lunes, 16 de febrero de 2026

 A menudo me preguntan: «Si la agricultura era tan mala, ¿por qué la escogieron?». Es una buena pregunta. Ojalá pudiéramos hacérsela a Brian Stevenson.

Una mañana de invierno de 2003, un grupo de turistas se congregó en el aparcamiento de la bodega Domaine Chandon en el Valle de Napa (California). Habían ido allí para hacer un viaje en globo sobrevolando los viñedos. Mientras preparaban el globo, se levantó una brisa repentina y uno de los turistas, un joven escocés llamado Brian Stevenson, agarró la cesta tratando de ayudar, pero el globo se soltó y empezó a subir por los aires. Los profesionales supieron soltarlo de inmediato, pero Stevenson se mantuvo agarrado mientras el globo ascendía varias decenas de metros por encima del aparcamiento, donde su agarre finalmente falló y se precipitó hacia su muerte.
—No tenemos ni idea de por qué se quedó agarrado —dijo más tarde el sheriff de la localidad.
¿De veras? ¿Acaso no sabemos todos por qué se quedó agarrado Brian Stevenson? En cuanto sus pies despegaron del suelo, se vio atrapado en un bucle de aversión a la pérdida en el que cualquier oportunidad de escapar ya había desaparecido. La transición entre querer echar una mano, aferrarse a la vida y darse cuenta de que aferrarse podía haber sido un error fatal no debió de durar más que unos pocos segundos, pero apuesto a que durante cada uno de esos segundos Stevenson pensaba: «Tendría que haberme soltado antes. Ahora es demasiado tarde».
¿Quién no ha estado alguna vez atrapado en una trampa así? ¿Quién no se ha encontrado en una situación que en un momento determinado pareció tener sentido pero que al final no tuvo ninguno? ¿Quién no ha estado involucrado en una relación tóxica con alguien a quien amaba demasiado como para dejar en ese mismo instante, esa misma noche? ¿O quién no se ha visto atrapado en un trabajo que le abrasa el alma pero que no puede permitirse dejar, por lo que compra caprichos caros para enmascarar el dolor, lo que a su vez hace que dejarlo sea cada vez más difícil?
En cuanto se intuye que la agricultura no fue ninguna bendición para nuestros antepasados, resulta lógico preguntarse qué los llevó en primer lugar a abandonar el forraje. Pero ese es precisamente el quid de la cuestión: nuestros antepasados no eligieron abandonar el forraje en favor de la agricultura, igual que Brian Stevenson tampoco eligió alejarse volando de su esposa y amigos aquella neblinosa mañana en Napa. En el transcurso de un día todos damos innumerables pasos que olvidamos y atravesamos puertas completamente anodinas. Solo a veces, volviendo la vista atrás, se hace evidente que una de esas puertas no recordadas era, en efecto, un punto de no retorno. En un momento determinado uno solamente está pasando el rato, y al siguiente, a duras penas aguanta.Más que un avance inteligente, el nacimiento de la agricultura parece haber sido un intento desesperado por sobrevivir. Si bien generalmente la civilización se considera el resultado de un entorno inusualmente estable y benigno que permitió que la humanidad se beneficiara de vivir en sociedades complejas y altamente pobladas, el investigador Nick Brooks ve el desarrollo de la civilización como «un derivado accidental de una adaptación no planificada a un cambio climático catastrófico». La civilización fue «el último recurso», una respuesta al deterioro de las condiciones ambientales. Nuestros antepasados no abandonaron una existencia de búsqueda desesperada de alimentos por las comodidades de la domesticidad. Lejos de ser un paso audaz hacia una vida mejor, la agricultura fue un trágico tropiezo en un agujero en el que hemos seguido cavando arduamente, siglo tras siglo, mientras la población mundial se disparaba mucho más allá del punto sin retorno.
Christopher Ryan 

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