Las cadenas luminosas
Arrepentirse es darle una caricia al pasado.
No es golpearlo, no es negarlo, no es escupirle encima. Es tocarlo con una suavidad tardía, como quien pasa la mano por una cicatriz y descubre que aún tiene temperatura. El arrepentimiento verdadero no es culpa: es ternura que llega tarde.
Todo pasará, pero es un pasar continuo.
No hay cortes limpios en el tiempo. No hay puertas que se cierran con un golpe seco. El mundo no termina: se desliza. Nosotros tampoco dejamos de ser: nos vamos desplazando, como sombras que cambian de pared al caer la tarde. Creemos que algo acabó, pero en realidad se transformó en otra cosa que ya no sabemos nombrar.
Solo estábamos juntos, en la mesa, sin hablar, pero juntos.
Y esa escena —tan mínima— se vuelve inmensa cuando ya no está. El silencio compartido era una patria. No hacían falta palabras porque el cuerpo del otro completaba el espacio. Ahora la mesa es solo madera. Entonces era territorio. Entonces era hogar.
No pesa quedarse solo; pesan los recuerdos, y más los luminosos.
Lo oscuro se soporta. Lo triste se archiva. Pero lo que fue bello arde. La felicidad pasada tiene filo. Uno puede vivir sin compañía; lo que cuesta es convivir con la claridad de lo que fue posible. Las risas, la luz entrando por la ventana, el sonido leve de la respiración del otro… esos fragmentos se incrustan como astillas de oro.
Y nos vamos arrastrando las cadenas de la melancolía.
Pero no son cadenas de hierro. Son cadenas de memoria. Cada eslabón es una escena, una mirada, un gesto mínimo. Caminamos hacia adelante, sí, pero con un leve sonido detrás: el tintinear del tiempo que fuimos.
Tal vez vivir consista en eso: aprender a caminar sin romper las cadenas, pero sin dejar que nos inmovilicen. Entender que el pasado no regresa, pero tampoco desaparece. Que todo pasará —sí—, pero seguirá pasando dentro de nosotros.
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