lunes, 9 de febrero de 2026

  Los amores son como los imperios cuando desaparece la idea sobre la cual han sido construidos ...perecen ellos también.


(Milan Kundera)

Kundera lanza la frase como quien deja caer una copa de cristal desde un imperio en ruinas: no hace ruido inmediato, pero el eco dura años.

“Los amores son como los imperios: cuando desaparece la idea sobre la cual han sido construidos… perecen ellos también.”

Aquí no habla del amor como sentimiento, sino como arquitectura. El amor —como el imperio— no se sostiene solo por emoción, sino por una idea fundacional: fidelidad, eternidad, destino, salvación, proyecto compartido, incluso una mentira hermosa. Cuando esa idea se evapora, el edificio queda en pie… pero ya está muerto. 
Un cadáver con balcón.

En La insoportable levedad del ser, Kundera dinamita la ilusión romántica de que el amor se basta a sí mismo. 
No. El amor necesita peso simbólico. 
Necesita creer en algo más grande que el deseo momentáneo. Cuando ese “algo” cae —como cae una ideología, una fe, una narrativa— el amor entra en fase imperial tardía: burocracia emocional, gestos automáticos, besos como trámites.
El paralelismo con los imperios es cruel y exacto:
Nacen de una idea poderosa (Roma: orden; el amor: sentido).
Se expanden mientras esa idea seduce.
Decaen cuando la idea ya no convence, pero el aparato sigue funcionando por inercia.
Colapsan no por falta de fuerza, sino por falta de creencia.
Y aquí entra la gran obsesión de Kundera: la levedad.
Si el amor pierde su idea, se vuelve liviano, intercambiable, prescindible. 
Flota. 
No duele lo suficiente como para quedarse ni pesa lo suficiente como para luchar. 
La levedad no es libertad: es evaporación.
Por eso en la novela los personajes aman, pero no logran fundar del todo sus amores. 
Falta el mito. 
Falta la épica. 
Falta esa mentira necesaria que hace que dos personas digan: “esto importa más que yo”. 
Sin eso, el amor es turismo emocional: se disfruta, se fotografía, se abandona.
Kundera no es un moralista; es peor: es un forense del amor moderno. Nos muestra que no se muere porque falte pasión, sino porque ya nadie cree en lo que esa pasión prometía.
En resumen, dicho sin incienso:  
No mueren los amores cuando se acaba el amor.
Mueren cuando se acaba la idea que los justificaba.
Y entonces sí: cae el imperio, se apagan las banderas, y solo queda una frase perfecta para escribir sobre las ruinas.

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