A menudo me preguntan: «Si la agricultura era tan mala, ¿por qué la escogieron?». Es una buena pregunta. Ojalá pudiéramos hacérsela a Brian Stevenson.
Una
mañana de invierno de 2003, un grupo de turistas se congregó en el
aparcamiento de la bodega Domaine Chandon en el Valle de Napa
(California). Habían ido allí para hacer un viaje en globo sobrevolando
los viñedos. Mientras preparaban el globo, se levantó una brisa
repentina y uno de los turistas, un joven escocés llamado Brian
Stevenson, agarró la cesta tratando de ayudar, pero el globo se soltó y
empezó a subir por los aires. Los profesionales supieron soltarlo de
inmediato, pero Stevenson se mantuvo agarrado mientras el globo ascendía
varias decenas de metros por encima del aparcamiento, donde su agarre
finalmente falló y se precipitó hacia su muerte.
—No tenemos ni idea de por qué se quedó agarrado —dijo más tarde el sheriff de la localidad.
¿De
veras? ¿Acaso no sabemos todos por qué se quedó agarrado Brian
Stevenson? En cuanto sus pies despegaron del suelo, se vio atrapado en
un bucle de aversión a la pérdida en el que cualquier oportunidad de
escapar ya había desaparecido. La transición entre querer echar una
mano, aferrarse a la vida y darse cuenta de que aferrarse podía haber
sido un error fatal no debió de durar más que unos pocos segundos, pero
apuesto a que durante cada uno de esos segundos Stevenson pensaba:
«Tendría que haberme soltado antes. Ahora es demasiado tarde».
¿Quién
no ha estado alguna vez atrapado en una trampa así? ¿Quién no se ha
encontrado en una situación que en un momento determinado pareció tener
sentido pero que al final no tuvo ninguno? ¿Quién no ha estado
involucrado en una relación tóxica con alguien a quien amaba demasiado
como para dejar en ese mismo instante, esa misma noche? ¿O quién no se
ha visto atrapado en un trabajo que le abrasa el alma pero que no puede
permitirse dejar, por lo que compra caprichos caros para enmascarar el
dolor, lo que a su vez hace que dejarlo sea cada vez más difícil?
En
cuanto se intuye que la agricultura no fue ninguna bendición para
nuestros antepasados, resulta lógico preguntarse qué los llevó en primer
lugar a abandonar el forraje. Pero ese es precisamente el quid de la
cuestión: nuestros antepasados no eligieron abandonar el forraje en
favor de la agricultura, igual que Brian Stevenson tampoco eligió
alejarse volando de su esposa y amigos aquella neblinosa mañana en Napa.
En el transcurso de un día todos damos innumerables pasos que olvidamos
y atravesamos puertas completamente anodinas. Solo a veces, volviendo
la vista atrás, se hace evidente que una de esas puertas no recordadas
era, en efecto, un punto de no retorno. En un momento determinado uno
solamente está pasando el rato, y al siguiente, a duras penas
aguanta.Más que un avance inteligente, el nacimiento de la agricultura
parece haber sido un intento desesperado por sobrevivir. Si bien
generalmente la civilización se considera el resultado de un entorno
inusualmente estable y benigno que permitió que la humanidad se
beneficiara de vivir en sociedades complejas y altamente pobladas, el
investigador Nick Brooks ve el desarrollo de la civilización como «un
derivado accidental de una adaptación no planificada a un cambio
climático catastrófico». La civilización fue «el último recurso»,
una respuesta al deterioro de las condiciones ambientales. Nuestros
antepasados no abandonaron una existencia de búsqueda desesperada de
alimentos por las comodidades de la domesticidad. Lejos de ser un paso
audaz hacia una vida mejor, la agricultura fue un trágico tropiezo en un
agujero en el que hemos seguido cavando arduamente, siglo tras siglo,
mientras la población mundial se disparaba mucho más allá del punto sin
retorno.
Christopher Ryan
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