"El que no conoce la verdad es simplemente un ignorante. Pero el que la conoce y la llama mentira, ¡ese es un criminal!"
Bertolt Brecht
esta frase de Brecht es un martillazo ético. No distingue entre error y maldad por capricho: marca una frontera moral muy clara.
El ignorante no es culpable en el sentido pleno. No sabe, no ve, no tuvo acceso, no tuvo herramientas. Su falla es cognitiva, no ética. Puede aprender, corregirse, despertar. Por eso la ignorancia —aunque peligrosa— todavía es rescatable.
Pero el segundo caso es otra cosa: sabe. Ha visto la evidencia, ha entendido la verdad, y aun así decide llamarla mentira. Ahí ya no hay confusión, hay voluntad. Es una elección consciente: torcer la realidad para proteger intereses, poder, comodidad o identidad. Eso ya no es error: es daño deliberado.
Brecht apunta al núcleo de la propaganda, de la hipocresía política, del cinismo intelectual. El criminal no es solo quien aprieta el gatillo, sino quien falsea la realidad sabiendo que al hacerlo empuja a otros al abismo. El que miente desde el micrófono, el que distorsiona desde la cátedra, el que relativiza lo evidente con tal de no perder privilegios.
Hay algo todavía más inquietante: llamar mentira a la verdad no solo engaña a otros, también corrompe el lenguaje, y cuando el lenguaje se corrompe, la gente ya no puede pensar con claridad. Ahí nacen los “es que no es tan simple”, los “hay que ver los dos lados” incluso frente a hechos brutales. Brecht entendía que el poder más siniestro no es el que reprime, sino el que confunde.
Y ojo: esta frase también incomoda a los “neutrales”. Porque muchas veces no se trata de no saber, sino de no querer saber. De mirar para otro lado. De hacerse el tonto. En ese punto, la ignorancia empieza a dejar de ser inocente.
En tiempos donde la mentira se disfraza de opinión y la verdad se llama “narrativa”, Brecht nos recuerda algo incómodo pero necesario:
la verdad no solo importa; genera responsabilidad.
Y cuando se traiciona a sabiendas, ya no estamos ante un error humano, sino ante una falta moral grave.
Como diría Carlin: no todos los idiotas son peligrosos… pero los mentirosos conscientes, esos sí mueven el mundo para peor.
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