa de su vida, una de las más fructíferas.

martes, 8 de febrero de 2022

 


"Un pensamiento me paralizó: por primera vez en mi vida vi la verdad tal y como se narra en las obras de los poetas, proclamada como la sabiduría definitiva por tantos pensadores. La verdad: que el amor es el fin último y la meta más alta a la que puede aspirar el hombre. Entonces comprendí el sentido, el mayor secreto que la poesía humana y el pensamiento humano y toda creencia deben impartir: que la salvación del hombre es a través del amor y en el amor".






Quién
en prolijos cajones
pudiera
guardar la tristeza,
doblada y planchada
oliendo a lavanda.

Y cerrar la puerta
del enorme armario
y esconder la llave
antes de salir
huyendo de casa.

Girolamo Savonarola

 


Cuando Savonarola denunciaba la corrupción de la Iglesia, dos de sus blancos eran invariablemente el papa Borgia y la corte pontificia, con su vida de lujo, costumbres licenciosas y desorden moral. Alejandro VI conocía la actitud de Savonarola, y aunque le resultaba extraordinariamente molesta se sentía impotente frente a él. Mientras el fraile dominico fuera un aliado de los franceses y las tropas de estos se hallaran cerca de Roma, la posición del pontífice era demasiado frágil para iniciar un enfrentamiento.

Savonarola había iniciado su trayectoria pública lleno de buenas intenciones y con una aguda visión de la realidad, y no sorprende que obtuviera tan amplio apoyo popular. Sus ataques a las jerarquías eclesiásticas y al propio papa eran del todo justificados, pues Alejandro VI vivía como un príncipe, tenía amantes e hijos y como político carecía de escrúpulos. Sus críticas a los Medici y a los poderosos en general, rodeados de lujo mientras el pueblo subsistía en la miseria, pueden considerarse progresistas. En este sentido, las reformas políticas que impulsó cuando llegó al poder supusieron unos indudables avances democráticos. Por ello, muchos lo consideran un defensor de las libertades y un precursor de las reformas políticas y religiosas que llegarían mucho más adelante. Su trágico final, que él mismo selló con su obstinada desobediencia al papa, lo convirtió, además, en un mártir. Sin embargo, todo ello se vio enturbiado por el fanatismo moral y religioso que él y sus partidarios quisieron imponer a Florencia, a causa del cual perdió su credibilidad y por cuyo motivo, paradójicamente, se le considera al mismo tiempo un dictador integrista y exaltado.

https://www.lavanguardia.com/historiayvida/edad-moderna/20170307/47310279613/la-hoguera-de-las-vanidades.html

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