sábado, 7 de febrero de 2026

 ¿Qué entendemos por progreso en la era de las redes?

Una lectura crítica de Futuro perfecto de Steven Johnson

Hablar de progreso siempre ha sido peligroso. Durante siglos, la palabra funcionó como una promesa moral: avanzar era mejorar; ir hacia adelante era, casi por definición, ir hacia lo correcto. El siglo XX rompió brutalmente esa ilusión. Guerras industriales, genocidios técnicamente eficientes, devastación ambiental y desigualdad estructural hicieron sospechosa cualquier fe ingenua en la marcha ascendente de la humanidad. En este contexto, Futuro perfecto. Sobre el progreso en la era de las redes, de Steven Johnson, se atreve a una apuesta incómoda: el progreso existe, pero no donde solemos buscarlo ni de la forma grandilocuente que imaginamos.

El objetivo es examinar qué entiende Johnson por progreso, cómo se diferencia de las concepciones clásicas y qué tan sostenible resulta su propuesta en un mundo atravesado por crisis políticas, tecnológicas y éticas.


1. El progreso como mito lineal

Tradicionalmente, el progreso se concibió como una línea ascendente: más ciencia, más tecnología, más riqueza, más bienestar. Este relato fue heredero directo de la Ilustración y del optimismo industrial del siglo XIX. El problema, como sabemos, es que ese progreso lineal fue profundamente asimétrico: benefició a algunos mientras condenó a otros, produjo comodidad junto con dominación, y conocimiento junto con destrucción.

Johnson reconoce esta crisis del concepto. De hecho, su libro parte de una constatación incómoda: la mayoría de la gente siente que el mundo va peor, aunque los indicadores históricos digan lo contrario. Hay más alfabetización, mayor esperanza de vida, menos violencia proporcional que en siglos anteriores, pero la percepción colectiva es de decadencia.

Aquí aparece su primera tesis provocadora:

el problema no es que el progreso no exista, sino que esperamos verlo de la forma equivocada.


2. Progreso invisible y redes distribuidas

Para Johnson, el progreso contemporáneo no se manifiesta como grandes rupturas heroicas, sino como mejoras graduales, acumulativas y distribuidas. No ocurre en catedrales ideológicas ni en líderes mesiánicos, sino en redes: sistemas abiertos donde miles o millones de personas contribuyen pequeñas mejoras que, en conjunto, producen avances significativos.

Ejemplos como internet, el software libre, Wikipedia o ciertos modelos de innovación científica sirven a Johnson para ilustrar una idea central:

el progreso hoy es más ecológico que épico.

Esta metáfora es clave. El progreso ya no se parece a una flecha disparada al futuro, sino a un ecosistema: lento, desordenado, colaborativo, imperfecto. No hay una dirección única, sino múltiples trayectorias que se corrigen mutuamente.

En este sentido, Johnson redefine el progreso no como “llegar a un estado ideal”, sino como aumentar la capacidad colectiva de resolver problemas.


3. De la centralización al “peer progress”

Uno de los conceptos más interesantes del libro es lo que Johnson llama, implícitamente, un progreso entre pares. Durante siglos confiamos en sistemas centralizados: gobiernos fuertes, expertos únicos, instituciones jerárquicas. En la era de las redes, sostiene Johnson, muchos de esos sistemas muestran su rigidez frente a problemas complejos.

Las redes, en cambio, permiten:

  • Retroalimentación constante

  • Corrección de errores distribuida

  • Innovación desde abajo

  • Adaptación rápida

Aquí el progreso ya no depende de la genialidad de unos pocos, sino de la inteligencia colectiva. No se trata de que todos sean sabios, sino de que los sistemas estén diseñados para aprender.

Este punto es fundamental: el progreso no es una cualidad moral de las personas, sino una propiedad emergente de ciertos diseños sociales.


4. El riesgo del optimismo tecnológico

Hasta aquí, la propuesta de Johnson resulta estimulante. Sin embargo, es necesario tensarla críticamente. Las redes no son neutrales. También producen:

  • Vigilancia masiva

  • Concentración de poder en plataformas privadas

  • Polarización política

  • Manipulación emocional y algorítmica

El progreso distribuido puede convertirse fácilmente en desorden distribuido, y la inteligencia colectiva puede degenerar en ruido colectivo. Johnson tiende a subestimar este lado oscuro, confiando en que los sistemas abiertos se autocorrigen.

Pero la historia muestra que las redes también pueden capturarse, cerrarse y volverse extractivas. El progreso, entonces, no está garantizado por la mera existencia de conexiones, sino por las reglas éticas, políticas y económicas que las gobiernan.


5. Progreso sin destino final

Quizá el aporte más valioso de Futuro perfecto es que desacraliza el progreso. No lo presenta como salvación ni como destino, sino como proceso frágil y reversible. El progreso no es “el sentido de la historia”, sino una tarea constante.

En esta visión, el fracaso no invalida el progreso; lo corrige. El error no es un pecado, sino una fuente de aprendizaje. Y lo más importante: el progreso no promete felicidad, solo mejores condiciones para vivir con dignidad.


Conclusión: un progreso modesto, pero defendible

Steven Johnson no nos ofrece una utopía. Nos propone algo más modesto y, quizá por eso, más honesto: un progreso sin grandilocuencia, sin héroes, sin finales felices garantizados. Un progreso que ocurre cuando diseñamos sistemas que permiten cooperar, corregir errores y aprender juntos.

En una época saturada de cinismo y nostalgia reaccionaria, Futuro perfecto incomoda porque se niega a declarar la derrota. Afirma que el progreso es real, pero exige una mirada adulta: menos fe ciega, más diseño inteligente; menos promesas absolutas, más mejoras concretas.

Tal vez el progreso no sea avanzar hacia el paraíso, sino evitar el infierno con mayor eficacia colectiva. Y en ese sentido, la era de las redes no es la solución, pero sí una oportunidad que todavía estamos aprendiendo a usar.

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