“Calles llenas de personas vacías…” —esa frase golpea como un susurro cargado de eco existencial.
Una
persona vacía, no es alguien sin inteligencia o sin emociones. Es
alguien que ha desconectado de lo esencial. Puede que tenga rutinas,
metas, redes sociales activas, incluso lujos. Pero por dentro, se ha
secado. ¿Por qué?
Aquí algunas señales de lo que puede ser una persona vacía:
1. Vive en piloto automático
Hace
cosas porque “así toca”, no porque las sienta. Se levanta, trabaja,
consume, duerme… y repite. No hay preguntas, no hay pasión, sólo
programación.
2. Ha anestesiado sus emociones
Ya
no llora, no se conmueve con una flor ni se indigna por una injusticia.
La indiferencia se ha vuelto su escudo para no sentir ni el dolor… ni
el asombro.
3. Busca llenar el vacío con ruido
Redes sociales, compras, comida, series, sexo, dinero. Todo para evitar quedarse a solas con su propio silencio.
4. No tiene una causa, una llama interior
No lucha por nada, no crea nada, no cuida de nada. Vive pero no vibra.
5. Teme al silencio, al arte, a la introspección
Porque todo eso le recuerda que algo falta. Que hay un hueco. Que está vivo… pero no está viviendo.
Una
persona vacía no siempre lo fue. Muchos fueron niños sensibles,
soñadores, artistas en potencia… hasta que el miedo, la rutina o el
dolor los endureció.
Y a
veces, en medio de una de esas calles llenas, alguien —uno solo— se
detiene, respira hondo, y se pregunta: ¿dónde estoy yo en mi propia
vida?
Y ahí, justo ahí… empieza a llenarse.
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