lunes, 2 de febrero de 2026



Nicanor Parra

Nací antes de nacer
y después me morí varias veces.
Eso soy: una contradicción con cédula chilena.

Me dijeron poeta
y yo respondí: protesto.
Porque el poeta se sube al Olimpo
y yo me senté en la vereda
a vender versos usados,
ligeramente golpeados,
con garantía vencida.

Fui hijo de una familia numerosa
—demasiado numerosa para la metafísica—
y hermano del folklore,
primo de la cueca,
sobrino del vino tinto
y cuñado del silencio incómodo.

Estudié física y matemáticas
para demostrar científicamente
que el alma humana no sirve para nada
y aun así insiste.
Di clases, sí,
pero aprendí poco:
los alumnos sabían más del absurdo
que los profesores.

Inventé la antipoesía
porque la poesía se había puesto insoportable:
muy bien peinada,
demasiado perfumada,
hablaba en francés
y no sabía tomar micro.
Yo la bajé del pedestal
a empujones verbales
y la senté en una silla coja.

Escribí con letras mayúsculas
para que nadie pudiera hacerse el sordo.
Me burlé de Dios,
del marxismo,
del capitalismo,
del poeta solemne
y de mí mismo
—que era el blanco más fácil—.

Me dieron premios
y los acepté con desconfianza:
todo aplauso es sospechoso.
Viví más de un siglo
para demostrar
que la inmortalidad
es una mala costumbre.

No dejé una obra:
dejé una advertencia.
No dejé discípulos:
dejé sobrevivientes.

Y si esta biografía no te gusta,
mejor todavía.
Eso quiere decir
que entendiste todo. 

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